El Valencia CF sumó una nueva página negra en su particular calvario lejos de Mestalla. La visita al estadio de Balaídos se convirtió en un nuevo episodio de sufrimiento para un conjunto que parece no encontrar el rumbo. La derrota por un contundente 4-1 ante el Celta de Vigo no solo reflejó las graves deficiencias estructurales del equipo de Carlos Corberán, sino que también desató una emergencia sin precedentes en la portería que amenaza con comprometer aún más las aspiraciones del club en las jornadas decisivas del campeonato.
Desde el pitido inicial, el conjunto valencianista mostró una imagen deplorable. Superados en intensidad, sin ideas claras y con una fragilidad defensiva que resultó alarmante, los chés nunca dieron la sensación de poder competir de tú a tú ante un rival que, pese a no encontrarse en su mejor momento, supo aprovechar cada error con una eficacia demoledora. El marcador final, lejos de exagerar lo sucedido sobre el césped, quedó corto respecto a la superioridad gallega exhibida durante los noventa minutos.
Los problemas del Valencia trascienden el simple resultado. La zaga volvió a hacer aguas en múltiples ocasiones, el centro del campo careció de organización y la línea ofensiva mostró una falta de alarma de espíritu preocupante. Sin embargo, más allá de las carencias futbolísticas, la peor noticia llegó de la mano de una lesión muscular que dejó a la plantilla sin guardametas disponibles en los instantes finales del encuentro.
Julen Agirrezabala, el joven cancerbero cedido por el Athletic Club que hasta ahora había sido uno de los pocos baluartes en una temporada para olvidar, tuvo que abandonar el terreno de juego entre evidentes muestras de dolor. El guardameta vasco, que había disputado los últimos compromisos con un nivel más que aceptable, sintió un pinchazo en la zona de los isquios durante la jugada del tercer tanto celeste. A pesar de intentar continuar, los gestos de sufrimiento fueron evidentes y, minutos después, tuvo que dejar su puesto forzosamente.
La escena resultó desoladora. Julen se desplomó sobre el césped, con lágrimas en los ojos, consciente de que su temporada podía haber llegado prematuramente a su fin. Los servicios médicos del club le atendieron de inmediato, pero la cara del portero ya anticipaba la gravedad del diagnóstico. Su sustitución obligó a una medida extrema que resume a la perfección la situación límite que atraviesa el club: Pepelu, centrocampista titular, se puso los guantes para ocupar la portería durante los últimos compases del duelo.
La imagen de un jugador de campo defendiendo la meta no solo es un síntoma de la emergencia, sino que constituye un símbolo de la improvisación y la falta de planificación que ha marcado la gestión deportiva del Valencia en los últimos meses. Tras el encuentro, Carlos Corberán no tuvo más remedio que confirmar las peores sospechas: "La lesión de Julen es de isquio, parece seria". Las palabras del técnico dejaron entrever que el guardameta podría perderse lo que resta de curso, una baja sensible en un momento crítico.
La situación se agrava si se considera el estado físico de Stole Dimitrievski, el portero macedonio que inició la temporada como titular indiscutible. El guardameta balcánico ha estado trabajando de forma diferenciada durante los últimos días, sin poder completar las sesiones de entrenamiento con el grupo. Su ausencia en la expedición que viajó a Vigo ya anticipaba problemas, y su disponibilidad para los próximos compromisos permanece en el más completo de los interrogantes.
El Valencia se encuentra, literalmente, sin porteros. La doble lesión deja al club en una situación insostenible cuando la competición entra en su fase más exigente. Los próximos partidos resultarán determinantes para definir los objetivos del equipo, y la falta de un guardameta experimentado puede resultar definitiva. La dirección deportiva deberá buscar soluciones urgentes, posiblemente recurriendo a la cantera o explorando el mercado de fichajes en un periodo no habitual.
Más allá de la emergencia en la portería, la derrota en Balaídos evidencia una crisis profunda que afecta a todos los niveles del equipo. La defensa concede ocasiones con una facilidad preocupante, el medio campo carece de liderazgo y la delantera no genera peligro. El conjunto de Corberán parece haber perdido la confianza y el rumbo, y cada partido lejos de casa se convierte en una montaña infranqueable.
El refrán popular español afirma que "a perro flaco todo son pulgas", y el Valencia es el vivo reflejo de esta máxima. Al mal momento deportivo se suman los contratiempos físicos, la falta de efectivos y la sensación de estar navegando sin rumbo en medio de una tormenta perfecta. La lesión de Julen Agirrezabala, lejos de ser un problema aislado, es la punta del iceberg de una situación que requiere soluciones inmediatas y contundentes.
La plantilla valencianista afronta ahora una de las semanas más complicadas de la temporada. La recuperación de Dimitrievski se antoja fundamental, pero los plazos son inciertos. Mientras tanto, el cuerpo técnico debe preparar alternativas de emergencia que pasan por recuperar a algún jugador del filial o, en última instancia, por mantener a Pepelu como guardián de la meta en un escenario que rayaría lo surrealista.
El Valencia CF necesita reaccionar con urgencia. La temporada no termina y todavía quedan objetivos por alcanzar, pero la derrota en Vigo y la crisis en la portería han encendido todas las alarmas. La afición, que ya mostró su descontento en numerosas ocasiones, exige soluciones y respuestas deportivas que hasta ahora no han llegado. El tiempo se agota y el margen de error, inexistente.