Los años nuevos llega a MUBI como una propuesta atípica en el panorama de las series españolas actuales. Creada por Rodrigo Sorogoyen junto a Sara Cano y Paula Fabra, esta producción despliega una relación sentimental a lo largo de una década completa, con diez episodios que transcurren cada uno en una Nochevieja diferente. Una estructura que permite observar, con lupa, cómo el amor evoluciona, se desgasta y muta mientras el tiempo hace implacablemente su trabajo.
Rodrigo Sorogoyen, conocido por películas como As bestas o El reino, demuestra aquí una faceta más íntima y contemplativa. Lejos del thriller político o el drama rural, el cineasta se sumerge en el terreno de las emociones cotidianas, de las pequeñas grandes historias que definen nuestras vidas. Su colaboración con Sara Cano y Paula Fabra resulta en un guion sólido que equilibra perfectamente lo universal con lo particular, creando personajes que se sienten reales desde el primer minuto. Esta co-escritura entre tres mentes aporta riqueza a los diálogos y matices a las situaciones, evitando clichés del género romántico.
La premisa es sencilla pero poderosa: cada capítulo representa un año por capítulo, siempre entre el 31 de diciembre y el 1 de enero, capturando ese momento de transición simbólica donde el pasado y el futuro se encuentran en el umbral de una nueva etapa. Es en esa frontera temporal donde los protagonistas, interpretados por Francesco Carril e Iria del Río, nos muestran las distintas fases de su vínculo. Desde el primer encuentro casual en una fiesta confusa hasta el desenlace inevitable, la serie se convierte en un retrato generacional que habla tanto del paso del tiempo como de la transformación del amor.
Una de las primeras sensaciones que transmite la serie es esa extraña nostalgia por un pasado muy reciente. El primer episodio se sitúa en 2015, y la banda sonora está plagada de referencias musicales como Nacho Vegas, McEnroe, Triángulo de Amor Bizarro o Vetusta Morla. Esta elección genera una estética deliberadamente demodé, casi vintage, que algunos espectadores podrían considerar forzada. Sin embargo, tiene su lógica interna: la serie invita a idealizar ese pasado reciente, a verlo como una época de posibilidades infinitas, antes de que la realidad se imponga con su crudeza habitual. La música no es mero adorno, sino un personaje más que marca el paso de los años con precisión arqueológica.
La estructura narrativa recuerda inevitablemente a Richard Linklater y su trilogía "Before Sunrise", pero también a la obra de Jonás Trueba, especialmente por la elección de Francesco Carril como protagonista masculino. La influencia no es solo formal, sino temática: el interés por capturar momentos cotidianos, por encontrar la poesía en lo banal, por observar personajes que hablan y dudan como personas reales. Los años nuevos bebe de esa tradición del cine de autor que prioriza el diálogo auténtico y los silencios significativos por encima de tramas artificiosas. La comparación con "Boyhood" también es inevitable, aunque aquí el tiempo real no transcurre para los actores, sino que se simula mediante maquillaje y cambios de actitud.
Los personajes de Oscar y Ana no son arquetipos, sino individuos con contradicciones propias de la treintena española contemporánea. Él es médico, estable pero cuestionando su vocación. Ella estaba a punto de marcharse a Vancouver para estudios pero decide quedarse, movida por el impulso del amor nuevo. En el tercer episodio, plagado de pequeños accidentes que reflejan la inestabilidad emocional, ya están formalmente juntos. A partir de ahí, la serie se convierte en un mapa de las microcrisis y las pequeñas alegrías que definen cualquier relación larga. No hay grandes dramas, sino el desgaste silencioso de lo cotidiano, las decisiones no tomadas, los miedos no expresados. Cada año aporta una nueva capa de complejidad, una nueva grieta en la fachada de la felicidad.
La llegada de la serie a MUBI un año después de su estreno en España no es casual. La plataforma, conocida por su apuesta por el cine de autor y las propuestas arriesgadas, encuentra en Los años nuevos un contenido que resuena perfectamente con su público objetivo. Es una simbiosis de época: la serie habla de una generación que consume contenidos en plataformas especializadas como MUBI, y la plataforma distribuye una serie que entiende perfectamente a esa misma generación, sus dudas y sus anhelos. El modelo de negocio de MUBI, basado en la curaduría, encuentra aquí un título perfecto que justifica su existencia.
A nivel técnico, la serie se sostiene gracias a la química palpable entre sus protagonistas. Iria del Río aporta una vulnerabilidad contenida que hace creíble cada etapa del personaje, mientras que Francesco Carril construye un Oscar que es simultáneamente estable y perdido, seguro y temeroso. La dirección de Sorogoyen y su equipo sabe cuándo acercarse y cuándo alejarse, respetando los tiempos muertos que tanto informan sobre el estado emocional de los personajes. La fotografía, con su paleta de colores naturales y su iluminación realista, refuerza esa sensación de intimidad cotidiana. La banda sonora, como mencionamos, funciona como un documento sonoro de la década.
En definitiva, Los años nuevos es más que una simple historia de amor. Es un ejercicio de memoria colectiva, un recordatorio de cómo cambiamos sin darnos cuenta, de cómo las pequeñas decisiones acumuladas definen nuestras vidas. La serie no juzga a sus personajes, solo los observa con una empatía que resulta contagiosa. Para quienes buscan una propuesta que requiera paciencia y recompense la atención, esta serie de MUBI se presenta como una de las opciones más interesantes del año, capaz de generar conversación y reflexión sobre nuestras propias relaciones con el tiempo y con los demás. No es una serie para binge-watching, sino para digerir despacio, episodio a episodio, como quien saborea un buen vino.