Lina Makoul representa una historia de identidad, talento y valentía en tiempos de conflicto. Nacida en Estados Unidos pero criada en Israel desde la infancia, esta cantante de origen palestino se convirtió en 2013 en la primera artista árabe en ganar la popular edición israelí de La Voz. Sin embargo, detrás del éxito televisivo y las puertas que se abrieron en la industria musical, se escondía una compleja lucha interna que la llevaría a cuestionar su propio papel en el escenario público.
El reconocimiento internacional llegó de forma inesperada cuando la aplicación de navegación Waze seleccionó su voz para las instrucciones en árabe, convirtiéndola en una guía cotidiana para millones de conductores. Pero fue precisamente esta visibilidad la que despertó en Makoul una conciencia crítica sobre las dinámicas de poder que operan en la sociedad israelí. "Me costó años asumir que estaba siendo utilizada como una herramienta de propaganda", confiesa la artista en una entrevista previa a su actuación en el Palau Sant Jordi de Barcelona, donde participará en el concierto benéfico Act for Palestine.
Los orígenes familiares de Makoul están profundamente arraigados en la historia palestina. Sus padres, originarios de los alrededores de Acre, decidieron regresar desde Estados Unidos para que su hija creciera conectada a sus raíces. Durante años, la joven cantante reprochó esta decisión, imaginando una carrera más fácil lejos del conflicto. "Les decía: ¿por qué os marchásteis de Estados Unidos? Ahora sería una superestrella y nadie me preguntaría por Palestina o Israel", recuerda. Con el tiempo, comprendió que su caso era una excepción que confirmaba la regla: la inmensa mayoría de artistas palestinos nunca acceden a esas plataformas mainstream.
La victoria en La Voz generó expectativas desproporcionadas. Makoul creía que su éxito podría transformar las percepciones israelíes sobre los palestinos, pero pronto descubrió las limitaciones de su posición. A los 19 años, con una carrera en ascenso, debía mantenerse constantemente alerta: cuidar los símbolos que portaba en escena, analizar quién asistía a sus conciertos y quién financiaba sus espectáculos. "No podía hablar de ello porque me arruinarían la carrera", admite sobre esa época en la que actuó como telonera de figuras internacionales como Queen con Adam Lambert o Will Smith.
El miedo al boicot y al aislamiento profesional la mantuvo en silencio. Aunque su círculo cercano conocía sus opiniones políticas y mantenían debates privados, la sensación de inseguridad era constante. "Cuando eres joven sólo quieres estar bien con los demás", justifica, reconociendo la presión social que la llevó a autocensurarse. Los ataques potenciales no solo provenían de la sociedad israelí, sino también de quienes consideraba amigos, quienes la acusaban de mentir o le sugerían que abandonara el país si no estaba conforme.
El verdadero punto de inflexión llegó con los conflictos de Sheikh Jarrah en 2021, cuando las fuerzas israelíes intentaron desalojar a seis familias palestinas de sus hogares en Jerusalén Este. La violencia desatada dejó 15 muertos en la ciudad, cifra que escaló hasta casi 300 víctimas en Cisjordania y Gaza. Ante estos hechos, Makoul no pudo mantener la neutralidad. Publicó sus opiniones sin filtros en redes sociales, desencadenando una tormenta mediática. "Los medios israelíes se me echaron encima", describe, pero esta vez no se retractó ni respondió a las agresiones.
La transformación personal de la artista se fundamenta en una educación basada en la esperanza. "Mis padres me enseñaron que mi corazón debe moverse por la esperanza, no por el odio y la rabia", enfatiza. Esta filosofía le permite criticar la ocupación sin caer en la demonización, manteniendo el recuerdo de las personas detrás de las políticas estatales. Su activismo se ha vuelto más visible y menos comprometedor, priorizando la autenticidad sobre el éxito comercial.
El concierto Act for Palestine en el Palau Sant Jordi representa para Makoul una plataforma donde su voz suena sin censura. Compartir escenario con otros artistas comprometidos le permite expresar su mensaje sin las contradicciones que marcó su pasado. La artista continúa batallando para que su nacionalidad palestina sea reconocida y respetada, no como una anécdota, sino como el núcleo de su identidad artística.
Su trayectoria ilustra el dilema de muchos creadores palestinos que operan dentro de sistemas que los marginalizan o los instrumentalizan. La industria cultural israelí, como muchas otras, tiende a premiar la diversidad solo cuando es inofensiva, cuando no cuestiona las estructuras de poder. Makoul rompió ese pacto tácito, conscientizándose de que su presencia en los escenarios mainstream no equivalía a una verdadera representación, sino a una función decorativa de inclusión.
La valentía de la cantante radica en haber renunciado a la comodidad del silencio rentable. Mientras otros optan por la autocensura para proteger sus carreras, ella ha entendido que la integridad artística pasa por la coherencia con sus valores. Su experiencia demuestra que la visibilidad sin poder crítico es una forma sutil de violencia simbólica, donde las minorías son visibles siempre que no sean políticamente molestas.
Hoy, Lina Makoul construye un nuevo capítulo donde su talento vocal y su compromiso político ya no están en tensión. Su historia sirve de inspiración para jóvenes palestinos que buscan espacios de expresión auténtica, lejos de las dinámicas de aprobación del ocupante. La artista ha encontrado finalmente su voz, no solo para cantar, sino para denunciar, esperar y transformar.