Woody Allen cumple 90 años: el legado de un cineasta controvertido

El director neoyorquino celebra nueve décadas de vida marcadas por películas icónicas, un amor incondicional por Manhattan y una carrera salpicada de polémicas personales

El cineasta neoyorquino Woody Allen celebra este domingo su 90º aniversario, consolidándose como una de las figuras más influyentes e irrepetibles del séptimo arte. A lo largo de seis décadas, su obra ha generado admiración unánime entre críticos y público, aunque también ha estado marcada por controversias que han definido una trayectoria de claroscuros.

Nacido en el corazón de Brooklyn

Allan Stewart Konigsberg vio la luz un día como hoy de 1935 en Nueva York, en el seno de una familia de origen judío que residía en el distrito de Brooklyn. Fue en este entorno urbano donde transcurrió su infancia y adolescencia, forjando la personalidad que años más tarde reflejaría en sus películas. A los 17 años, el joven Konigsberg decidió cambiar legalmente su nombre por el de Heywood Allen, una decisión que anticipaba su deseo de reinventarse y marcar su propio camino en el mundo del espectáculo.

Sus primeros pasos profesionales no estuvieron ligados al cine, sino al humor escrito. Desde muy joven, Allen cultivó un ingenio agudo que le permitió publicar chistes y monólogos en columnas de periódicos locales. Esta faceta como guionista de humor le abrió las puertas de la televisión y le proporcionó una base económica que le permitiría financiar su verdadera pasión: el cine.

Formación truncada y vocación cinematográfica

El interés de Allen por la gran pantalla le llevó a matricularse en la Universidad de Nueva York (NYU) y posteriormente en el City College de la misma ciudad. Sin embargo, su método de aprendizaje no pasaba por las aulas tradicionales. El cineasta abandonó los estudios universitarios sin obtener un título, convencido de que su educación cinematográfica vendría de la mano de la práctica constante y la observación directa de los maestros del cine.

Esta decisión, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en su mayor virtud. Allen desarrolló un estilo autodidacta y personalísimo que lo distinguiría de sus contemporáneos. Mientras otros directores se formaban en escuelas de cine, él aprendía rodando, escribiendo y actuando, creando un universo narrativo inconfundible.

Cincuenta películas que marcaron una época

Con más de 50 largometrajes en su haber, Allen ha construido una filmografía que trasciende generaciones. Sus obras no solo han entretenido a millones de espectadores, sino que han influido profundamente en la forma de entender el cine de autor en Hollywood. Títulos como Annie Hall (1977) y Manhattan (1979) se han convertido en verdaderos clásicos modernos, estudiados en facultades de cine y reverenciados por críticos de todo el mundo.

El estilo de Allen es inmediatamente reconocible: diálogos afilados, personajes neuróticos, una estética negra y blanco que ha definido la imagen de Nueva York en el cine, y una banda sonora jazzística que acompaña las reflexiones existenciales de sus protagonistas. Esta fórmula, lejos de ser repetitiva, ha demostrado una sorprendente capacidad de evolución manteniendo su esencia.

Nueva York: el gran protagonista

Si hay un elemento constante en la obra de Allen, es su amor incondicional por la ciudad de Nueva York. El director ha convertido a Manhattan en el escenario principal de su universo fílmico, creando lo que muchos críticos han denominado cartas de amor cinematográficas a la Gran Manzana. En entrevistas, Allen ha confesado sentir un «amor irracional» por su ciudad natal, una obsesión que trasciende lo racional y se materializa en cada plano.

En una conversación con The New York Magazine en 2008, el cineasta describió esta relación casi mística: «La ciudad está llena de caos, y el caos es, para mucha gente, placentero. Hace poco vivía en un piso en Madison Avenue y todas las noches se oían ambulancias y sirenas. Era realmente una nana». Esta capacidad para encontrar belleza en el desorden urbano define su visión cinematográfica.

Películas como Annie Hall y Manhattan son ejemplos paradigmáticos de esta simbiosis entre autor y escenario. En ambas, la ciudad no es solo un fondo, sino un personaje más que interactúa con los protagonistas, que a menudo son alter egos del propio director. El crítico estadounidense Sam B. Girgus, en su obra The Films of Woody Allen (1993), analizó este fenómeno: «El nombre y la imagen de Allen evocaban imágenes e ideas, nociones y valores que servían de base para desarrollar sus personajes ficticios en la gran pantalla».

Según Girgus, la figura pública de Allen como «director, actor y neurótico urbano» funcionaba como un «alter ego fantasmal» que permitía al espectador identificar y contextualizar a los personajes que interpretaba. Esta fusión entre vida y arte se ha convertido en el sello distintivo de su narrativa.

Una filmografía de contrastes

Más allá de sus clásicos neoyorquinos, la carrera de Allen incluye títulos diversos que demuestran su versatilidad. Midnight in Paris (2011) le valió un Óscar al mejor guion original y supuso un regreso triunfal a la forma. Vicky Cristina Barcelona (2008) exploró las pasiones mediterráneas con un elenco estelar. Blue Jasmine (2013) le dio a Cate Blanchett uno de sus papeles más laureados, mientras que Café Society (2016) y A Rainy Day in New York (2022) continuaban su exploración de las relaciones humanas con su estilo inconfundible.

Esta capacidad para reinventarse sin perder su identidad ha sido clave para su longevidad creativa. Mientras otros directores de su generación han desaparecido del mapa, Allen ha seguido produciendo obra con una regularidad asombrosa, manteniendo su voz única en un panorama cinematográfico cada vez más homogéneo.

Luces y sombras de una leyenda

La trayectoria de Allen no puede entenderse sin abordar las polémicas que han salpicado su carrera. Aunque el artículo de referencia solo menciona parcialmente las acusaciones de Dylan Farrow, su hija adoptiva, estas controversias han definido la percepción pública del cineasta en las últimas décadas. Las acusaciones de abuso sexual, que Allen ha negado rotundamente, han generado un debate sobre la separación entre obra y autor que continúa vigente.

Estas sombras han convivido con los reconocimientos más prestigiosos de la industria. Allen ha ganado cuatro premios Óscar, incluyendo mejor director por Annie Hall y mejor guion original en varias ocasiones. Su impacto en el cine ha sido reconocido con innumerables homenajes y retrospecivas en festivales internacionales, aunque muchos de estos eventos han sido boicoteados por activistas en los últimos años.

El dilema de la retirada

En los últimos años, Allen ha manifestado en varias ocasiones su intención de retirarse del cine. La razón principal que esgrime es la reducción drástica del tiempo que las películas permanecen en cartelera. Para un cineasta formado en la era dorada de la exhibición cinematográfica, la transición al streaming y la brevedad de las ventanas de exhibición le resultan desmotivadoras.

«Coup de Chance» (2023), rodada en París, se ha convertido en su último largometraje hasta la fecha. En esta obra, Allen vuelve a sus raíces con una tragicomedia que combina suspense y reflexión existencial, demostrando que su voz sigue vigente incluso en sus 80 años. La película, protagonizada por un elenco francés, ha recibido críticas positivas en Europa, aunque su distribución en Estados Unidos ha sido limitada.

Un legado en construcción

A sus 90 años, Woody Allen permanece como una figura enigmática y polarizante. Su influencia en el cine contemporáneo es innegable: directores como Noah Baumbach, Greta Gerwig o Wes Anderson han reconocido su deuda con el estilo alleniano. La forma de entrelazar diálogos inteligentes con neurosis urbanas, de hacer del cine un vehículo para las reflexiones filosóficas más íntimas, ha dejado una huella profunda.

Sin embargo, su legado está lejos de ser unánime. El debate sobre si es posible separar la obra del artista continúa dividiendo a críticos, académicos y público. Mientras algunos defienden que su cine debe juzgarse por sus propios méritos, otros argumentan que las acusaciones en su contra invalidan cualquier reconocimiento.

Lo cierto es que, independientemente de la postura que se adopte, el nombre de Woody Allen seguirá siendo sinónimo de una época, de un estilo y de una forma particular de entender el cine como extensión de la vida personal. Sus cartas de amor a Nueva York, sus personajes neuróticos y su visión única del mundo continuarán siendo estudiadas, debatidas y, sobre todo, vistas por generaciones futuras.

En un momento en el que el cine de autor lucha por sobrevivir en un mar de superproducciones, la figura de Allen representa tanto una inspiración como una advertencia. Inspiración por su constancia creativa y su fidelidad a su visión; advertencia por las consecuencias que pueden tener las acciones personales en la percepción de la obra artística.

A sus 90 años, el cineasta neoyorquino cierra un capítulo, pero su influencia permanece viva en cada plano que retrata la complejidad de las relaciones humanas, la belleza del caos urbano y la eterna búsqueda de sentido en una vida absurda. Su película favorita, según ha declarado en múltiples ocasiones, sigue siendo Manhattan, ese poema visual en blanco y negro que captura la esencia de una ciudad y de un cineasta que nunca dejó de ser el chico de Brooklyn soñando con el mundo a través de una cámara.

Referencias