El fugitivo que engañó a La Habana con una cámara y una sonrisa

Martiño Ramos, condenado en España por abuso sexual, vivió en Cuba como turista y fotógrafo, engañando a jóvenes artistas hasta su detención.

Durante meses, Martiño Ramos Soto —conocido en La Habana como Martín Soto— se movió con total impunidad por los circuitos culturales de la capital cubana. Mientras en España era buscado por la justicia tras ser condenado a 13 años y seis meses de prisión por abusar sexualmente de una alumna de 12 años, en Cuba se presentaba como un hombre de negocios en vacaciones, siempre con una cámara colgada del hombro y una sonrisa fácil.

Su llegada a la isla ocurrió en el verano pasado. Se instaló en una casa de alquiler en el Vedado, cerca de la avenida 23, y rápidamente comenzó a frecuentar eventos artísticos, exposiciones y tertulias culturales. Su perfil en Instagram, bajo el nombre de Martín Soto, le sirvió como puente para conectar con jóvenes artistas, modelos y fotógrafos locales. Allí compartía imágenes de los eventos a los que asistía, ofreciéndose como fotógrafo voluntario y enviando las fotos a sus sujetos como gesto de cortesía.

La comunidad artística habanera lo recibió con naturalidad. Para ellos, era simplemente un extranjero interesado en la cultura local, un hombre sociable, culto y con buen gusto. Nadie sospechaba de su pasado ni de su estatus legal. Su comportamiento era amable, su conversación fluida, y su presencia en eventos como Noviembre Fotográfico, Post-It o la exposición homenaje a Belkis Ayón lo convertía en una figura recurrente.

Sin embargo, algunos detalles comenzaron a llamar la atención. Iré Lázara Goitizolo Rodríguez, artista plástica y poeta, recuerda que le resultó extraño verlo fotografiar durante horas a las jóvenes asistentes a un evento en Nodo Habana. Al día siguiente, lo volvió a encontrar en otro espacio cultural, esta vez acompañado de dos chicas que parecían modelos. "Su comportamiento era adolescente", confesó. "Me extrañó verlo, tan adulto, inmerso en ese entorno juvenil. Incluso me preguntó si iría a un listening party de Rosalía. Parecía obsesionado con estar al tanto de cada evento en la ciudad".

Otras jóvenes que lo conocieron también describen un patrón similar: una actitud empática, una retórica feminista y una aparente pasión por el arte. Una de ellas, que pide mantener el anonimato, lo conoció en el Malecón y comenzó a salir con él como amigo. "Parecía una persona preparada, intelectual, muy empática. Ahora entiendo que todo era una estrategia para ganarse la confianza", dijo. Incluso organizó fiestas en su casa donde la mayoría de los invitados eran mujeres jóvenes, entre 18 y 29 años. "Eso me hizo desconfiar", admitió.

Un joven que lo conoció en una velada tras un concierto de Silvio Rodríguez lo describió como el "estereotipo del extranjero mayor con la joven cubana". Lo que más le llamó la atención fue que, al día siguiente, Martín comenzó a seguir la cuenta de Instagram de su novia, algo que no hizo con otros asistentes. "No me interesó ahondar en él, pero ahora entiendo que su intención era estar cerca de las jóvenes", señaló.

La desaparición de Martín Soto fue abrupta. El viernes por la mañana, dejó de responder llamadas y mensajes. Sus conocidos fueron a su casa, pero nadie abrió la puerta. El lunes, las autoridades cubanas confirmaron su detención por la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), dos días después de que se hiciera pública su identidad en los medios.

La noticia causó conmoción en la escena cultural habanera. Muchos se sintieron engañados, burlados, vulnerables. "Es una mezcla de asco y miedo", confesó una de las jóvenes que lo conoció. "Siento asco por haber compartido con alguien así, y miedo porque me hace sentir expuesta. Me alegra que lo hayan arrestado".

Una trabajadora de la Fototeca de Cuba, institución que organiza Noviembre Fotográfico, aseguró haberlo visto en casi todas las tertulias de la temporada. "No participó como artista, solo se hacía pasar por fotógrafo y se coló en nuestra comunidad", aclaró. También destacó que su desaparición el viernes sugiere que pudo haber sido advertido antes de que la noticia se hiciera pública.

Martiño Ramos no solo huyó de la justicia, sino que aprovechó su estancia en Cuba para construir una identidad falsa, infiltrándose en círculos creativos y ganándose la confianza de jóvenes artistas. Su caso pone de manifiesto cómo la apariencia de normalidad puede ocultar peligros reales, y cómo las redes sociales y los eventos culturales pueden convertirse en escenarios inesperados para la manipulación.

La detención de Ramos Soto es un recordatorio de que la justicia puede alcanzar a quienes creen estar fuera de su alcance. Pero también es una advertencia: en un mundo donde las apariencias pueden ser engañosas, la vigilancia y la conciencia colectiva son herramientas indispensables para proteger a las personas más vulnerables.

La comunidad artística de La Habana, ahora en shock, busca entender cómo alguien con un pasado tan oscuro pudo moverse con tanta libertad entre ellos. Y aunque la detención es un alivio, el daño emocional y la sensación de traición permanecen. El caso de Martiño Ramos es un llamado a la reflexión sobre la confianza, la seguridad y la responsabilidad colectiva en los espacios culturales.

Referencias