¿Recuerdas la sensación de montar en bicicleta sin ruedines? Ese equilibrio inestable, los primeros pedaleos temblorosos, la caída inevitable pero también la emoción de avanzar por primera vez bajo tu propio impulso. Los comienzos nunca son perfectos, pero es precisamente esa imperfección lo que los hace memorables. Crisol: Theater of Idols es exactamente eso: el primer viaje de una desarrolladora española que, con todos sus tropiezos, logra transmitir algo genuino y prometedor.
El debut de Vermila Studios, un pequeño equipo madrileño de unos veinte talentosos profesionales, llega cargado de expectativas y comparaciones inevitables. Su director creativo, David Tornero, no ha ocultado nunca la deuda que el proyecto mantiene con BioShock, esa obra maestra que redefinió el shooter en primera persona. Y la verdad es que esa influencia no solo se nota: define la experiencia completa. Crisol es, sin complejos, el "BioShock español" que tanto tiempo llevábamos esperando.
La premisa nos transporta a Tormentosa, una isla gótica y herética que funciona como un calidoscopio de la historia y la cultura ibéricas. Asumimos el rol de Gabriel Escudero, un emisario enviado desde Hispania con una misión clara: erradicar un culto pagano y restaurar la fe ortodoxa. Lo que comienza como una cruzada religiosa se transforma rápidamente en una exploración profunda sobre la identidad, el fanatismo y las consecuencias de una fe desbocada. La narrativa juega con conceptos filosóficos y teológicos, cuestionando constantemente la naturaleza de la verdad absoluta y los límites de la devoción ciega.
Aunque su estética evoca constantemente el terror gótico -con catedrales oscuras, monstruosidades retorcidas y una atmósfera opresiva- Crisol no es un survival horror. Sus cimientos descansan en tres pilares: acción frenética, puzles ambientales y exploración meticulosa. Es en este último aspecto donde el juego brilla con luz propia. Recorrer los escenarios de Tormentosa se convierte en un deleite para cualquier amante de la cultura española, desplegando un mosaico de referencias que van desde los tercios de Flandes hasta los tablados flamencos, pasando por ferias gitanas y fábricas industriales que recuerdan a la España de principios del siglo XX. Cada rincón esconde un detalle, un guiño, una reinterpretación gótica de nuestra historia que invita a la curiosidad y la rejugabilidad.
El carrusel de homenajes es constante y, en su mayoría, acertado. Vermila Studios ha logrado algo difícil: crear una versión distorsionada y gótica de España sin caer en la parodia fácil. Su eslogan "tópico, pero no típico" resume perfectamente esta filosofía. No encontrarás aquí la reducción caricaturesca de flamenco, toros y paella. En su lugar, el juego teje una red mucho más sutil de referencias históricas y artísticas que demuestran un profundo conocimiento y respeto por la cultura nacional. Desde la arquitectura de nuestras catedrales góticas hasta las tradiciones más oscuras del folclore peninsular, todo está filtrado por una lente de pesadilla victoriana que resulta tan fascinante como inquietante.
Sin embargo, esta abundancia de referentes también revela la principal debilidad del título. Cuando lo comparamos con Blasphemous, ese otro gran exponente del videojuego español gótico, Crisol puede parecer menos cohesionado. Donde el juego de The Game Kitchen construye un mundo orgánico y consistente, el debut de Vermila a veces da la impresión de ser un collage de ideas brillantes pero no siempre bien ensambladas. Algunas zonas se sienten más como un museo interactivo de rarezas españolas que como un universo narrativo vivo. La transición entre ambientes a veces resulta brusca, como si el estudio quisiera incluir tantas ideas que el conjunto pierde algo de fluidez narrativa y coherencia visual.
Las mecánicas de combate, aunque funcionales, no alcanzan la excelencia de su inspiración. Los enfrentamientos son directos y satisfactorios, pero realmente carecen de la profundidad estratégica que hizo memorable el combate de BioShock. El sistema de poderes y habilidades, mientras tanto, se queda en una capa superficial que no invita a la experimentación constante ni a diferentes estilos de juego. Los puzles, por su parte, ofrecen un reto adecuado sin resultar frustrantes, sirviendo principalmente como vehículo para ralentizar el ritmo y permitirnos absorber la atmósfera. Son el clásico ejemplo de acertijos que se resuelven observando el entorno, algo que encaja perfectamente con el énfasis en la exploración pero que tampoco aporta novedades mecánicas al género.
Lo que realmente salva Crisol es su ambición desmedida y su corazón. Es absolutamente evidente que cada rincón de Tormentosa ha sido creado con pasión y un deseo genuino de mostrar una visión única de España. Los veinte desarrolladores de Vermila han puesto el alma en este proyecto, y se nota en cada detalle, en cada textura, en cada línea de diálogo que rezuma amor por el medio. Es un juego imperfecto, sí, pero también es uno de los debut más prometedores del panorama indie español en años. Su capacidad para generar debate sobre nuestra identidad cultural, para hacernos ver nuestra historia desde una perspectiva fresca, ya es un logro significativo que pocos títulos consiguen.
En definitiva, Crisol: Theater of Idols es como aquella primera bicicleta: inestable, con algunos golpes y arañazos, pero capaz de llevarte a lugares emocionantes y fascinantes. No es una obra maestra, pero sí una promesa. Una promesa de que el talento español puede crear mundos que rivalicen con los grandes, de que nuestra cultura tiene mucho que ofrecer más allá de los tópicos. Vermila Studios ha dado el primer pedalazo. Ahora solo queda esperar que en su próximo juego encuentren el equilibrio perfecto entre ambición y cohesión, entre referencia y originalidad. Porque si este es el comienzo, el futuro luce intrigantemente oscuro y lleno de posibilidades para el videojuego nacional.