Novak Djokovic ha vuelto a demostrar por qué es considerado uno de los tenistas más grandes de todos los tiempos. En una noche mágica en Melbourne Park, el serbio de 38 años superó al vigente campeón Jannik Sinner en un partido épico que se decidió en cinco sets, asegurando su puesto en la final del Open de Australia. La victoria, con parciales de 3-6, 6-3, 4-6, 6-4 y 6-4, confirma el estado de gracia de un jugador que parece desafiar las leyes del tiempo y la lógica deportiva.
El duelo entre el experimentado balcánico y la joven promesa italiana tenía todos los ingredientes para convertirse en un clásico instantáneo. Por un lado, Sinner llegaba como el defensor del título, habiendo perdido únicamente un set en todo el torneo y mostrando un nivel demoledor que lo situaba como favorito. Por otro, Djokovic llegaba a esta instancia por circunstancias inusuales: su pase a semifinales se produjo tras la retirada de Lorenzo Musetti en cuartos, cuando el italiano dominaba por 2-0 en sets y tenía el partido bajo control. El propio Nole reconoció posteriormente que, estadísticamente, no debería haber estado en esta fase del certamen.
Sin embargo, una vez sobre la pista de la Rod Laver Arena, el serbio olvidó todo lo acontecido y centró su mente en la única misión que importaba: vencer. El partido comenzó con Sinner imponiendo su ritmo característico, agresivo y sin concesiones. Su saque funcionaba como un reloj suizo, y pronto se hizo con el primer set por 6-3, dejando entrever que la sorpresa podría concretarse. Djokovic, visiblemente incómodo en los primeros compases, se defendía como podía ante la avalancha de golpes planos y profundos del italiano.
La reacción del veterano no se hizo esperar. En el segundo set, Djokovic ajustó su estrategia, comenzó a leer mejor los patrones de juego de su rival y devolvió el golpe con idéntico parcial de 6-3. La experiencia de 37 finales de Grand Slam comenzaba a hacerse notar. Los puntos clave, esos que definen los partidos de alto nivel, empezaban a caer del lado del serbio, quien mostraba una eficiencia quirúrgica en los momentos de presión.
El tercer set volvió a poner de manifiesto la calidad de Sinner. El italiano, lejos de desmoralizarse, recompuso su juego y volvió a encontrar la precisión que le había llevado a conquistar el título el año anterior. Con un tenis demoledor, basado en un saque impecable y un revés plano que encontraba las esquinas más inaccesibles, se apuntó el set por 6-4, poniendo el 2-1 a su favor y a un set de la final.
Fue entonces cuando Djokovic mostró su verdadera grandeza. Con la resiliencia que le ha caracterizado toda su carrera, el serbio elevó su nivel a dimensiones épicas. El cuarto set se convirtió en una batalla de trincheras, donde cada punto se disputaba con una intensidad que electrificaba la pista central de Melbourne. Djokovic comenzó a variar el ritmo, a usar la táctica de slice para desacelerar los potentes golpes de Sinner y a forzarle a jugar una pelota extra en cada intercambio. El 6-4 a su favor forzaba el quinto y definitivo set.
El set final fue una obra maestra de madurez táctica y fortaleza mental. Mientras Sinner intentaba mantener su poderío inicial, Djokovic demostró por qué es el mejor jugador de la historia en situaciones límite. Cada saque suyo se convirtió en una declaración de intenciones, cada resto en una oportunidad para desgastar al rival. El italiano, que había conectado 26 saques directos durante el encuentro (un récord personal en un partido de Grand Slam), vio cómo esa estadística se volvía irrelevante ante la capacidad del serbio para devolver incluso las bombas más difíciles.
El desenlace llegó con un 6-4 final que reflejó la igualdad del duelo pero también la superioridad de Djokovic en los momentos decisivos. Tras más de tres horas y media de combate, el serbio caía de rodillas sobre la pista, celebrando una victoria que significaba mucho más que un simple pase a la final.
En la rueda de prensa posterior, Djokovic no ocultó su satisfacción: "Mi nivel hoy ha sido excepcional, sólo podía ganar de esta manera". El tenista reconoció que había necesitado ofrecer su mejor versión para superar a un rival de la talla de Sinner, quien le había obligado a sacar lo mejor de su repertorio técnico y mental.
El triunfo coloca a Djokovic en su undécima final del Open de Australia, torneo que ha conquistado en diez ocasiones previamente. Ahora, su objetivo es el título número 25 de Grand Slam, una cifra que extendería aún más su leyenda. Su rival será Carlos Alcaraz, quien previamente había superado a Alexander Zverev en otro duelo de infarto.
La final entre Djokovic y Alcaraz promete ser un enfrentamiento generacional de primer orden. El español, de 21 años, busca convertirse en el jugador más joven de la historia en completar el Grand Slam de los cuatro torneos mayores. El serbio, por su parte, quiere demostrar que la edad es solo un número y que su dominio en Melbourne no tiene fecha de caducidad.
El análisis técnico del partido revela las claves de la victoria djokoviciana. A pesar de que Sinner dominó en estadísticas como los aces (26-15) y los winners directos, Djokovic fue superior en los puntos decisivos. Su porcentaje de primeros saques en el quinto set superó el 75%, mientras que su capacidad para leer el saque del italiano le permitió romperle el servicio en momentos críticos.
Además, la gestión emocional fue un factor determinante. Mientras Sinner mostraba su frustración en varios momentos del encuentro, Djokovic mantuvo una compostura zen que le permitió dosificar energías y mantener la claridad mental necesaria para ejecutar su plan de juego. La experiencia de 24 títulos de Grand Slam pesó más que la juventud y la potencia bruta.
El físico también jugó un papel crucial. A sus 38 años, Djokovic ha perfeccionado su preparación hasta convertirla en ciencia exacta. Su flexibilidad, resistencia y velocidad de desplazamiento siguen siendo de élite, comparable a jugadores mucho más jóvenes. Esta longevidad excepcional le permite competir de tú a tú con la nueva generación sin estar en desventaja física.
Para Sinner, la derrota representa un revés duro pero valioso en su formación como campeón. El italiano demostró que su título del año anterior no fue flor de un día, pero también aprendió que para dominar la élite del tenis necesita desarrollar aún más su juego en los momentos de presión máxima. Sus 26 aces demuestran su potencial ofensivo, pero la falta de variación en su juego en los momentos clave le costó caro.
La final del domingo ya es un acontecimiento histórico antes de que se dispute. Djokovic, con su búsqueda del récord 25, contra Alcaraz, con su aspiración de consolidarse como el nuevo rey universal del tenis. El serbio tendrá la ventaja de conocer como nadie la pista de Melbourne, donde se siente como en casa, mientras que el español llega con la frescura y la audacia de la juventud.
El tenis mundial está de enhorabuena. Estamos presenciando no solo el cierre de una era legendaria con Djokovic, sino también el amanecer de una nueva con Alcaraz. La final del Open de Australia será el escenario perfecto para este paso de testigo, o para la confirmación de que el rey todavía no ha dicho su última palabra.