La artista argentina Nathy Peluso celebró en el Palau Sant Jordi de Barcelona el penúltimo concierto de su exitosa gira "Grasa", demostrando una vez más por qué se ha convertido en una de las figuras más relevantes de la música urbana contemporánea. Con un aforo completo y una audiencia entregada desde el primer minuto, el espectáculo confirmó el fenómeno que representa la cantante, consolidando su posición como referente cultural de una generación que no reconoce fronteras musicales.
El título de la gira, "Grasa", evoca aquellas manchas que quedan en las manos tras un trabajo honesto y manual, lejos de las oficinas y los escritorios. Es una metáfora perfecta para el enfoque visceral y directo que Peluso aplica a su música y su performance. En un escenario diáfano y sin artificios excesivos, la argentina se presentó con una seguridad que hubiera dejado boquiabiertos a los artistas de décadas pasadas. Su presencia imponente y su control absoluto del espacio demostraron que no necesita artificios para cautivar a miles de personas.
Lo más sorprendente para las generaciones anteriores habría sido ver cómo un concierto de música urbana del siglo XXI incorpora sin complejos elementos que ellos consideraban propios de su época. La salsa, género que muchos de sus padres disfrutaban pero que sus hijos rechazaban, ha recuperado su centralidad en el repertorio de Peluso. De igual manera, el bolero y el funk se entrelazan con ritmos modernos creando una fusión que desafía las etiquetas. Esta eclecticismo deliberado no es una simple estrategia comercial, sino una auténtica expresión de su formación musical y cultural.
El repertorio incluyó sorpresas como una versión funk de "Vivir así es morir de amor" de Camilo Sesto, demostrando la versatilidad de la artista para adaptar clásicos a su lenguaje contemporáneo. La reinterpretación de este tema, que para muchos representa la balada romántica española de los 70, en clave de funk moderno, fue un momento de conexión intergeneracional que pocos artistas logran ejecutar con tanta naturalidad. Pero quizás lo más impactante fue el inicio del concierto con "Corleone", un bolero que estableció el tono sofisticado de lo que vendría después, rompiendo con la expectativa de que un show de música urbana debe comenzar con un bombazo electrónico.
El escenario, minimalista y funcional, permitió que el foco estuviera siempre en la artista. Con unos shorts que desafiaban las convenciones y unas botas de tacón de aguja que dominaba con paso firme, Peluso demostró que el empoderamiento femenino no es solo una declaración, sino una práctica escénica. Sus movimientos deliberados y su presencia imponente transmitían un mensaje claro: aquí manda ella. Cada paso, cada gesto, cada mirada estaba calculado para reforzar la imagen de una mujer que no pide permiso para ocupar el espacio que le corresponde.
Tres bailarines acompañaron la performance, destacando un momento particularmente significativo durante la interpretación de "Ateo", el tema que grabó con C. Tangana. Un beso apasionado entre dos de los bailarines, que en otras épocas habría causado controversia, pasó aquí como una celebración natural del amor libre, en línea con la filosofía transgresora de la artista. Este gesto, lejos de ser un mero efecto escénico, forma parte de la narrativa de inclusión y libertad que caracteriza toda la propuesta de Peluso.
Las letras de Nathy Peluso, con sus explícitas referencias a la anatomía femenina y la sexualidad, representan una ruptura con el pudor que caracterizó a generaciones anteriores. Es una declaración de autonomía corporal y artística que resuena especialmente entre su público joven, mayoritariamente femenino, que la ve como un modelo de autenticidad y valentía. En canciones como "Mafiosa" o "Sana Sana", la artista no solo describe experiencias personales, sino que construye un universo donde la mujer es protagonista absoluta de su deseo y su poder.
La conexión con el público fue total. Las jóvenes asistentes coreaban cada canción, identificándose con los mensajes de superación y autoafirmación. En "Envidia", una de sus hits más populares, la frase "que digan lo que quieran/nací para ganar/mamá me dio un talento" se convirtió en un mantra colectivo que encapsula la esencia de su propuesta artística. La energía en el Sant Jordi era palpable, con miles de voces uniéndose a la de Peluso para crear un coro que trascendía la mera interpretación musical.
Lo que hace especial a Nathy Peluso es precisamente esa capacidad de puente generacional. Mientras sus abuelos bailaban salsa y boleros, y sus padres escuchaban rock, ella fusiona todo eso con trap, hip hop y ritmos latinos contemporáneos. No es una mera imitación, sino una reinvención que respeta las raíces mientras construye algo completamente nuevo. Esta capacidad de diálogo entre tiempos y estilos la convierte en una antropóloga cultural que traduce el pasado para el presente.
El concierto en Barcelona fue un ejercicio de minimalismo escénico efectivo. Sin necesidad de grandes producciones, luces complejas o pantallas elaboradas, la fuerza residió en la música, la interpretación y la conexión emocional. Los músicos, que emergían de trampillas en el escenario como si fuera un submarino, aportaron la base sólida sobre la que Peluso construyó su narrativa. La iluminación, aunque simple, creó atmósferas que realzaban cada momento del show.
El legado cultural que representa Nathy Peluso va más allá de los charts musicales. Es parte de una generación de artistas latinoamericanos que han encontrado en la recuperación de sus raíces la clave para la autenticidad global. No busca apropiarse de los géneros, sino reivindicarlos desde una perspectiva contemporánea y feminista. Su éxito demuestra que el público joven no solo acepta sino que demanda esta profundidad cultural en su entretenimiento.
El penúltimo concierto de la gira "Grasa" en Barcelona dejó claro que estamos ante una artista consolidada, con una visión clara de su identidad y su propósito. Su capacidad para llenar el Sant Jordi, para generar esa complicidad con el público y para presentar un espectáculo que es a la vez entretenimiento y declaración cultural, la sitúa en un lugar privilegiado del panorama musical actual. La reacción del público, coreando cada letra y respondiendo a cada gesto, confirmó que no estamos ante un fenómeno pasajero sino ante una artista con raíces profundas y proyección de largo alcance.
Cuando la gira llegue a su fin en Madrid, Nathy Peluso habrá completado un ciclo que ha redefinido lo que significa ser una artista urbana en el siglo XXI. Sin complejos, sin miedo y con las manos manchadas de grasa creativa, ha demostrado que la música puede ser a la vez raíz y alas, pasado y futuro, tradición y revolución. Su legado, más allá de los discos vendidos o los streams acumulados, será haber abierto un espacio donde la diversidad musical y la libertad de expresión coexisten sin contradicción.