El territorio español experimenta desde hace semanas un régimen de precipitaciones inusualmente persistente. Lo que comenzó como un episodio aislado se ha convertido en un patrón dominante, con la sucesión de seis borrascas de gran impacto solo en lo que va de año. Estos sistemas han dejado registros históricos de viento, precipitaciones y nevadas en numerosas localidades, desde Galicia hasta Cataluña, y desde Andalucía hasta el País Vasco. La pregunta que surge de forma inevitable entre la ciudadanía es obvia: ¿qué está ocurriendo para que el mal tiempo no nos dé respiro?
La respuesta reside en la configuración excepcional de los grandes impulsores de la circulación atmosférica sobre el Atlántico Norte y Europa. No se trata de una mera casualidad, sino de la convergencia de varios factores que han creado un escenario prácticamente perfecto para la generación y desplazamiento continuado de perturbaciones hacia la Península Ibérica. Los meteorólogos hablan de una situación "bloqueada" en la que los sistemas atmosféricos no evolucionan como deberían.
El chorro polar, director de orquesta de los temporales
El principal responsable de esta situación es el chorro polar, una corriente de vientos de gran intensidad que discurre en las capas altas de la troposfera, entre 9 y 12 kilómetros de altitud. Este flujo, que puede alcanzar velocidades superiores a los 300 kilómetros por hora, actúa como un auténtico conductor de las masas de aire y de los sistemas de tormenta, guiando su trayectoria desde el Atlántico hacia el continente.
En condiciones normales, este chorro presenta una trayectoria más o menos recta, con ondulaciones moderadas que permiten el paso alternativo de sistemas inestables y períodos de calma. Estas ondulaciones se conocen como vaguadas (zonas de baja presión) y dorsales (zonas de alta presión). Sin embargo, en las últimas semanas ha adoptado una configuración particularmente pronunciada y estable, con vaguadas muy marcadas que se repiten en la misma posición.
Los modelos de predicción, especialmente el ECMWF (Centro Europeo de Predicciones a Medio Plazo), confirman que esta corriente se ha intensificado notablemente y se ha desplazado hacia latitudes más meridionales de lo habitual. Esta anomalía posiciona el núcleo del chorro polar prácticamente sobre la Península Ibérica, creando un corredor de inestabilidad que canaliza sin cesar sistemas frontales atlánticos. La consecuencia es una auténtica fábrica de borrascas que, en lugar de desviarse hacia el norte de Europa como suele ocurrir en invierno, impactan directamente sobre España con especial virulencia.
El vórtice polar, un actor secundario pero crucial
Paralelamente, el vórtice polar está experimentando una fase de debilitamiento. Este enorme remolino de aire gélido que gira alrededor del Polo Norte, tanto en la troposfera como en la estratosfera, actúa normalmente como un contenedor que mantiene confinado el frío ártico en latitudes elevadas. Su estructura es comparable a un gigantesco ciclón en reposo que abarca todo el Ártico.
Cuando este vórtice se debilita o adopta formas irregulares, fragmentos de ese aire extremadamente frío pueden escapar y desplazarse hacia latitudes medias. Este fenómeno, conocido como irrupción ártica, está generando temperaturas extraordinariamente bajas en Norteamérica y contribuye a la inestabilidad general del sistema. La conexión entre estratosfera y troposfera es clave: una estratosfera inestable termina por afectar a los patrones de circulación en niveles más bajos.
Aunque en España el efecto directo del vórtice polar es menos evidente que en otros continentes, su debilitamiento favorece una circulación más caótica y meridional del chorro polar, reforzando el patrón de lluvias persistentes. Es como si el desorden en las alturas se transmitiera en cascada hacia los niveles donde se forman nuestros temporales.
El anticiclón de las Azores, desaparecido del escenario
Otro elemento habitual del escenario invernal que ha fallado en su función es el anticiclón de las Azores. Este sistema de altas presiones, ubicado normalmente sobre el océano Atlántico entre las islas homónimas y el archipiélago canario, ejerce un efecto de barrera que desvía hacia el norte muchos de los frentes que se aproximan desde el oeste. Su presencia es sinónimo de estabilidad y buen tiempo en gran parte del sur de Europa.
En la situación actual, este anticiclón se ha desplazado hacia latitudes más meridionales, perdiendo su capacidad de bloqueo. Sin su influencia protectora, los frentes atlánticos encuentran una vía libre para avanzar hasta la Península, donde encuentran condiciones particularmente favorables para su desarrollo. Es como si el guardián habitual hubiera abandonado su puesto, dejando la puerta abierta a los sistemas perturbados.
Un patrón que se prolongará
Los análisis de los principales centros meteorológicos coinciden en que esta configuración no es coyuntural de unos días, sino que se mantendrá al menos durante las próximas dos semanas. Los modelos de predicción a medio plazo indican que el chorro polar mantendrá su trayectoria anómala, continuando la entrada de sistemas frontales. La señal es clara y consistente entre diferentes modelos, lo que aumenta la confianza en la previsión.
Esto sugiere que febrero podría repetir el patrón de enero, con nuevas borrascas de notable impacto. Las regiones más expuestas, especialmente las zonas costeras atlánticas y el norte peninsular, deberán mantenerse en alerta por posibles episodios de viento fuerte, precipitaciones intensas e incluso nevadas significativas en cotas relativamente bajas. El Mediterráneo no quedará exento, con la entrada de aire frío generando temporales marítimos que afectarán especialmente a las costas levantinas.
Implicaciones más allá del tiempo
Más allá de las molestias cotidianas, este régimen de persistencia meteorológica tiene consecuencias significativas en múltiples sectores. Los embalses alcanzan niveles de reserva excepcionales, lo que resulta beneficioso tras años de sequía, pero también aumenta el riesgo de inundaciones en zonas vulnerables y obliga a una gestión cuidadosa de los desembalses. La agricultura se ve afectada por la imposibilidad de realizar labores del campo, con retrasos en siembras y dificultades para el acceso a parcelas, mientras que el sector turístico, especialmente en zonas de interior y montaña, experimenta cancelaciones y pérdidas económicas importantes.
Desde una perspectiva científica, este episodio refuerza la hipótesis de que el cambio climático está alterando la configuración de los grandes sistemas atmosféricos. La mayor frecuencia de fases extremas del chorro polar y la mayor inestabilidad del vórtice polar son consistentes con las proyecciones de los modelos climáticos para un planeta en calentamiento. El Ártico se calienta más rápido que el resto del planeta, reduciendo el gradiente térmico que mantiene estable el vórtice polar.
Conclusión
La persistencia de las lluvias en España no es fruto de la mala suerte, sino la manifestación de una configuración atmosférica excepcional. La combinación de un chorro polar intenso y meridional, un vórtice polar debilitado y la ausencia del protector anticiclón de las Azores ha creado el escenario perfecto para la sucesión ininterrumpida de borrascas. Es un recordatorio de cómo los grandes motores de la atmósfera pueden quedar atrapados en configuraciones que duran semanas.
Mientras estos sistemas mantengan su posición, el temporal continuará. La buena noticia es que los modelos permiten una predicción relativamente fiable a varios días vista, lo que facilita la adopción de medidas preventivas. La mala, que no parece que la situación vaya a revertirse de forma inmediata. La atmósfera ha encontrado un camino y, al menos de momento, no tiene intención de desviarse. La población debe mantenerse informada a través de los canales oficiales y prepararse para un final de invierno que promete ser más húmedo de lo habitual.