El concepto de patria ha evolucionado radicalmente desde sus orígenes en la antigua Roma, donde significaba literalmente la tierra de los padres. Aquella definición que apelaba a la herencia y la continuidad familiar se ha transformado con el paso de los siglos en un símbolo cargado de pasiones, conflictos y, en ocasiones, violencia. En la Serbia actual, este término adquiere una dimensión particularmente compleja, marcada por las cicatrices de los conflictos balcánicos, la separación de Montenegro y la disputa por Kosovo. Es en este escenario donde el Celta de Vigo aterriza para enfrentarse al Estrella Roja de Belgrado, en un encuentro que trasciende lo puramente deportivo.
Las calles de la capital serbia exhiben con orgullo banderas nacionales en edificios y farolas, recordatorios constantes de una identidad que muchos sienten incomprendida por la comunidad internacional. En algunas fachadas aún se observan los estragos de los bombardeos de la OTAN, grietas físicas que simbolizan heridas políticas y emocionales que persisten en el tiempo. El mensaje es claro y se repite en pintadas por toda la ciudad: "Kosovo es Serbia". Otra inscripción, igualmente contundente, afirma que "el único genocidio fue contra los serbios", revelando una percepción histórica que choca con la narrativa internacional predominante.
En este contexto de nacionalismo exacerbado, el fútbol se convierte en un terreno donde se destilan las tensiones sociales y políticas. La afición del Estrella Roja, uno de los clubes más emblemáticos de la región, presenta una paradoja interesante: sus ultras se dividen entre ideologías de extrema izquierda y extrema derecha, pero ambos bandos coinciden en una devoción inquebrantable por la patria serbia. Es precisamente este ambiente el que ha motivado a la directiva del Celta a extremar precauciones para proteger a su masa social.
La experiencia previa de otros equipos ha servido como advertencia. El preparador físico del conjunto gallego, Ristic, compartió con los jugadores historias sobre aficionados visitantes a los que los radicales locales desnudaron para quemarles las camisetas dentro del estadio. Antes de este desplazamiento, el club ya había consultado con el Lille francés, que visitó recientemente Belgrado, para conocer de primera mano la experiencia. Aunque el equipo galo no reportó incidentes graves, la recomendación fue clara: máxima precaución.
Ante esta situación, el Celta ha implementado un protocolo de seguridad sin precedentes en sus desplazamientos europeos. La entidad remitió una comunicación detallada a todos los seguidores que adquirieron entradas para el encuentro. El mensaje era explícito: evitar llevar prendas identificativas del club de manera visible por las calles de Belgrado. Se estableció un punto de encuentro centralizado desde donde los aficionados serían trasladados en autobús hasta el estadio Marakana, siempre bajo escolta policial.
Rubén, uno de los seguidores que ha seguido al equipo por Europa, reconoció la novedad de estas medidas: "Es la primera vez y, claro, piensas que hay que tener cuidado". Su experiencia previa en Zagreb le ha hecho consciente de los riesgos potenciales en los Balcanes, aunque también matiza que el contexto actual reduce el peligro. La postura de España de no reconocer oficialmente la independencia de Kosovo genera cierta simpatía entre la población serbia, lo que disminuye las probabilidades de enfrentamientos ideológicos premeditados.
Sin embargo, las precauciones no son gratuitas. La noche previa al partido, algunos seguidores gallegos experimentaron situaciones incómodas. El anorak negro, una prenda común en el armario de cualquier aficionado que viaja a Europa del Este en invierno, ha generado confusiones inesperadas. Varios jóvenes con esta prenda fueron abordados por locales que les cuestionaron directamente: "¿Sois ultras?". La similitud con los uniformes de ciertos grupos radicales ha creado malentendidos que, aunque resueltos pacíficamente, evidencian la tensión subyacente.
La respuesta del celtismo ha sido contundente: no son ultras, viajan por disfrute del fútbol y de la experiencia europea. Pero la lección está clara: de pecar, mejor pecar por exceso de precaución. Esta filosofía ha guiado todas las decisiones del club, desde la logística del desplazamiento hasta las recomendaciones de comportamiento. La prioridad absoluta es la seguridad de las personas, por encima de cualquier manifestación de fervor deportivo.
En las amplias avenidas del viejo Belgrado, bajo el pálido sol invernal, la vida cotidiana transcurre con aparente normalidad. Ciudadanos ensimismados en sus rutinas diarias conviven con el peso de una historia reciente y turbulenta. En este escenario, la presencia esporádica de alguna camiseta céltica en terrazas de cafeterías crea un contraste llamativo. Son pocos los que se arriesgan a exhibir sus colores, pero su presencia simboliza la universalidad del fútbol como puente entre culturas.
La mayoría de la expedición celeste ha optado por la discreción. En los bares donde se concentran los seguidores, el ambiente es de expectación contenida. Se comenta el once inicial, se analizan las fortalezas del rival, pero siempre con un ojo puesto en el entorno. La experiencia no es solo deportiva, sino también cultural y humana. Conocer un país con una historia tan compleja desde la perspectiva del fútbol ofrece una visión única de su realidad social.
El partido en sí, más allá del resultado, representa un ejercicio de diplomacia ciudadana. Cada aficionado del Celta se convierte en un embajador involuntario de Galicia y de España, en un territorio donde las percepciones internacionales están marcadas por conflictos políticos. La responsabilidad individual se multiplica, y cada gesto, cada interacción con los locales, puede construir o destruir puentes.
La reflexión final que emerge de este desplazamiento es profunda. En un mundo globalizado, donde las fronteras se difuminan y las identidades se hibridan, el concepto de patria necesita ser redefinido. Quizás la verdadera patria no sea un territorio delimitado por líneas en un mapa, sino ese espacio donde uno se siente seguro y reconocido. Para los más de mil seguidores que han viajado desde Vigo, la patria en este momento es el grupo, la comunidad que comparte una pasión y que se protege mutuamente.
El fútbol, con todas sus contradicciones, sigue siendo un espejo de la sociedad. En Belgrado, el Celta no solo juega un partido de Europa League, sino que participa en un diálogo silencioso sobre identidad, memoria histórica y convivencia. Las precauciones tomadas no son un signo de debilidad, sino de madurez y responsabilidad. Reconocer los miedos y complejidades del otro es el primer paso para construir un encuentro verdaderamente deportivo.
Cuando el balón ruede en el Marakana, cuando los cánticos celestes se escuchen entre los locales, la verdadera victoria será haber llegado a ese momento sin incidentes, haber demostrado que el respeto mutuo es posible incluso en los escenarios más complejos. La vida, al fin y al cabo, es la primera patria que todos compartimos. Y en ella, la seguridad y el disfrute de la pasión futbolística deben prevalecer sobre cualquier bandera o reivindicación política.