Romería: Carla Simón cierra su trilogía familiar con su obra más madura

La directora catalana reflexiona sobre el duelo, el estigma social y la memoria familiar en su tercer largometraje, una película autobiográfica que trasciende lo personal

Carla Simón ha consolidado su voz como una de las cineastas más valiosas del panorama español contemporáneo. Con un estilo que bebe del naturalismo y una mirada íntima sobre la memoria familiar, la directora catalana regresa con Romería, su tercer largometraje y la obra que cierra su reflexión trilogía sobre los vínculos sanguíneos y los fantasmas del pasado.

Estrenada tras el éxito de sus anteriores trabajos, esta producción representa un salto cualitativo tanto en presupuesto como en ambición narrativa. La cineasta, reconocida internacionalmente por su debut Verano 1993 y por la multipremiada Alcarrás, ahonda ahora en la historia de Marina, una joven de dieciocho años que emprende un viaje a Galicia para reconectar con la familia paterna que nunca conoció.

El filme surge de la experiencia personal de Simón, hija de progenitores que fallecieron a causa del sida durante los años ochenta. Sin embargo, lejos de limitarse a un ejercicio autobiográfico, la directora transforma su propio relato en un universo cinematográfico que habla de duelos colectivos y memorias silenciadas. Marina, la protagonista, crece en Cataluña bajo el cuidado de sus tíos maternos tras la muerte de su madre. La ausencia de su padre, víctima de la epidemia, ha sido un vacío que solo ahora, al llegar a la mayoría de edad, se atreve a explorar.

La trilogía de Simón funciona como un mapa emocional de la construcción identitaria a través del dolor. En Verano 1993, una niña de cinco años enfrentaba la pérdida de sus padres y la necesidad de adaptarse a una nueva realidad familiar. Alcarrás trasladaba esa misma inquietud a la adolescencia, mostrando cómo una chica preadolescente vivía el declive de un modelo de vida rural mientras su familia luchaba por mantenerse unida. Con Romería, la directora completa el ciclo, abordando la transición a la adultez y la necesidad de reconstruir un linaje interrumpido.

El título hace referencia a la tradición de las romerías gallegas, peregrinaciones que simbolizan tanto la búsqueda espiritual como el retorno a las raíces. Este viaje físico se convierte en metáfora del interior, donde Marina debe confrontar no solo la desconexión con sus parientes, sino también el estigma social que persigue a las familias marcadas por la drogadicción y el sida en la década de los ochenta.

Uno de los aspectos más poderosos de la película es cómo aborda el desprecio social hacia los drogodependientes y la negación del duelo que sufren sus familias. La directora no se limita a mostrar el dolor personal, sino que denuncia la criminalización y el silencio que rodeó a las víctimas de la heroína y el VIH en la España postfranquista. En aquellos años, la falta de información sobre el sida y la ausencia de políticas de prevención convirtieron la adicción en una sentencia de muerte social antes que física.

La película sitúa a sus personajes en un contexto histórico específico: la juventud de los ochenta, que encontró en las drogas una forma de rebeldía contra los valores heredados del franquismo. Sin embargo, Simón evita cualquier tipo de moralismo, mostrando la complejidad de las decisiones personales y las consecuencias colectivas de una crisis sanitaria y social que fue ignorada por las instituciones.

Desde el punto de vista formal, Romería representa la evolución más notable en la filmografía de la cineasta. Mientras que sus trabajos anteriores se caracterizaban por un minimalismo casi documental, aquí incorpora escenas oníricas que rompen con el realismo para sumergirse en la psique de la protagonista. Estas secuencias, lejos de ser un artificio gratuito, sirven para visualizar el trauma no dicho y la memoria corporal que Marina arrastra desde la infancia.

La fotografía de Hélène Louvart captura la luminosidad melancólica del paisaje gallego, contrastando la verde exuberancia de la naturaleza con la opresión emocional que siente la protagonista. Cada plano parece respirar la humedad y la niebla de la tierra que Marina intenta reclamar como propia. La cámara se mueve con intimidad, casi como un observador invisible que respeta el silencio de los personajes pero que no teme acercarse para capturar el temblor de un labio o la vacilación en una mirada.

El reparto, encabezado por Llúcia García en el papel de Marina, ofrece interpretaciones de una honestidad conmovedora. García construye un personaje contenido pero lleno de matices, cuya vulnerabilidad se manifiesta en pequeños gestos y en la forma en que escucha a los demás. El resto del elenco, que incluye a Tristán Ulloa, Miryam Gallego y Janet Novás, entre otros, conforma una galería de parientes que representan diferentes actitudes frente al pasado: desde el silencio vergonzante hasta la necesidad de romper con el secreto familiar.

La banda sonora de Ernest Pipó juega un papel crucial en la construcción de la atmósfera. Lejos de manipular emocionalmente al espectador, la música se integra como un eco de la memoria, con melodías que parecen surgir de la propia tierra gallega. Los sonidos ambientales, el rumor del mar, el viento entre los árboles, se convierten en protagonistas de una banda sonora que habla de pertenencia y extrañamiento.

Desde la producción, la película cuenta con el respaldo de Elastica Films, Ventall Cinema, Dos Soles Media, Movistar Plus+, RTVE, 3Cat, ZDF/Arte, lo que demuestra el interés tanto nacional como internacional por el proyecto. Los 115 minutos de metraje permiten a Simón desarrollar su relato con la pausa que requiere la introspección, sin prisas dramáticas pero con una tensión emocional constante.

Lo que hace especial a Romería es su capacidad para universalizar una experiencia personal. Si bien la directora parte de su propia biografía, el filme habla de cualquier persona que haya crecido con la ausencia de un progenitor, de cualquier familia que haya tenido que lidiar con el estigma social, de cualquier comunidad que haya silenciado sus heridas colectivas. La película se convierte en un acto de reparación simbólica, no solo para su creadora, sino para todas las familias que vieron negado su derecho al luto.

En el panorama del cine español actual, donde predominan las comedias ligeras y los thrillers de género, el trabajo de Carla Simón representa una apuesta por el cine de autor comprometido con la realidad social. Su trilogía familiar no es solo un ejercicio de memoria personal, sino un archivo emocional de una generación marcada por la transición democrática, la crisis del sida y la transformación del tejido social español.

Romería no ofrece respuestas fáciles ni desenlaces redentores. La película entiende que algunas heridas nunca cierran del todo, pero que el acto de mirarlas de frente, de nombrar lo que fue silenciado, ya es en sí mismo un acto de curación. Marina no encuentra en Galicia una familia perfecta ni un pasado reconciliado, pero sí encuentra las piezas que le faltaban para entender quién es.

Con esta obra, Carla Simón confirma su status como una de las voces más importantes del cine europeo contemporáneo. Su capacidad para transformar el dolor en belleza, el trauma en arte, convierte Romería en una experiencia cinematográfica necesaria. No es una película fácil, pero tampoco pretende serlo. Es, sobre todo, una invitación a empatizar con las historias que duelen, a reconocer que detrás de cada estadística sobre el sida o la drogadicción hay nombres propios, familias rotas y niños que tuvieron que crecer demasiado pronto.

En definitiva, Romería es el cierre perfecto de una trilogía que ha ido tejiendo, película tras película, un mapa emocional de la memoria familiar en el contexto español reciente. Con esta obra, Carla Simón no solo cierra un ciclo personal, sino que abre un espacio de diálogo sobre cómo las sociedades procesan el dolor colectivo y cómo las nuevas generaciones pueden, finalmente, honrar a las que se fueron demasiado pronto.

Referencias