Robert Duvall, leyenda de El Padrino y Apocalypse Now, muere a los 95 años

El icónico actor falleció en su hogar de Virginia rodeado de su familia, dejando un legado cinematográfico inmortal en el cine de Hollywood

El mundo del cine ha perdido a uno de sus pilares fundamentales. Robert Duvall, el actor que dio vida a personajes inolvidables en obras maestras como El Padrino y Apocalypse Now, falleció este lunes a los 95 años en su residencia de Middleburg, Virginia. Rodeado por sus seres queridos, el artista cerró su último capítulo terrenal, dejando atrás una trayectoria que definió varias generaciones de espectadores.

La noticia fue confirmada por su esposa, Luciana Duvall, quien a través de un conmovedor mensaje despidió a su compañero de vida: «Ayer dije adiós a mi amado esposo, queridísimo amigo, y uno de los mayores actores de nuestro tiempo. Bob falleció en paz en su hogar». La conexión entre ambos trascendía lo profesional; Luciana, argentina y 41 años menor que el intérprete, compartía con él una pasión por el tango que los unía más allá de las pantallas.

La filmografía de Duvall constituye un auténtico compendio del mejor cine estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Su interpretación como el consigliere Tom Hagen en la saga de El Padrino lo inmortalizó en la memoria colectiva. Pero su versatilidad le permitió encarnar con la misma intensidad al coronel Kilgore en Apocalypse Now, el oficial obsesionado con el olor a napalm al amanecer, creando una de las escenas más icónicas de la historia del séptimo arte.

El reconocimiento oficial llegó en 1984 cuando se alzó con el Oscar al Mejor Actor por su trabajo en Gracias y favores. Sin embargo, sus méritos artísticos se remontan a décadas atrás, cuando compartió cartel con las mayores estrellas de Hollywood. El actor tenía la capacidad única de hablar sobre leyendas como Marlon Brando, Gregory Peck o John Wayne no como ídolos distantes, sino como colegas con los que había compartido experiencias reales.

Los orígenes de Duvall en el cine reflejan una época de sacrificio y determinación. Nacido en San Diego en 1931 en una familia de tradición militar, el joven Robert sirvió en la Guerra de Corea antes de decantarse por la interpretación. Sus primeros pasos en Nueva York fueron humildes: dormía en un sofá de un apartamento en Broadway que compartía con otros dos desconocidos que también cambiarían la historia del cine: Dustin Hoffman y Gene Hackman.

El debut cinematográfico de Duvall llegó a los 31 años con Matar a un ruiseñor (1962), donde interpretó al misterioso Boo Radley. Ya entonces mostraba una calvicie prematura que le daría un aire de madurez inusual. A lo largo de los años 70, una década considerada dorada para el cine estadounidense, participó en títulos fundamentales como La jauría humana, Bullit, M.A.S.H., La conversación y Network.

Curiosamente, a pesar de ser testigo privilegiado de aquella era, Duvall no caía en la nostalgia fácil. En una entrevista concedida durante su visita al Festival de San Sebastián en 2003, donde recibió el Premio Donostia, el actor mostró una perspectiva actualizada: «Hoy se hacen películas igual de buenas. Hace poco he visto En tierra hostil, de Kathryn Bigelow. ¡Dos veces en una semana! No tiene nada que envidiar a aquellas otras». Regresó al certamen vasco en 2009 con El último gran día, única producción estadounidense en competición oficial ese año.

La experiencia de rodar Apocalypse Now en las selvas de Filipinas quedó grabada en su memoria como una aventura caótica. Durante seis semanas, el equipo enfrentó un tifón, problemas presupuestarios y las exigencias de un Francis Ford Coppola en plena búsqueda creativa. Con su característica ironía, Duvall recordaba con humor que la versión extendida del director le había añadido más escenas a su personaje.

Más allá de la interpretación, Robert Duvall era un artista completo. Su pasión por la equitación era proverbial, al igual que su devoción por la música country, género que interpretaba con soltura. Como director, firmó cinco largometrajes entre 1974 y 2015, demostrando una visión detrás de las cámaras que complementaba su talento frente a ellas.

La vida personal de Duvall estuvo marcada por cuatro matrimonios. Tras tres uniones fallidas, encontró en Luciana Pedraza la estabilidad emocional que le acompañó durante las últimas dos décadas de su vida. La pareja compartía no solo el amor, sino una profunda conexión cultural que se manifestaba en su gusto por el tango y el español con acento porteño que Duvall adoptaba cuando hablaba de su esposa.

El legado de Robert Duvall trasciende las estadísticas y los premios. Representa una forma de hacer cine basada en la autenticidad, el compromiso con el personaje y la humildad para reconocer que cada generación tiene su propio valor. Sus personajes, desde el calculador abogado de la mafia hasta el excéntrico militar enamorado de la guerra, reflejan la complejidad humana sin juzgamientos simplistas.

En una industria obsesionada con la juventud y las tendencias pasajeras, Duvall demostró que el talento genuino no tiene fecha de caducidad. Su voz, su mirada y su presencia escénica continuarán viviendo en cada proyección de sus películas, inspirando a nuevos actores y recordando a los espectadores que el verdadero arte perdura.

La despedida de Luciana Duvall resume el sentir de quienes conocieron al artista y al hombre. No solo perdió el cine a uno de sus intérpretes más destacados, sino que el mundo pierde a un ser humano que supo navegar entre la fama y la sencillez con una elegancia cada vez más rara. Robert Duvall no pertenece solo al pasado; su trabajo garantiza su presencia en el futuro del séptimo arte.

Referencias