Lucía Pombo: su difícil camino hacia la maternidad y la presión de posponerlo

La piloto confiesa el desgaste emocional de intentar quedarse embarazada, el apoyo de su marido y por qué se hizo el test sola para recibir una posible negativa.

La piloto de aviación Lucía Pombo y su esposo, el empresario Álvaro López Huerta, han decidido romper el silencio sobre uno de los temas más íntimos y, paradójicamente, menos visibles en la sociedad actual: la lucha emocional por concebir un hijo. En una conversación con Alberto Herrera para el programa "Herrera en COPE", la pareja ha desvelado las complejidades de un proceso que, lejos de ser un camino de rosas, estuvo marcado por la incertidumbre, la frustración y una presión social que resultó más agobiante de lo esperado.

La profesión como factor de postergación

Para Lucía Pombo, la decisión de convertirse en madre no fue una cuestión de simple deseo personal, sino un equilibrio delicado entre su vocación profesional y su proyecto de vida familiar. La aviación, una industria tradicionalmente exigente con las mujeres, presenta desafíos únicos para quienes aspiran a conciliar maternidad y carrera. La piloto reconoció abiertamente que su profesión fue el principal motivo para retrasar su maternidad, señalando que en este sector "no es tan fácil conciliar la maternidad".

La realidad del cockpit no admite concesiones. Aunque la legislación protege el empleo, las oportunidades operativas se desvanecen temporalmente. Pombo explicó que, si bien no se pierde la carrera profesional en términos generales, sí se pierden "oportunidades de volar algunos aviones" y de evolucionar laboralmente durante un período crucial. Esta perspectiva la llevó a posponer conscientemente la maternidad, una decisión que, con 36 años, comenzó a pesarle.

El apoyo incondicional frente a la presión externa

Mientras Lucía lidiaba con las implicaciones profesionales de su decisión, Álvaro López Huerta demostró una comprensión que contrasta con la presión que muchas mujeres experimentan en situaciones similares. El empresario admitió que, a pesar de "llevar muchos años queriendo tener un hijo", comprendió que la carga recaía principalmente sobre su esposa. "Lu es la que va a estar embarazada, Lu es la que va a dar a luz, Lu es la que tiene un trabajo complicado", argumentó, justificando su decisión de mantenerse al margen y esperar pacientemente a que ella le diera "luz verde".

Este apoyo se convirtió en un baluarte para la piloto, quien destacó que, a diferencia de la presión familiar, por parte de Álvaro "nunca he sentido presión". La sensación de que la decisión era exclusivamente suya resultó liberadora, aunque no suficiente para contrarrestar otras fuentes de estrés.

La presión social: el peso de la pregunta recurrente

Aunque la pareja intentó mantener el proceso en privacidad, la presión social se filtró insidiosamente. Lucía Pombo diferenció entre la presión del 'mundo mediático', que no le generó ansiedad, y la 'parte familiar', que sí le afectó significativamente. La pregunta omnipresente y, aparentemente inocua, "¿Y vosotros para cuándo?" se transformó en una carga emocional constante.

A sus 36 años, la piloto reflexionó sobre el timing de su decisión: "Como que tu cuerpo entiende y reconoce cuando el momento para ti es correcto. Tal vez sea un poco tarde, tengo 36 años, no lo sé, pero lo sientes". Esta intuición personal chocaba con las expectativas externas, creando una tensión interna difícil de gestionar.

El proceso de búsqueda: meses de incertidumbre y desgaste

Cuando finalmente llegó el momento de intentarlo, la realidad superó las expectativas. La pareja describió esos meses como un proceso "heavy", término que Álvaro utilizó para capturar la intensidad emocional de la experiencia. El empresario observó que, en su opinión, "las mujeres lo llevan psicológicamente peor que nosotros", una percepción que lo llevó a mantenerse deliberadamente al margen para no añadir tensión adicional.

La meticulosidad del proceso resultó agotadora. "Lu y yo intentándolo, buscando las fechas exactas, haciendo todo milimétrico y ni con esas", relató Álvaro, evidenciando la frustración de un esfuerzo planificado que no daba resultados. La precisión técnica que caracteriza la profesión de piloto se trasladó a un ámbito donde el control es, en gran medida, ilusorio.

El desgaste emocional y la necesidad de contención

El desgaste emocional fue tal que incluso las dinámicas de pareja se vieron afectadas. Lucía admitió que la parsimonia de su marido, lejos de tranquilizarla, la ponía nerviosa: "Necesitaba que el de al lado sintiera preocupación y no había manera". Esta contradicción revela la complejidad de las necesidades emocionales durante procesos de fertilidad: mientras unos necesitan distanciarse para preservarse, otros requieren visibilidad del malestar compartido.

La acumulación de test negativos creó una especie de fobia a la confirmación. "Me habían dado tantos test negativos que no quería hacerme el test", confesó Pombo. El miedo a la decepción se volvió tan grande que la piloto se resistía a enfrentar la realidad, un mecanismo de defensa común en quienes experimentan dificultades para concebir.

El test de embarazo: un momento solitario y espectacular

Fue su hermana María quien, prácticamente, la obligó a acudir a una farmacia. En un gesto que revela mucho sobre su estado emocional, Lucía decidió hacerse la prueba sola. La razón fue paradigmática: "La negativa la quería recibir sola", explicó, preferiendo procesar una posible decepción en soledad antes que compartirla.

Sin embargo, el destino le deparó una sorpresa. El resultado fue positivo, transformando un momento temido en "un momento espectacular". La ironía no pasó desapercibida para la piloto, quien posteriormente lamentó: "Y me da pena porque fue un momento espectacular". La soledad que había buscado para gestionar una derrota se convirtió en un aislamiento innecesario para una victoria.

Rompiendo el tabú de la infertilidad

La historia de Lucía Pombo y Álvaro López pone de manifiesto un problema social silencioso. La presión por cumplir con un calendario reproductivo socialmente aceptado choca con las realidades individuales y profesionales de cada persona. La pareja ha abordado un tema del que, aseguran, poco se habla: la inseguridad y el dolor que surgen cuando un embarazo no llega tras meses de intento.

La normalización de la pregunta "¿Y vosotros para cuándo?" refleja una falta de empatía social hacia procesos que, por naturaleza, son privados y complejos. La experiencia de Pombo ilustra cómo estas intervenciones, aunque bienintencionadas, pueden generar ansiedad y sentimientos de fracaso.

Lecciones de un camino difícil

La experiencia de la pareja ofrece varias enseñanzas valiosas. Primero, la importancia de un apoyo de pareja genuino y sin presiones, como el demostrado por Álvaro. Segundo, la necesidad de desconstruir las expectativas sociales que dictan cuándo y cómo debe reproducirse una pareja. Tercero, la validación de que los procesos de fertilidad pueden ser emocionalmente agotadores y que este desgaste debe ser reconocido y tratado con delicadeza.

Para Lucía Pombo, el balance final es positivo, aunque con matices. Su profesión le dio una carrera apasionante pero también le impuso restricciones temporales que la sociedad no siempre comprende. Su historia sirve como recordatorio de que la maternidad no es un destino lineal ni universal, sino un camino personal que cada persona debe recorrer a su propio ritmo y en sus propias condiciones.

La valentía de compartir esta experiencia abre una conversación necesaria sobre la conciliación real en profesiones tradicionalmente masculinas, sobre la salud reproductiva masculina y femenina, y sobre la necesidad de crear espacios más empáticos donde las parejas puedan vivir sus procesos sin la carga adicional del juicio social. La historia de Lucía y Álvaro no es solo sobre convertirse en padres, sino sobre la resiliencia, la comprensión mutua y la redefinición de la maternidad en el siglo XXI.

Referencias