La Fiera: La película sobre los pioneros del salto BASE en España

El 6 de febrero llega a los cines la historia real de los primeros saltadores con traje de alas, una historia de amistad, riesgo y pasión por los límites

El próximo viernes 6 de febrero, los cines españoles estrenarán una de las películas más esperadas del año para los amantes del cine de acción y los deportes extremos. La Fiera no es solo un título evocador, sino el reflejo fiel de una generación que decidió desafiar la gravedad y los miedos convencionales para experimentar la libertad en su forma más pura. La cinta recrea la historia real de los cuatro pioneros del salto BASE con traje de alas en España, un grupo de amigos unidos por el amor al riesgo calculado y la búsqueda de sensaciones únicas.

La película, dirigida con un enfoque que equilibra la emoción del deporte extremo con la intimidad de las relaciones humanas, se centra en la figura de Armando del Rey, considerado uno de los padres fundacionales de esta disciplina en nuestro país. A través de su experiencia vital, el filme explora no solo la técnica y el coraje necesarios para lanzarse al vacío desde acantilados y edificios, sino también la filosofía que impulsa a estas personas a buscar lo inalcanzable.

El concepto de "fiera" resulta fundamental para comprender el alma de esta historia. Como explica el propio Armando del Rey, "para que lo entienda todo el mundo, lo mismo que para los flamencos es el duende. El alma del salto, el por qué". Esta metáfora captura perfectamente la esencia de una práctica que trasciende lo meramente físico para convertirse en una experiencia espiritual. No se trata únicamente de la adrenalina o de superar un reto, sino de conectar con algo más profundo que justifica cada lanzamiento, cada preparación meticulosa, cada momento de duda superada.

Para dar vida a este personaje complejo, los productores eligieron a Miguel Bernardeau, joven actor consolidado gracias a sus trabajos en series de reconocido prestigio como Élite y la reciente Zorro. Bernardeau enfrentó el reto de interpretar a un hombre cuya personalidad presenta una aparente contradicción: es extremadamente calculador, responsable y precavido en todos los aspectos de su vida, pero simultáneamente capaz de lanzarse desde una pared de 300 metros de altura con solo un traje especial entre él y el suelo.

La preparación del actor fue exhaustiva y comprometida. Consciente de que no podía comprender completamente la experiencia sin vivirla en primera persona, Bernardeau se sometió a un riguroso entrenamiento en un túnel de viento. Esta instalación, utilizada normalmente por paracaidistas y pilotos para simular la caída libre, le permitió experimentar las sensaciones físicas y psicológicas que acompañan al vuelo humano. "La situación es un poco cómica porque tienes que estar haciendo como que vuelas y es muy incómodo, te puede dar claustrofobia", reconoce el actor, evidenciando la distancia entre la representación artística y la realidad vivida por los verdaderos saltadores.

El proceso de transformación física y mental que vivió Bernardeau refleja el respeto que la producción ha mostrado hacia la comunidad del salto BASE. No se trataba de crear una versión hollywoodiense del deporte extremo, sino de capturar la autenticidad de una subcultura que valora la precisión, el conocimiento técnico y el profundo respeto por la naturaleza y los límites personales por encima de la mera exhibición de valor.

Uno de los elementos más emotivos de la película es su naturaleza de homenaje. Armando del Rey ha colaborado estrechamente como asesor técnico, asegurando que cada detalle reflejara fielmente la realidad que él y sus compañeros vivieron en los albores de esta disciplina en España. Sin embargo, esta colaboración también conlleva una carga emocional significativa, especialmente por la pérdida de Carlos Suárez, otro pionero fundamental que falleció trágicamente en un accidente antes de que comenzara el rodaje principal.

La muerte de Suárez, lejos de desanimar al equipo, sirvió como motor para crear una obra que honrara su memoria y la de todos aquellos que arriesgaron todo por una pasión. "Realmente la culminación de la película es el mejor homenaje de todos y va por ellos", afirma Armando del Rey con voz quebrada por la emoción. Esta dimensión trágica pero inspiradora añade profundidad a una narrativa que podría haber quedado reducida a secuencias espectaculares de acción.

La película, en esencia, es una crónica de amistad que trasciende el deporte. Los cuatro protagonistas no eran solo compañeros de aventuras, sino hermanos de sangre en una hermandad forjada en la confianza absoluta y el apoyo mutuo. Cada salto representaba no solo un desafío individual, sino un acto de fe colectiva en el que la preparación de cada uno garantizaba la seguridad de todos. Esta dinámica grupal, con sus tensiones, sus momentos de euforia compartida y sus crisis existenciales, forma el núcleo emocional de la cinta.

Miguel Bernardeau resume magistralmente la filosofía que impregna la película al recordar una de las frases que más le impactaron de su encuentro con Armando del Rey: "Mientras los demás sueñan nosotros solo tenemos que recordar". Esta sentencia encapsula la diferencia fundamental entre quienes contemplan la vida desde la seguridad de lo conocido y quienes deciden transformar los sueños en experiencias tangibles, aunque ello implique enfrentarse al miedo más primordial: la caída al vacío.

El salto BASE, acrónimo de Building, Antenna, Span (puente) y Earth (tierra), representa una de las disciplinas más extremas y menos comprendidas del panorama deportivo. A diferencia del paracaidismo, que ofrece márgenes de seguridad más amplios y altitudes de emergencia, el salto BASE se practica desde alturas mucho más reducidas, lo que deja muy poco o ningún margen para el error. El añadido del traje de alas, que permite planear y controlar la trayectoria de caída, eleva la complejidad técnica a niveles que requieren años de entrenamiento y una comprensión íntima de la aerodinámica.

La película no elude estos riesgos, sino que los presenta con crudeza y honestidad. No glorifica la muerte ni la temeridad, pero tampoco la evita. Muestra a personas que han aceptado la finitud como parte del pacto que han firmado con su pasión. Esta honestidad es lo que diferencia a La Fiera de otras producciones que han tratado el tema del deporte extremo desde una perspectiva más superficial.

Desde el punto de vista cinematográfico, la película promete ser una experiencia visual única. Las secuencias de vuelo, rodadas con técnicas que combinan cámaras en primera persona, drones de alta precisión y planos espectaculares de los paisajes donde se desarrollaron los saltos históricos, transportarán al espectador a la cabeza de los protagonistas. La sensación de inmersión será total, permitiendo que quienes nunca se atreverían a saltar de un puente puedan experimentar, aunque sea por unos minutos, la perspectiva de quienes viven en el límite.

La banda sonora, compuesta específicamente para la ocasión, juega un papel crucial en la construcción de la atmósfera. Mezcla elementos electrónicos que reflejan la precisión técnica del deporte con melodías orgánicas que evocan la conexión con la naturaleza. En los momentos de mayor tensión, el silencio se convierte en el mejor aliado, imitando la experiencia subjetiva del saltador, donde el ruido del viento se vuelve el único sonido existente.

La recepción de la película en festivales previos ha sido excepcional, destacando no solo la calidad de las secuencias de acción, sino la profundidad de los diálogos y la química entre los actores. Los críticos especializados han elogiado la capacidad de la cinta para humanizar a un colectivo que a menudo se presenta como una tribu de inconscientes buscadores de emociones fuertes. En realidad, como muestra el filme, se trata de individuos extremadamente disciplinados que han encontrado en el control absoluto de su cuerpo y su mente una forma de libertad que la sociedad convencional no puede ofrecer.

El estreno el 6 de febrero marcará un momento significativo para el cine español, que rara vez se ha atrevido a explorar con tanto rigor y sensibilidad el mundo de los deportes de riesgo. La película no busca convertir a todos los espectadores en futuros saltadores BASE, sino invitarles a reflexionar sobre sus propios límites, sus propios miedos y las pasiones que les mueven. En última instancia, La Fiera es una meditación sobre la condición humana, sobre nuestra capacidad para soñar y, más importante aún, para materializar esos sueños aunque el precio sea alto.

La historia de Armando del Rey y sus compañeros es, en muchos sentidos, un reflejo de la España de finales del siglo XX, una época de cambios profundos donde las nuevas generaciones buscaban romper con las tradiciones establecidas y explorar horizontes desconocidos. El salto BASE se convirtió para ellos en una metáfora de esta búsqueda de identidad, de esta necesidad de demostrar que era posible vivir de forma diferente, más intensa, más auténtica.

A medida que la película llegue a las salas de cine, se espera que genere un debate social sobre la naturaleza del riesgo, la regulación de los deportes extremos y la ética de la búsqueda de límites personales. Pero más allá de estas consideraciones, lo que permanecerá es la imagen de un grupo de amigos que encontraron en el cielo su hogar, que transformaron la caída en vuelo y el miedo en éxtasis. Esa es la verdadera esencia de La Fiera, y esa es la razón por la que su historia merecía ser contada en la gran pantalla.

Referencias