Pol Guasch, una de las voces más destacadas de la literatura catalana contemporánea, da un giro radical en su trayectoria creativa con la publicación de Reliquia, un trabajo que abandona la ficción para adentrarse en el territorio íntimo y doloroso de la autobiografía. A sus 27 años, el escritor tarraconense se enfrenta al vacío dejado por la muerte de su padre, quien decidió poner fin a su vida a los 44 años, exactamente una década atrás.
El nuevo libro, editado por Anagrama en catalán y castellano con traducción de Unai Velasco, representa un ejercicio de honestidad literaria sin precedentes en la carrera de Guasch. Desde su debut a los 24 años con una prosa lírica y poderosa, el autor había construido su reputación a través de novelas donde la intimidad servía como refugio en universos devastados. Ahora, con Reliquia, rompe con esa protección narrativa para ofrecer una escritura cruda y desnuda.
En una conversación mantenida a principios de año en un hotel de Barcelona, Guasch reflexionó sobre este cambio de registro. Reconoció que la ficción, lejos de ser una herramienta neutral, había funcionado como una muleta que le permitía mantener cierta distancia con el dolor. La idea de que escribir sobre la propia vida es sencillo porque el material ya está dado resulta ser una falacia. Según el autor, resulta más egocéntrico inventar mundos y exigir a los lectores que habitan esas fabulaciones que narrar aquello que la vida ha puesto en tu camino.
El proceso creativo de Reliquia lo sumergió en un territorio desconocido, donde la escritura se atasca, vacila y no siempre ofrece consuelo. Ante la imposibilidad de que el relato familiar le proporcionara todas las respuestas, Guasch extendió su mirada hacia la obra y las vidas de escritores que también optaron por el suicidio. Este gesto no busca morbosidad, sino comprensión: examinar sus notas finales, sus últimas frases, como si esa constelación de despedidas pudiera arrojar luz sobre lo que el informe de autopsia de su padre —redactado en la polémica tipografía Comic Sans— no logró explicar.
La estructura del libro, por tanto, se bifurca: por un lado, la reconstrucción del trauma personal; por el otro, el mapa de las autofinalizaciones literarias. Esta doble vertiente convierte a Reliquia en una obra híbrida, a medio camino entre la elegía y el ensayo, entre la reconstrucción íntima y la investigación literaria. El resultado es un texto conmovedor que no pretende ofrecer respuestas fáciles, sino habitar las preguntas difíciles.
El título, lejos de ser una elección arbitraria, fue objeto de debate. Guasch tuvo que defenderlo frente a su propio entorno, que veía en él una resonancia religiosa demasiado marcada. Para el autor, sin embargo, el concepto de reliquia está despojado de cualquier connotación católica o antigua. No busca la veneración de un santo, sino materializar el rastro físico de una ausencia. La reliquia es aquello que queda cuando algo se ha perdido, el vestigio tangible de un vacío.
Esta interpretación secular y literal del título refuerza el carácter terrenal del libro. No hay espacio para la trascendencia mística, sino para la palpable constatación de la pérdida. La reliquia es el objeto que sobrevive a la persona, la palabra que permanece tras el silencio definitivo, la herencia material e inmaterial que los muertos dejan a los vivos.
La decisión de escribir Reliquia implica también una reflexión sobre el acto de escribir en sí. Guasch admite que no sabía si estaba preparado para afrontar semejante desnudez creativa, pero cuestiona que alguien pueda estarlo nunca cuando se tocan estas fibras sensibles. La escritura se convierte en un acto de necesidad, no de voluntad preparada. Es lo que hay que escribir, no lo que se quiere escribir.
Este desgarro entre querer y deber marca la diferencia entre la literatura como artificio y la literatura como supervivencia. Guasch no elige el tema por su potencial literario, sino porque el tema lo ha elegido a él. El suicidio del padre funciona como un imperativo narrativo que no admite evasiones. La ficción, en este contexto, sería una forma de traición, una manera de seguir protegiéndose de lo que hay que enfrentar.
El libro también cuestiona la capacidad del lenguaje para nombrar lo innombrable. La autopsia escrita en Comic Sans simboliza esa frontera entre lo oficial y lo absurdo, entre lo trágico y lo cotidiano. La burocracia de la muerte choca con la intimidad del duelo. Guasch no busca belleza estética en el sufrimiento, sino precisión descriptiva. Cada palabra es un intento de medir la profundidad del hueco.
La exploración de los suicidios literarios no funciona como mero contrapunto, sino como comunidad invisible. Cada escritor que optó por esa salida se convierte en un interlocutor silencioso, alguien que dejó un testimonio escrito que ahora puede leerse como mapa de territorio inexplorado. Desde la última nota de Virginia Woolf hasta las reflexiones de otros autores, Guasch construye una genealogía de la desaparición voluntaria.
Esta genealogía no busca justificar ni condenar, sino comprender los matices. Cada caso es único, pero todos comparten la decisión de transformar la vida en una obra con final anticipado. La literatura se convierte entonces en el único espacio donde esa decisión puede ser leída con la complejidad que merece, lejos de juicios simplificadores.
El impacto de Reliquia trasciende el ámbito personal para convertirse en una contribución importante al debate sobre el suicidio y la representación literaria del trauma. En una sociedad donde hablar de muerte sigue siendo tabú, especialmente cuando es autoinfligida, el libro abre un espacio de conversación necesario. La tesis implícita es que hablar del suicidio te aleja de él, que nombrar la muerte permite burlar su silencio absoluto.
Guasch no ofrece un manual de supervivencia ni una terapia en forma de libro. Lo que propone es un modelo de cómo la literatura puede funcionar como herramienta de procesamiento colectivo. El duelo privado se hace público no para exhibicionismo, sino para compartir la carga. Cada lector se convierte en un acompañante del dolor, en un testigo que valida la experiencia.
La publicación de Reliquia marca un antes y un después en la trayectoria de Pol Guasch. Después de dos novelas donde la ficción era escudo, el autor se expone sin filtros. Este acto de valentía creativa redefine su posición en el panorama literario catalán, consolidándolo no solo como un narrador con talento, sino como un escritor comprometido con las verdades más incómodas.
El libro llega en un momento en que la literatura autobiográfica vive un nuevo auge, pero pocas obras logran el equilibrio entre intimidad y universalidad con tanta precisión. Guasch demuestra que el yo no es una limitación, sino una puerta de acceso a lo compartido. Su dolor particular habla de la pérdida en general, su búsqueda individual ilumina las preguntas colectivas.
Finalmente, Reliquia es un acto de fe en el poder de la palabra. Aunque la escritura vacile, aunque se atasca, aunque no consuele siempre, sigue siendo el único instrumento disponible para medir la distancia entre los vivos y los muertos. El libro no cierra heridas, las examina con luz propia. Y en ese examen reside su valor: no en las respuestas, sino en la honestidad de las preguntas.