La revolución digital ha transformado por completo nuestra forma de consumir entretenimiento. En apenas una década, el acceso instantáneo a contenidos audiovisuales a través de smartphones y plataformas de streaming ha reconfigurado hábitos que parecían inamovibles. Sin embargo, esta transformación no está exenta de costes culturales. El actor Miguel Herrán ha alzado la voz para alertar sobre una pérdida que, a su juicio, resulta preocupante: la desaparición progresiva de la experiencia de ir al cine.
En una reciente entrevista difundida a través de TikTok por el canal @cinerama_es, el intérprete malagueño, conocido por sus papeles en series de éxito internacional, ha cuestionado abiertamente las consecuencias de nuestro consumo rápido de contenidos. Sus declaraciones, aunque breves —menos de quince segundos de duración—, condensan una reflexión que resuena en amplios sectores del mundo cultural.
La adicción a las pantallas y el olvido de las salas
"Estamos constantemente metidos con el móvil y con el consumo rápido de las plataformas digitales, y en ese proceso se está perdiendo ir al cine". Esta frase, pronunciada con la contundencia que caracteriza a Herrán, resume una realidad que los datos empresariales confirman: la asistencia a salas cinematográficas ha experimentado un declive notable en los últimos años, acelerado por la pandemia pero con raíces en un cambio de paradigma mucho más profundo.
El fenómeno no es exclusivo del mercado español. A nivel global, las grandes cadenas exhibidoras han visto reducida su capacidad de convocatoria, mientras que los estudios cinematográficos retrasan cada vez más el estreno en plataformas digitales de sus grandes producciones. La estrategia obedece a una lógica comercial indiscutible: los espectadores han cambiado su comportamiento, prefiriendo la comodidad del sofá frente al ritual de desplazarse a una sala oscura.
Lo que Herrán pone sobre la mesa es, precisamente, el valor de ese ritual. La experiencia de comprar una entrada, compartir una proyección con desconocidos, sumergirse en una historia sin interrupciones ni notificaciones, constituye una forma de consumo cultural que va más allá de la mera visualización de una obra. Se trata de una experiencia comunitaria, sensorial y, en cierto modo, sagrada que las plataformas digitales no pueden replicar.
El streaming como nuevo orden
La proliferación de servicios de streaming ha democratizado el acceso al contenido, eliminando barreras geográficas y económicas. Hoy es posible acceder a catálogos de miles de títulos por un precio mensual que ronda el coste de una sola entrada de cine. Desde esta perspectiva, la revolución parece indiscutiblemente positiva.
Sin embargo, este nuevo modelo implica una serie de transformaciones en la forma de ver películas. La pausa constante, la fragmentación del visionado en varios días, la multitarea simultánea —consultar el móvil mientras se supone que se está viendo una película— han modificado la relación con la obra. El consumo rápido al que alude Herrán no se refiere únicamente a la velocidad, sino también a la superficialidad con la que se asimilan las narrativas.
El actor insiste en que "alentar a la gente a que vaya y que no se pierda eso" debería ser una prioridad. La frase, aparentemente simple, esconde una profunda preocupación por la pérdida de un espacio de encuentro colectivo. El cine, en su concepción tradicional, funciona como aglutinador social, como lugar de debate y como experiencia compartida que genera memoria cultural colectiva.
La magia de la sala cinematográfica
¿Qué es exactamente lo que se pierde cuando se opta por el streaming en lugar de la sala? La respuesta involucra múltiples capas. En primer lugar, la dimensión técnica: el sonido envolvente, la calidad de imagen proyectada en gran formato, la ausencia de distracciones. Pero hay algo más intangible y valioso: la comunión temporal con otros seres humanos que comparten la misma emoción simultáneamente.
Cuando una sala entera ríe, llora o se estremece al unísono, se crea una energía única. Esa conexión empática, aunque sea con desconocidos, enriquece la experiencia de forma irrepetible. Las plataformas digitales, por muy avanzadas que sean, no pueden reproducir esta dimensión social. El visionado doméstico, aislado, individualizado, genera una experiencia necesariamente distinta, más cercana al consumo de producto que a la participación en un evento cultural.
Herrán, que ha protagonizado recientemente La Tregua, parece haber reflexionado sobre este tema desde su propia experiencia profesional. Para un actor, la proyección en sala representa la consumación de su trabajo. La reacción inmediata del público, el silencio expectante antes de un momento crucial, los aplausos finales, constituyen la retroalimentación viva que da sentido a la creación artística.
Inteligencia Artificial y el futuro del séptimo arte
El debate sobre el futuro del cine no puede eludir la creciente presencia de la Inteligencia Artificial en los procesos creativos. Herrán hace una breve alusión a este aspecto cuando menciona que "los grandes líderes de estas aplicaciones ya aseguran que la IA puede ofrecer mejores herramientas, pero la idea sigue partiendo de las personas". Y añade una reflexión contundente: "No te hace buen narrador si no lo eres".
Esta observación resulta especialmente relevante en un momento en que la industria debate el uso de algoritmos para generar guiones, optimizar montajes o incluso recrear rostros de actores. La tecnología, por muy sofisticada que sea, no sustituye la sensibilidad humana, la intuición narrativa ni la capacidad de conectar emocionalmente con una audiencia.
La Inteligencia Artificial puede ser una herramienta poderosa, pero no una fuente de creatividad genuina. Este matiz es crucial: el riesgo de una cultura dominada por el consumo rápido y la optimización algorítmica es la homogeneización del contenido, la pérdida de la singularidad artística y, en última instancia, la desconexión con la experiencia humana profunda que el cine, en su mejor expresión, proporciona.
Un llamado a la reconexión
La reflexión de Miguel Herrán no es una crítica luddista a la tecnología, sino un llamado a la conciencia. El actor no propone abandonar las plataformas digitales, sino recuperar un equilibrio. "Creo que es importante", afirma sobre la práctica de ir al cine, y esta importancia radica precisamente en la necesidad de preservar espacios de desconexión, de atención plena y de experiencia compartida.
En una sociedad hiperconectada, donde la atención se fragmenta entre múltiples pantallas y notificaciones, el cine ofrece una oportunidad única de desconectar del móvil y reconectar con la historia, con los demás y con uno mismo. Esa es la esencia del mensaje de Herrán: no se trata de rechazar el progreso, sino de no perder en el camino aquello que nos hace humanos.
La solución, según implica el actor, pasa por un esfuerzo colectivo. Los exhibidores deben reinventar la experiencia, los creadores deben defender la singularidad de su obra, y el público debe valorar lo que está en juego. Alentar a la gente a que vaya al cine no es solo una cuestión comercial, es una apuesta por la cultura, por la comunidad y por la preservación de una forma de arte que, aunque milenaria en su espíritu, sigue siendo irremplazable en su formato.
El futuro del cine no se decidirá únicamente en los consejos de administración de las plataformas de streaming o en los laboratorios de Inteligencia Artificial. Se decidirá en cada elección individual, en cada decisión de apagar el móvil, comprar una entrada y compartir una historia con otros. Como bien apunta Herrán, la tecnología puede ofrecer herramientas, pero la narrativa, la emoción y la conexión humana siguen dependiendo de nosotros.