Benidorm Fest 2026: La cruda realidad sin Eurovisión

El festival pierde brillo sin el premio mayor: crítica a una edición marcada por la banalidad y la falta de propuestas musicales sólidas

La edición de 2026 del Benidorm Fest ha dejado un regusto amargo entre los seguidores del festival. Por primera vez en años, el certamen se ha celebrado sin la perspectiva de representar a España en Eurovisión, una decisión que, aunque valiente y políticamente comprometida, ha expuesto las carencias estructurales de un evento que parecía vivir únicamente de la ilusión del gran premio europeo. La ausencia del concurso internacional ha actuado como un espejo implacable que refleja una realidad incómoda: sin el gancho de Eurovisión, el festival languidece en la mediocridad.

La decisión de RTVE de no participar en Eurovisión 2026 por la presencia de Israel ha sido, sin duda, una postura política contundente que responde a un sentir social amplio. Se trata de una apuesta por la coherencia ética que merece reconocimiento. Sin embargo, este gesto valiente ha tenido un efecto colateral inevitable: ha desnudado al Benidorm Fest de su principal razón de ser. Durante años, hemos juzgado las canciones y artistas del festival a través del prisma de sus posibilidades en el escenario europeo. Esa perspectiva nos hizo benevolentes, nos permitió perdonar defectos y sobrevalorar propuestas cuestionables. Ahora, sin ese filtro, la verdad es ineludible.

El premio de 150.000 euros para el ganador, anunciado con bombos y platillos, resulta una compensación insuficiente cuando se compara con el catapultamiento profesional que supone Eurovisión. En el universo eurovisivo, la exposición se traduce en giras patrocinadas, millones de reproducciones en plataformas digitales, apariciones en prime time y un aumento exponencial del valor de mercado del artista. Esos 150.000 euros, que pueden parecer una cifra generosa, se quedarían cortos ante el retorno que genera la participación en el festival internacional. Conscientes de este vacío, los organizadores han prometido aumentar el premio en futuras ediciones, con la esperanza de atraer a figuras consolidadas como Rosalía. Pero la duda persiste: ¿es el dinero suficiente para compensar la falta de proyección internacional?

La gala de 2026 ha sido un desfile de propuestas musicales que, en su mayoría, no han logrado trascender la banalidad. Con excepciones contadas, el nivel lírico de las canciones ha sido minuciosamente irrelevante, plagado de clichés y frases hechas que no aportan nada nuevo al panorama musical español. Es el síntoma de un festival que ha priorizado la espectacularidad visual sobre la sustancia artística, donde la puesta en escena prima por encima de la calidad compositiva. Cuando una canción está bien escrita, conecta emocionalmente sin necesidad de pirotecnia ni bailarines. Lamentablemente, este principio se ha perdido en la edición de este año.

El triunfo de Tony Grox & Lucycalys con "T amaré" ha sido, para muchos, la confirmación de esta tendencia regresiva. Se trata de un tema animado pero carente de profundidad, que ha conquistado el premio principal sin ofrecer una propuesta musical sólida. Su victoria refleja un criterio de selección que valora más la inmediatez comercial que la calidad artística. Por el contrario, Rosalinda Galán presentó una propuesta audaz y original: una deconstrucción de la copla reconvertida en rave, con una letra inteligente y una interpretación vocal llena de matices y potencia. Su actuación fue, sin duda, una de las pocas que elevó el nivel del certamen. Sin embargo, el jurado profesional no la situó entre los tres finalistas, aunque el público sí la valoró. Esta discrepancia entre el criterio popular y el técnico genera dudas sobre los parámetros de evaluación del festival.

La contratación de Sergio Jaén, especialista en puesta en escena y responsable del diseño escénico del ganador austriaco de Eurovisión 2025, ha sido presentada como un gran logro. Se ha enfatizado su expertise en "adornos escénicos" como si eso fuera la panacea para el éxito. Pero esta apuesta revela una vez más las prioridades del festival: se invierte en envoltorio antes que en contenido. ¿No sería más lógico esmerarse en atraer compositores y productores de primer nivel antes que decoradores escénicos? La música debería ser la protagonista, no el circo que la rodea.

El nivel general de las actuaciones ha sido, con honrosas excepciones, decepcionante. Muchos temas parecen diseñados para durar lo que dura una coreografía, no para perdurar en el tiempo. Las letras, en su mayoría, son un compendio de lugares comunes que no despiertan emoción ni reflexión. Es el resultado de un sistema que premia la inmediatez viral por encima de la calidad artística, donde lo importante es generar un momento Instagramable en lugar de una canción memorable.

La pregunta que surge inevitablemente es si el Benidorm Fest tiene futuro sin Eurovisión. La respuesta no es simple. El festival necesita una reinvención profunda que vaya más allá de aumentar el premio económico. Requiere una apuesta decidida por la calidad musical, por la originalidad compositiva y por la autenticidad artística. Necesita dejar de ser un mero pasaporte a Eurovisión para convertirse en un referente cultural con identidad propia. Solo así justificará su existencia y recuperará la credibilidad perdida.

Mientras tanto, la edición de 2026 quedará en la memoria como la que desveló la verdad: sin el premio gordo europeo, el emperador estaba desnudo. Y lo que se vio no fue, precisamente, una obra maestra.

Referencias