La música de Billo's sigue resonando en nuestras celebraciones de fin de año con su inconfundible mensaje: año nuevo, vida nueva. Esas tres palabras condensan los anhelos más profundos de cualquier sociedad: alegría, salud y prosperidad. Pero ahora, cuando 2026 asoma en el horizonte, surge la pregunta inevitable: ¿nos traerá este nuevo año las transformaciones que tanto necesitamos?
Después de períodos marcados por la indiferencia y la adversidad, merecemos un año de recuperación. Una etapa que nos permita sanar las heridas de tanto desencanto. La lucha ha sido constante, llena de obstáculos, frustraciones y retrocesos. Sin embargo, la meta, aunque esquiva, nunca ha desaparecido de nuestra mira. El propio camino de resistencia ya tiene valor, independientemente del resultado final. Esta búsqueda de cambio nos inyecta energía, ilusión y esperanza.
Nos espera un año de dificultades que, paradójicamente, puede resultar decisivo para el futuro del país. La incertidumbre gira en torno a un tema central: la alternancia en el poder. Esta práctica democrática se ha consolidado en toda América Latina como nunca antes, con tres excepciones notorias y preocupantes: los regímenes que lideran Ortega, Díaz-Canel y Maduro. La imagen de estos tres mandatarios juntos en el Capitolio el pasado 10 de enero, consolidando el fraude electoral del 28 de julio de 2024, quedará grabada en la memoria colectiva.
Para que 2026 se convierta realmente en un año decisivo, deberían producirse una serie de acontecimientos que hoy resultan impredecibles. Cualquier otro gobernante en la situación de Maduro habría buscado una salida digna, siempre que existiera un auténtico interés por el bienestar ciudadano y un cálculo político racional para preservar sus ideas. Lamentablemente, bajo la camisa roja y el uniforme militar de quienes detentan el poder, no hay prácticamente nada de eso.
El régimen se encuentra en un momento de tensión máxima. Los asesores cubanos que operan desde Miraflores conocen bien esta dinámica, con más de seis décadas de experiencia en crisis similares, aunque de mayor gravedad. Han sobrevivido, sí, pero a costa de empobrecer a su población y condenarla a un futuro sin perspectivas, como muestra La Habana congelada en el tiempo.
Maduro, Cabello, los Rodríguez, Padrino López y el canciller Gil denuncian la supuesta agresión estadounidense ante cualquier foro disponible, pero actúan con extrema cautela para no cruzar el punto sin retorno. Para ellos, cada día que pasa sin un cambio definitivo representa una victoria. Esta táctica no nos es desconocida; hemos atravesado otras crisis que parecían terminales.
Sin embargo, contamos con ventajas significativas: un liderazgo legitimado y comprometido, una propuesta clara de rescate democrático y el respaldo internacional concretado en el Premio Nobel de la Paz. Este reconocimiento mundial valida nuestra tenaz lucha por la libertad. La receta es perseverar con entereza e inteligencia, con paciencia y esperanza, ampliando la base de apoyo.
El camino no será fácil. La resistencia pacífica requiere estrategia y unidad. Mientras el régimen apuesta al desgaste, nosotros debemos fortalecer las redes ciudadanas, la organización comunitaria y la presión internacional. La clave está en no perder la esperanza ni el rumbo, recordando que cada gesto de solidaridad, cada acto de protesta pacífica, cada voto de confianza en el liderazgo democrático suma para el cambio definitivo.
2026 puede ser el año en que la canción de Billo's deje de ser un mero deseo para convertirse en realidad. La alegría, la salud y la prosperidad están al alcance, pero dependen de nuestra capacidad de mantener la lucha con determinación y sabiduría. El futuro de Venezuela se construye día a día, con el esfuerzo de todos los que creemos en la libertad y la democracia.