Encarnación Sánchez tenía 56 años cuando acudió a su segunda entrevista para un puesto de dependienta en una tienda de ropa de Tarragona. Con décadas de experiencia en grandes superficies comerciales, confiaba en que su trayectoria profesional hablaría por sí sola. Sin embargo, la respuesta nunca llegó. Lo que sí llegó fue la desazón al comprobar que el mismo anuncio volvía a publicarse, esta vez con un requisito explícito: "señorita dependienta encargada de no más de 40, entre 35 y 40 años". La sensación fue "abominable", como ella misma describe, sintiéndose "como unas castañuelas" en un mercado que la miraba con desdén.
La historia de Encarnación no es un caso aislado. Según el informe El Edadismo y Yo, elaborado por Cruz Roja a partir de 886 testimonios, el 44% de los trabajadores en España experimenta discriminación por edad. Esta cifra revela una realidad que afecta de manera desproporcionada a los profesionales mayores de 45 años, que representan el 58% de las víctimas, pero que también alcanza a los más jóvenes, quienes ya constituyen el 26% de los casos registrados.
El término edadismo, incorporado al diccionario de la Real Academia Española en 2022, define una forma de exclusión que va más allá de los prejuicios. Para Iñaki Ortega, doctor en Economía e investigador del Centro Ageingnomics de Fundación Mapfre, se trata de "un suicidio económico" para un país que no puede darse el lujo de desaprovechar el potencial de su población más experimentada.
El valor invisible de la experiencia
La percepción social ha evolucionado más lentamente que la realidad biológica. Ortega introduce el concepto de "rejuvenescencia" para explicar que un sexagenario actual posee las constantes vitales que hace un siglo correspondían a una persona de 45 o 50 años. Sin embargo, las empresas continúan asociando la edad con fragilidad, obsolescencia y menor capacidad de adaptación.
Este sesgo tiene un coste económico devastador. Los trabajadores senior generan más del 30% del PIB nacional y concentran más de la mitad del patrimonio del país. "Sin los seniors, España no podría abrir cualquier mañana", advierte Ortega, quien destaca que su conocimiento no es solo técnico, sino también relacional y estratégico. Su capacidad para resolver conflictos, liderar equipos y anticipar problemas representa un activo intangible que las métricas tradicionales no capturan.
La paradoja empresarial
El V Mapa de Talento Sénior 2025 de Fundación Mapfre desvela una contradicción flagrante. El 91,9% de las empresas declara que la edad no constituye una barrera para la contratación, pero simultáneamente, el 30,6% de estas mismas compañías reconoce no haber incorporado a ningún profesional mayor de 55 años en los últimos doce meses.
Esta disonancia cognitiva refleja cómo el edadismo se ha naturalizado en los procesos de selección. Muchas veces no se explicita en los requisitos, pero opera de forma sutil en la evaluación de candidaturas. La edad se convierte en un filtro invisible que descarta perfiles sin que el candidato reciba una explicación clara. Los algoritmos de selección automatizada y las redes profesionales digitales han intensificado este problema, creando barreras tecnológicas que excluyen a quienes no encajan en el perfil "ideal".
Cuando la exclusión llega desde la juventud
Aunque el foco mediático se concentra en los mayores de 50, el edadismo tiene una cara menos visible: la discriminación hacia los jóvenes. El 26% de los casos registrados afecta a trabajadores menores de 30 años, quienes enfrentan estereotipos sobre falta de compromiso, necesidad de supervisión constante o ausencia de experiencia práctica.
Esta dualidad del edadismo crea un mercado laboral excluyente en ambos extremos del espectro etario, favoreciendo únicamente a un segmento reducido de profesionales entre 30 y 45 años. El resultado es una pérdida de diversidad generacional que empobrece la innovación y la resiliencia de las organizaciones. Las empresas pierden la frescura de las nuevas generaciones y la sabiduría acumulada de los veteranos, quedándose con una visión estrecha y homogénea.
De la discriminación al emprendimiento
Tras seis años sin encontrar oportunidades y ver cómo se evaporaban sus cotizaciones a la Seguridad Social, Encarnación Sánchez tomó una decisión radical: "Si nadie me quiere, ya me espabilaré yo". Fundó su propia empresa de gestión de apartamentos turísticos, donde aplica una política de contratación contracorriente: solo contrata a mujeres mayores de 45 años, en su mayoría procedentes del sector hotelero.
Su experiencia demuestra que la solución al edadismo no siempre pasa por reformas legislativas, sino también por la creación de ecosistemas laborales alternativos donde la experiencia sea el activo principal. "Los 70 de ahora no son los de hace 20 años", reivindica Sánchez, quien se siente "como una rosa" pero percibe que la sociedad "nos sigue viendo igual de viejos".
El modelo de negocio de Encarnación no solo le ha dado estabilidad económica, sino que ha creado una red de profesionales que demuestran su valía diariamente. Durante la temporada alta, su equipo de mujeres experimentadas gestiona decenas de apartamentos con una eficiencia que, según sus clientes, supera a la de empresas más jóvenes. La clave está en la atención al detalle, la empatía con los huéspedes y la capacidad de resolver imprevistos sin necesidad de supervisión constante.
Hacia un cambio de paradigma
Combatir el edadismo requiere más que buenas intenciones. Las empresas necesitan implementar prácticas de gestión de la edad que incluyan formación intergeneracional, revisiones de los procesos de selección y la creación de equipos diversos. La legislación española ya contempla la discriminación por edad como un delito, pero la cultura organizacional avanza a paso de tortuga.
Algunas organizaciones pioneras están adoptando medidas concretas: eliminar la fecha de nacimiento de los currículums, establecer cuotas de diversidad etaria, crear programas de mentoring que conecten a veteranos con jóvenes talentos, y formar a los responsables de recursos humanos en sesgos inconscientes. Sin embargo, estas iniciativas siguen siendo excepciones en un panorama generalizado de inacción.
El futuro del mercado laboral español depende de su capacidad para integrar todo el talento disponible. Mientras tanto, profesionales como Encarnación Sánchez demuestran que la dignidad y el valor no tienen fecha de caducidad. "Si yo tengo los conocimientos que necesitas, ¿a ti qué te importa mi edad?", pregunta retóricamente, planteando una cuestión que las empresas españolas aún no saben responder.
La pregunta de Encarnación debería ser el punto de partida para una reflexión nacional. España envejece rápidamente y su sistema de pensiones, su productividad y su cohesión social dependen de mantener activa a su población adulta. El edadismo no es solo un problema de derechos individuales, es una amenaza para la competitividad del país en un contexto global donde la experiencia y la adaptabilidad son clave.