La selección española de balonmano firmó su mejor actuación en el Campeonato Europeo al imponerse por 36-32 a Francia en un encuentro vibrante que ha reavivado las esperanzas del conjunto nacional. Los hombres de Jordi Ribera necesitaban una victoria de prestigio y la consiguieron con creces, ofreciendo una primera mitad de ensueño que desmontó por completo el juego de los galos, actuales campeones continentales.
El choque, correspondiente a la tercera jornada del grupo I de la segunda fase, se convirtió en una demostración de madurez táctica y eficacia ejecutiva. Desde el inicio, el equipo español mostró una determinación que había brillado por su ausencia en anteriores compromisos del torneo. La necesidad de sumar para mantenerse en la lucha por la quinta plaza, que otorga un billete directo al Mundial de 2027, se tradujo en una concentración y agresividad defensiva superiores a lo visto hasta ahora.
Los primeros compases del duelo resultaron equilibrados, con ambos conjuntos explorando sus opciones ofensivas. Francia, conocedora de su potencial en el juego de transición rápida, intentó imponer su ritmo vertiginoso desde el primer minuto. Los Hispanos, conscientes de esta amenaza, sufrieron en los instantes iniciales para contener las embestidas de los galos. La velocidad de los contragolpes franceses generó situaciones de desventaja numérica que podrían haber costado caras al combinado nacional.
Sin embargo, la situación experimentó un giro radical cuando el cuerpo técnico español decidió activar un plan defensivo mucho más agresivo. La implementación de una defensa en zona 5-1, con un jugador avanzado perturbando la organización francesa, resultó ser la clave maestra del encuentro. La defensa avanzada ejecutada con precisión quirúrgica cortó las vías de pase y obligó a los atacantes franceses a tomar decisiones precipitadas. Esta estrategia, lejos de ser un recurso puntual, se convirtió en el ancla sobre la que se construyó la victoria.
El joven extremo Ian Barrufet asumió la responsabilidad de posicionarse como defensor avanzado, desempeñando un papel crucial en la intercepción de balones y la generación de contragolpes. Su energía y lectura del juego resultaron fundamentales para desestabilizar el sistema ofensivo francés. La defensa española, liderada por la experiencia de Antonio Serradilla en el centro de la retaguardia, alcanzó su máximo nivel de efectividad, recuperando balones y transformando cada robo en una oportunidad de gol.
Paralelamente, Jordi Ribera desplegó todo su repertorio táctico en ataque. Los continuos cambios de sistema, alternando entre ataques con siete contra seis y configuraciones con cuatro líneas de ataque, desconcertaron por completo a la defensa gala. Esta versatilidad ofensiva, inédita en el torneo hasta el momento, permitió encontrar espacios en las zonas perimetrales y, especialmente, en las posiciones de extremo. Por primera vez en el campeonato, el balón llegó con regularidad a los laterales, donde los españoles demostraron una efectividad demoledora.
El desempeño individual de Ian Barrufet merece un capítulo aparte. El extremo catalán firmó un partido memorable, convirtiendo diez goles de once intentos para convertirse en el máximo anotador del encuentro. Su capacidad para desequilibrar en el uno contra uno y su acierto desde el extremo derecho resultaron decisivos. Cada lanzamiento suyo parecía llevar sello de gol, y su contribución no se limitó al ataque, ya que su labor defensiva como avanzado fue igualmente destacada.
En la portería, Sergey Hernández ofreció una actuación de campeonato. El meta catalán finalizó el partido con catorce paradas de gran mérito, muchas de ellas en situaciones claras de gol francés. Su intervención en los momentos críticos, especialmente cuando Francia intentó acercarse en el marcador, mantuvo a los suyos con una ventaja cómoda. La seguridad que transmitió Hernández se contagió al resto del equipo, permitiendo mantener la calma en los momentos de presión.
El primer tiempo concluyó con un contundente 20-14 que reflejaba la superioridad española. Los seis goles de diferencia no eran fruto de la casualidad, sino la consecuencia de un trabajo colectivo excepcional. La defensa, el acierto ofensivo y la planificación táctica se combinaron para ofrecer los mejores treinta minutos del conjunto nacional en todo el torneo. La eficiencia en ataque, con un porcentaje de acierto superior al 70%, contrastaba con las dificultades francesas para superar la muralla hispana.
La reanudación del encuentro vio a un equipo francés más agresivo en defensa y con mayor intensidad en ataque. Los campeones de Europa no iban a rendirse sin luchar, y demostraron su calidad con una reacción que inquietó a los españoles. La ventaja se redujo en varias ocasiones hasta los tres goles, lo que generó cierta tensión en el banquillo español. Sin embargo, la solidez defensiva y la efectividad en los momentos decisivos impidieron que los galos completaran la remontada.
Los últimos diez minutos se convirtieron en un intercambio de golpes, con ambos equipos anotando con facilidad. España mantuvo la calma necesaria para administrar la ventaja, mientras Francia arriesgaba todo en ataque para recortar distancias. La experiencia de jugadores como Aleix Gómez, que aportó cinco tantos incluyendo tres penaltis, resultó invaluable para gestionar la ventaja. La contundencia en los lanzamientos desde siete metros y la capacidad para mantener la posesión en los instantes finales sellaron el triunfo.
El 36-32 final certificó una victoria de gran valor anímico y deportivo. Más allá de los dos puntos conseguidos, el partido demostró que España puede competir a este nivel cuando encuentra su ritmo y ejecuta el plan establecido. La confianza generada tras superar a uno de los grandes favoritos al título no tiene precio de cara a los compromisos venideros.
La clasificación para el Mundial de 2027 sigue siendo el objetivo inmediato. La quinta plaza del Europeo representa la última oportunidad para asegurar la presencia en el campeonato mundialista sin tener que disputar el complicado play-off intercontinental. Con esta victoria, los Hispanos mantienen sus opciones intactas, aunque dependen de otros resultados para alcanzar esa posición. La igualdad en la clasificación del grupo hace que cada punto sea fundamental y que el último partido de la fase sea una auténtica final.
El rendimiento mostrado contra Francia debe servir como referente para lo que resta de competición. La capacidad de adaptación táctica, la efectividad ofensiva y la solidez defensiva demostrada son los pilares sobre los que construir el éxito. Si España repite este nivel, sus posibilidades de lograr el billete mundialista aumentan considerablemente. El desafío ahora consiste en mantener la regularidad y demostrar que este partido no fue un espejismo, sino el verdadero potencial del equipo.
Jordi Ribera ha encontrado la tecla para sacar lo mejor de sus jugadores. La combinación de veteranía y juventud, con nombres consagrados junto a promesas como Barrufet, ofrece un equilibrio interesante. La confianza depositada en los jóvenes talentos ha dado sus frutos, y la capacidad del cuerpo técnico para preparar un plan de juego tan detallado demuestra el trabajo meticuloso realizado en las últimas semanas.
El camino hacia la quinta plaza continúa siendo complicado, pero ahora los Hispanos viajan con el viento a favor. La moral del grupo está por las nubes tras haber doblegado a los campeones de Europa en su mejor versión. La afición española puede soñar con el Mundial de 2027, y el equipo tiene la obligación de convertir ese sueño en realidad. La próxima cita será decisiva, y el nivel exhibido en Herning debe ser el punto de partida para culminar la misión.