La acumulación de frustraciones durante décadas ha generado una crisis de confianza sin precedentes en las bases de nuestra convivencia democrática. Esta es la tesis central que defiende Cristina Monge, reconocida socióloga, politóloga y docente universitaria, en su última obra editorial 'Contra el descontento', publicada por Paidós. A través de sus páginas, la autora desgrana las causas del creciente apoyo a formaciones de extrema derecha en el contexto occidental y aboga por reconstruir el tejido social mediante el diálogo y nuevas alianzas ciudadanas.
En una profunda reflexión sobre el estado actual de las democracias, Monge distingue dos tipos de malestar que conviven en la sociedad actual. Por un lado, los malestares materiales, vinculados a problemas concretos como la dificultad de acceso a la vivienda, la precariedad laboral o la inflación. Por otro, un descontento más profundo que atañe a la falta de horizontes esperanzadores. La experta señala que enfrentamos desafíos de enorme calado -la revolución digital, la inteligencia artificial y la emergencia climática- que generan incertidumbre y temor colectivo porque no percibimos capacidad para gestionarlos adecuadamente.
Este segundo tipo de descontento, según la autora, representa un problema de futuro y de confianza institucional. La sensación de impotencia ante los grandes retos globales erosiona la creencia en un mañana mejor, creando un caldo de cultivo propicio para discursos populistas y extremistas que ofrecen soluciones simplistas a problemas complejos.
Uno de los aspectos más controvertidos y comentados de su análisis es la relación entre ciertos discursos feministas y el creciente apoyo a la ultraderecha. Monge habla de un feminismo con aires de superioridad, que si bien representa una corriente minoritaria dentro del movimiento, logra una visibilidad desproporcionada. La clave de este fenómeno, según la investigadora, radica en la pérdida de la empatía.
La socióloga matiza que esta crítica no abarca a la mayoría de las líderes feministas ni a quienes promueven la igualdad desde las instituciones políticas. Sin embargo, identifica un discurso concreto que, lejos de sumar adhesiones, genera rechazo y distanciamiento. Cuando se señala que existen jóvenes masculinos que se sienten desorientados ante la redefinición de roles de género, algunos sectores responden acusando de reproducir argumentarios de extrema derecha. Esta reacción, para Monge, no solo es injusta, sino contraproducente.
La realidad, argumenta la experta, es que muchos varones en edad joven experimentan confusión y rabia al percder posiciones tradicionales. En lugar de descalificar estas emociones, la tarea pendiente consiste en comprender sus razones y comunicar eficazmente que una sociedad feminizada ofrece mejores condiciones de vida para todos, incluidos ellos. La pregunta que se hace la autora es directa: ¿por qué no hemos sido capaces de transmitir este mensaje de forma convincente?
El vacío de referentes masculinos positivos dentro del marco de la igualdad constituye otro factor crítico. Monge identifica que los jóvenes heterosexuales carecen de modelos con los que identificarse, lo que facilita que caigan en brazos de ideologías reaccionarias que les ofrecen una identidad clara, aunque sea excluyente y dañina. La ausencia de voces que articulen una masculinidad no tóxica, comprometida con la igualdad, deja un espacio que la ultraderecha ocupa con facilidad.
Más allá del feminismo, la investigadora apunta a una izquierda temerosa de abordar ciertos temas como la seguridad ciudadana, lo que también contribuye a su desconexión con amplios sectores de la población. Esta reticencia genera percepciones de debilidad y aleja a votantes que, si bien comparten valores progresistas en lo económico o social, demandan respuestas contundentes en materia de protección y orden público.
La solución propuesta en 'Contra el descontento' pasa por recuperar la conversación pública como herramienta democrática esencial. Monge defiende la necesidad de tejer alianzas transversales que vayan más allá de las etiquetas ideológicas, construyendo un nuevo contrato social fundamentado en tres pilares: cooperación, justicia y sostenibilidad. Solo así, sostiene, será posible diseñar futuros deseables y recuperar la confianza ciudadana.
El reto no es menor. Implica escuchar sin prejuicios a quienes piensan diferente, reconocer legitimidad a las preocupaciones ajenas y encontrar puntos de encuentro en torno a proyectos comunes. La socióloga insiste en que la empatía no es una debilidad, sino la base para cualquier transformación social duradera. Sin ella, los discursos se vuelven excluyentes y terminan alimentando las mismas dinámicas que pretenden combatir.
En definitiva, el análisis de Cristina Monge invita a una reflexión profunda sobre cómo comunicar el cambio social. La batalla por la igualdad y la justicia no se gana solo con razones, sino con la capacidad de conectar emocionalmente con quienes aún no están convencidos. El futuro de las democracias occidentales puede depender de esta habilidad para combinar firmeza en los principios con empatía en las formas.