El misterio del Rancho Zorro: eugenesia y abusos de Jeffrey Epstein

La finca de Nuevo México donde el financiero urdió proyectos de inseminación masiva y escondió una red de tráfico sexual

En las vastas llanuras de Nuevo México, a pocos kilómetros de la pintoresca localidad de Stanley, se alza una propiedad que encarna algunas de las páginas más oscuras de la historia reciente. El Rancho Zorro, la extensa finca que Jeffrey Epstein adquirió en 1993, ha pasado de ser un refugio privado a un símbolo de impunidad, abusos y proyectos megalómanos que desafían la comprensión humana.

Con una extensión aproximada de 4.000 hectáreas y una mansión principal que supera los 2.600 metros cuadrados, este rancho no era una simple residencia campestre. Epstein diseñó el lugar como un búnker de lujo, equipado con pista de aterrizaje privada y una vivienda separada para su entonces pareja, Ghislaine Maxwell. La ubicación remota y el control absoluto sobre el territorio convirtieron al Rancho Zorro en el escenario perfecto para actividades que requerían máxima discreción, lejos de la atención mediática que a veces rodeaba sus propiedades en Nueva York o Florida.

Abusos sistemáticos bajo el secreto absoluto

Varias víctimas y testigos han señalado que el rancho fue un centro de operaciones para la red de tráfico sexual que Epstein mantenía activa durante décadas. Annie Farmer, una de las primeras mujeres en romper el silencio, denunció haber sufrido abusos en esa propiedad a mediados de los años noventa, en manos tanto de Epstein como de Maxwell. Su testimonio, validado posteriormente en tribunales, describe un ambiente de coerción y explotación disfrazado de supuestos retiros educativos para jóvenes.

Exempleados del rancho han relatado un sistema de vigilancia constante, con cámaras en puntos estratégicos y una cultura de silencio rigurosamente impuesta. La sensación generalizada entre quienes trabajaban allí era que el lugar albergaba proyectos que debían permanecer ocultos a toda costa. Esta percepción cobra mayor peso al considerar que muchos de los visitantes eran menores de edad traídas desde diferentes partes del país bajo falsas promesas de oportunidades académicas o artísticas.

La "baby ranch" y el sueño eugenésico

A principios del siglo XXI, Epstein comenzó a compartir con científicos, empresarios y figuras de su círculo íntimo una idea que rayaba en la ciencia ficción distópica. Según reportes del New York Times y documentos judiciales recientes, el magnate pretendía convertir su rancho de Nuevo México en un centro de inseminación artificial donde al menos veinte mujeres serían embarazadas simultáneamente con su material genético.

Este plan, bautizado coloquialmente como "baby ranch", reflejaba sus obsesiones con el transhumanismo y la mejora genética. Epstein creía que su ADN era superior y que tenía el deber de "sembrar la raza humana" con sus caracteres hereditarios. Aunque no existen evidencias concretas de que este proyecto se ejecutara a escala industrial, los correos electrónicos y conversaciones registradas demuestran que la idea fue mucho más que un simple comentario de sobremesa.

El Departamento de Justicia de Estados Unidos ha reactivado investigaciones sobre estas alegaciones, especialmente tras el hallazgo de nuevos documentos que sugieren la existencia de una red paralela de mercado negro de reproducción. Autoridades sospechan que algunas mujeres fueron llevadas al rancho con el propósito específico de concebir hijos de Epstein, aunque el grado de consentimiento en estos casos permanece bajo escrutinio.

Investigación científica o fachada legitimadora

Paralelamente a sus fantasías eugenésicas, Epstein buscó dar una apariencia de respetabilidad científica a sus actividades en el rancho. En este contexto surge la figura de Mark Tramo, neurólogo de la Universidad de California Los Ángeles (UCLA) y experto en la relación entre el cerebro y el procesamiento del sonido.

Tramo mantuvo una correspondencia directa con Epstein donde discutía el comportamiento de recién nacidos gravemente enfermos cuando escuchaban la voz de sus madres. En uno de los correos, el científico detallaba cómo estos bebés succionaban un chupete con mayor intensidad al oír a sus progenitoras comparado con voces ajenas. Esta comunicación formaba parte de una propuesta de financiación de 500.000 dólares para un programa denominado "The Jeffrey Epstein Infant Development Project".

La pregunta que persiste es si este proyecto era una investigación genuina o una cortina de humo para justificar la presencia de menores y mujeres en el rancho. La dualidad entre supuesta ciencia de vanguardia y explotación sistemática representa una de las características más perturbadoras del modus operandi de Epstein.

El legado de un territorio maldito

Tras el arresto y muerte de Epstein en 2019, el Rancho Zorro ha quedado en un limbo legal y simbólico. Las autoridades de Nuevo México han intentado vender la propiedad en múltiples ocasiones, pero el estigma asociado ha disuadido a compradores potenciales. Además, sobrevuelan preguntas sobre qué evidencias físicas podrían aún permanecer enterradas en esas tierras.

La historia del rancho ilustra cómo la riqueza y las conexiones pueden crear espacios donde la ley y la moralidad se suspenden. No fue solo un lugar de abuso, sino un laboratorio de ideas peligrosas donde la pseudociencia se mezcló con el crimen organizado. La combinación de tráfico sexual, teorías eugenésicas y proyectos de investigación con bebés crea un mosaico de horror difícil de procesar.

Para las víctimas, el Rancho Zorro representa el epicentro de su trauma. Para la sociedad, es un recordatorio de que los monstruos no siempre habitan en cuevas oscuras; a veces construyen mansiones con pistas de aterrizaje y financian proyectos científicos para ocultar sus verdaderas intenciones. La investigación continúa, pero muchas de las respuestas permanecen enterradas bajo la tierra roja de Nuevo México, esperando que la justicia las desentierre algún día.

Referencias