Lucía Dominguín Bosé, figura destacada del diseño y miembro de una de las dinastías más mediáticas de España, abre las puertas de su intimidad en una entrevista exclusiva donde presenta a Bruno, su último nieto, fruto del amor de su hija Jara y su pareja Samuel. El pequeño, que acaba de cumplir seis meses, comparte protagonismo con su hermano mayor Leonardo, de dos años, en un reportaje que destila ternura, reflexiones sobre la maternidad moderna y la evolución de los conceptos de familia en el siglo XXI.
La diseñadora, conocida por su carácter directo y su estilo inconfundible, se muestra radiante en su rol de abuela. “Soy la ‘nonna’”, afirma con orgullo, utilizando el término italiano para referirse a su nueva etapa vital. Jara, su hija, completa el retrato familiar describiendo la dinámica de una casa llena de vida y alegría: “Leonardo y Bruno son dos niños trampa”, explica entre risas, aludiendo a esa expresión que utilizan los pediatras para referirse a los bebés tan tranquilos y fáciles que incitan a los padres a tener más hijos. Una descripción que revela la armonía que viven en su hogar.
La elección de los nombres no respondió a la tradición familiar, sino a una búsqueda consciente de identidad. Jara y Samuel buscaban nombres que fueran únicos dentro del extenso árbol genealógico de los Dominguín-Bosé, con personalidad propia y libres de cargas históricas. “Queríamos que fueran nombres únicos en la familia, con carácter e identidad propia y que no trajeran carga familiar”, revela Jara con claridad. Una decisión que habla de una generación que desea construir su propio legado, lejos de las expectativas impuestas por apellidos ilustres.
La maternidad de Jara llega acompañada de una filosofía de crianza profundamente reflexiva y claramente definida. La joven madre confiesa con sorprendente honestidad que durante su segundo embarazo esperaba una niña, pero reconoció sentir cierto alivio cuando supo que sería otro varón. “Cuando me quedé embarazada de Bruno creía que era niña. Samuel y yo estábamos con muchos miedos, me parecía una responsabilidad más grande criar una mujer y empoderarla para que se pueda enfrentar a este mundo de lobos y que no sea un cordero”, explica sin tapujos. No obstante, matiza rápidamente para evitar malentendidos: “No es que no quisiera una niña, de hecho, sería maravroso tener una pero cuando nos dijeron que era niño fue como un alivio”.
Este sentimiento, lejos de ser una simple preferencia, refleja las preocupaciones genuinas de muchas madres contemporáneas ante los desafíos de criar hijas en una sociedad compleja y a menudo desigual. La pareja ha establecido como meta principal “criar a nuestros hijos como hombres que merezcan la pena y que nos protejan”, un deseo que revela una visión progresista y responsable de la masculinidad. Una crianza consciente que busca formar hombres respetuosos, empáticos y protectores, lejos de los modelos tradicionales tóxicos.
Las Navidades, esa época donde las familias tradicionalmente se reúnen en torno a la mesa y al árbol, adquieren en este hogar un matiz particular y muy personal. Este año, Jara y Samuel han optado por una celebración íntima y alejada del bullicio. “Cada uno en su casa. Este año nos quedamos solos Samuel y yo con los niños, me apetece mucho. Llevamos meses de mucho jaleo”, comenta Jara con tranquilidad. Una decisión que refleja la necesidad de desconexión, de crear sus propios rituales y de disfrutar de la tranquilidad familiar tras un periodo agitado.
Por su parte, Lucía también elige un plano más cercano y hogareño para estas fiestas. “Yo estoy con mi hijo Rodolfo [Olfo] y su chica, cinco gatos y dos perros. Lo único navideño es hacer los raviolis y las lentejas de Año Nuevo”, describe con su característica naturalidad, lejos de los grandes eventos sociales a los que podría estar acostumbrada. La pregunta sobre si Miguel Bosé, su hermano, visitará España estas fiestas tiene una respuesta clara y contundente: “No. Hace dos años fui con Paola allí [Miguel vive en México]. Somos una familia atípica, somos clan, somos núcleo y somos muy libres. No imponemos, si quieres estás y sino, no”, sentencia Lucía, dibujando el retrato de una familia que ha sabido adaptarse a las distancias geográficas y emocionales sin forzar vínculos ni cumplir con protocolos ajenos.
La memoria de Lucía remonta a sus propias Navidades infantiles, llenas de magia, tradición y también de desilusiones reveladoras que marcan la infancia. “Muy de familia. Se hacía todo un ritual para montar un Belén inmenso, íbamos a la Plaza Mayor a comprar con mi madre todos los muñequitos y el pino enorme. La única que ponía las bolas, porque eran de cristal, era mi madre. Venían los Reyes Magos”, recuerda con nostalgia. Y añade una anécdota que marcó su infancia y la de su hermano Miguel: “La primera gran desilusión de la vida fue cuando éramos muy pequeños, recuerdo que Miguel y yo descubrimos que los Reyes Magos se estaban vistiendo en un cuarto y que eran el mozo de espadas de mi padre, el banderillero y el chófer. Fue una decepción”. Una revelación prematura que destapa la pérdida de la inocencia infantil.
Uno de los momentos más emotivos de la entrevista llega cuando se aborda el tema de los padrinos, esa red de afectos que acompaña a los niños en su crecimiento y formación. La familia ha elegido con criterio personas significativas para cada uno de los hermanos. “Mami Rita, mi abuela, es la madrina religiosa de los niños”, explica Jara, manteniendo así un vínculo generacional con la matriarca de la familia.
Para Leonardo, los padrinos son su tía Palito y Harry, la pareja de esta, consolidando así los lazos con la familia materna. Pero la revelación más sorprendente y comentada es la elección para Bruno: “Los de Bruno son Mario, que es un amigo de Samuel, y Nacho Palau”. El nombre de Nacho Palau, expareja de Miguel Bosé, resuena con especial significado dentro de esta red de afectos.
Jara explica la conexión especial que la une a Nacho: “Ha estado en nuestra vida siempre, desde pequeña. De hecho, Nacho fue mi primer amor platónico. Tiene todavía las cartas de amor que le escribía... bueno que dictaba a mis padres para que se las mandara”. Una confesión entrañable que une generaciones y relaciones, mostrando la complejidad y riqueza de los lazos familiares que trascienden los esquemas tradicionales y las rupturas sentimentales.
La presencia de Nacho Palau como padrino de Bruno simboliza la capacidad de esta familia para mantener relaciones significativas más allá de los cambios en las parejas. Es un gesto de continuidad afectiva que habla de madurez, de superación y de la priorización del bienestar emocional de los más pequeños por encima de cualquier diferencia adulta. Una lección de generosidad y visión a largo plazo.
Esta entrevista dibuja el retrato de una familia que, lejos de los estereotipos y los convencionalismos, construye sus propias reglas y rituales. Una unidad familiar donde la libertad individual convive con el amor clanico, donde las distancias geográficas no debilitan los vínculos y donde las segundas oportunidades en las relaciones personales se celebran en lugar de ocultarse. Lucía Dominguín, como matriarca observadora, contempla con orgullo cómo su hija Jara forja su propio camino de maternidad consciente, acompañada por Samuel y con el apoyo de una red de padrinos cuidadosamente elegida.
El legado de los Dominguín-Bosé, lejos de limitarse a lo artístico y mediático, se extiende ahora a una nueva generación que crecerá con valores de autenticidad, respeto y libertad. Bruno y Leonardo, los “niños trampa”, llegan a un mundo donde su familia les ha preparado ya el terreno para ser ellos mismos, lejos de las expectativas ajenas y cerca del amor incondicional. Una nueva rama en el árbol genealógico que promete seguir sorprendiendo y rompiendo moldes.