Espido Freire obtuvo el XX Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes con una obra que invita a la reflexión profunda sobre la transitoriedad de los espacios y su permanencia en la memoria colectiva. Su libro 'Guía de lugares que ya no existen', publicado por RBA, nos transporta a paisajes desaparecidos o transformados irreversiblemente, como el Damasco prebélico, el Madrid de Galdós o los páramos solitarios de Yorkshire. Se trata de un ejercicio literario que cuestiona nuestra relación con el entorno y la capacidad de la narrativa para rescatar lo que el tiempo ha borrado.
En el capítulo dedicado a la capital siria, la autora describe su llegada el 12 de febrero de 2011, cuando la penumbra de la noche se confundía con el polvo del desierto. En ese territorio liminal entre el aeropuerto y los primeros barrios, las ciudades desconocidas comparten una identidad anónima que desaparece con la luz del día. El olor de un país nuevo impacta con intensidad sensorial, mientras el cansancio del viaje convierte el tiempo en una sustancia maleable que se escurre entre los dedos como arena húmeda. Es en ese estado de desorientación temporal donde la percepción se agudiza y la ciudad se revela en su pureza más cruda.
Lo que más sorprendió a Freire fue la energía juvenil que emanaba Damasco. Con casi dos millones de habitantes, la mayoría no superaba los treinta años. Esta vitalidad no solo se manifestaba en las estadísticas demográficas, sino en la calle: adolescentes poblando avenidas, niños jugando al fútbol en cualquier espacio disponible, una chispa desordenada pero llena de posibilidades infinitas. La ciudad entera parecía un centro de estudios gigantesco, donde el caos creativo convivía con el dinamismo de quienes aún tienen todo por hacer. Esta juventud colectiva imprimía un ritmo único al espacio urbano, diferenciándolo de otras capitales mediterráneas donde el ocio y la parsimonia dominan el paisaje social.
La ciudad revelaba una dualidad fascinante que la hacía única. Por un lado, sus raíces romanas y su tradición milenaria de convivencia entre judíos, musulmanes y cristianos la hacían ancestral y sabia. Por otro, se mostraba en constante construcción, moldeándose activamente según los deseos de sus habitantes. A diferencia de otras ciudades mediterráneas donde la ociosidad es un arte, en Damasco no había tiempo que perder. Todos parecían tener un propósito urgente, un encargo que cumplir, un destino al que llegar. Solo algunos ancianos parsimoniosos en los cafés recordaban un ritmo de vida diferente, mientras el resto de la población se movía con determinación febril.
La presencia de extranjeros era notable, creando un mosaico multicultural en las calles que resultaba familiar para quienes llevamos años en la carretera. Múltiples idiomas se entrelazaban en las conversaciones cotidianas, reflejando la naturaleza cosmopolita de Damasco. Los viajeros experimentados se reconocían entre sí, mientras los turistas recién llegados intentaban desesperadamente diferenciarse. El comercio era el pulso vital de la ciudad: desde humildes tenderetes con frutos secos hasta lujosas joyerías con precios escritos con esmero en cifras arábigas, que el visitante debía aprender a descifrar. El imponente caravasar de Asad Pasha, con sus ocho cúpulas que se elevaban hasta el infinito, testimoniaba la historia mercantil del lugar, recordando tiempos cuando Damasco era el corazón de las rutas de la seda.
Este retrato cobra especial significado cuando consideramos que el Damasco descrito ya no existe. La guerra que estallaría poco después transformó irreversiblemente estos paisajes urbanos, borrando para siempre esa energía juvenil y ese dinamismo comercial. La obra de Freire se convierte así en un ejercicio de memoria histórica, en un intento de preservar lo efímero. Nos recuerda que los lugares son entidades vivas, sujetas al cambio constante, pero que su esencia puede perdurar en la narrativa. Cada calle descrita, cada roza mencionada, se convierte en un fósil literario que conserva la huella de lo que fue.
La fugacidad de los paisajes es el tema central que atraviesa toda la obra. Lo que hoy vemos puede desaparecer mañana, transformado por la violencia, el desarrollo descontrolado o simples cambios sociales. La memoria colectiva y la literatura de viajes tienen el poder de rescatar estos espacios perdidos, ofreciéndonos una ventana a realidades desaparecidas. Damasco, con su energía juvenil y su riqueza histórica, permanece ahora en las páginas de este libro, testimonio de una ciudad que fue y que nunca volverá a ser igual. La autora nos demuestra que escribir sobre un lugar es una forma de salvarlo del olvido absoluto.
En última instancia, 'Guía de lugares que ya no existen' nos invita a valorar el presente, a reconocer la naturaleza efímera de nuestro entorno y a confiar en el poder de la palabra para preservar la memoria de lo que fue. La obra de Espido Freire es un recordatorio poético de que cada lugar tiene su momento, y que la literatura puede ser el faro que ilumina lo que el tiempo ha borrado. Nos enseña a mirar con ojos de viajero, pero también con el corazón de quien sabe que todo es temporal, y que la belleza reside precisamente en esa transitoriedad.