La crisis del Borussia Dortmund trasciende los malos resultados. Es una crisis de identidad, de filosofía, de alma. Cuando un club históricamente definido por su espíritu de resistencia y su capacidad para desafiar a los gigantes comienza a aceptar su condición de secundario, algo fundamental se ha roto. Las recientes palabras de Niko Kovac no son solo un error táctico en comunicación, sino la manifestación de una herida profunda que aqueja al fútbol alemán más allá de Múnich.
La semana pasada, el actual entrenador del Dortmund pronunció unas declaraciones que resonaron como un acto de rendición anticipada: "No podemos competir con el Bayern". Con esas palabras, Kovac no solo reconoció la superioridad económica y deportiva del eterno rival, sino que institutionalizó la mediocridad como destino inevitable. La afición, acostumbrada a la lucha y la ilusión, escuchó con estupor cómo su técnico justificaba la renuncia a la ambición antes de que la temporada alcanzara su ecuador.
Este episodio no es aislado. La sombra de Mats Hummels, figura emblemática despedida sin honores tras la final de Champions de 2024, planea sobre el Signal Iduna Park. El central, criticado por su carácter autocrítico, había advertido meses antes sobre el planteamiento táctico sumiso del equipo bajo el mando anterior. Su salida, lejos de resolver problemas, dejó un vacío de liderazgo y una voz de alerta silenciada. Hummels representaba la mentalidad ganadora que ahora parece extinguirse.
La reacción de la hinchada no se hizo esperar. Para los seguidores del Dortmund, perdonar es no ganar la Bundesliga, consciente de la máquina bávara, pero jamás perdonar es dejar de intentarlo. La identidad del club se construyó sobre la base de la rebeldía, de la fe en que el fútbol trasciende las diferencias presupuestarias. Kovac, con su pragmatismo frío, pisoteó ese principio sagrado. Reducir los objetivos a asegurar un puesto entre los cuatro primeros es, para muchos, una traición al ADN del club.
Los resultados deportivos han validado las peores pesadillas. Tras las declaraciones, el equipo sufrió para superar al colista St. Pauli, necesitando un penalti en el minuto 95 para lograr una victoria agónica (3-2). La imagen fue desoladora: un Dortmund sin ideas, sin carácter, sudando la gota gorda ante un rival teóricamente inferior. La gota que colmó el vaso llegó en la Champions: una derrota indigna ante el Tottenham (2-0) que dejó al equipo en una posición comprometida en Europa.
Hummels, desde la distancia, no pudo reprimir su indignación: "Los hinchas quieren ver fútbol atractivo y dominante". Su crítica apuntaba a la esencia del problema: no se trata solo de ganar o perder, sino de cómo se compite. La mentalidad pobre afecta no solo a los resultados inmediatos, sino a la capacidad de retener talento. Jugadores como Nico Schlotterbeck contemplan el futuro lejos de Dortmund, buscando proyectos donde la ambición no sea una palabra vacía.
El daño es profundo porque ataca la narrativa que sustenta al club. Durante décadas, el Dortmund se erigió como la alternativa emocional al Bayern, el equipo del pueblo que desafiaba al imperio. Esa identidad generó conexiones globales, llenó su estadio ininterrumpidamente y atrajo a jóvenes promesas sedientas de protagonismo. Ahora, esa promesa parece quebrada.
La directiva enfrenta un dilema existencial. Mantener a Kovac implica aceptar su discurso de resignación. Despedirle, sin embargo, no resolvería la raíz del problema: una brecha económica real que se ha convertido en excusa para la falta de creatividad deportiva. El verdadero desafío no es competir con el Bayern en gasto, sino en imaginación, en coraje, en coherencia con los valores que hicieron grande al club.
El futuro inmediato es incierto. La afición, fiel pero exigente, no perdonará otra temporada de mediocridad institucionalizada. Los jugadores, desorientados, necesitan un liderazgo que restaure la confianza. Y el club debe decidir si quiere seguir siendo un referente de resistencia o conformarse con ser un mero participante en la élite europea. La historia del Dortmund no se escribe en los balances, sino en los corazones de quienes creen que el fútbol es, ante todo, una cuestión de fe. Perder esa fe sería la derrota más dolorosa.