Novak Djokovic ha vuelto a escribir su nombre con letras de oro en la historia del tenis mundial. A sus 38 años y con el ranking número cuatro, el tenista serbio demostró este lunes en la Rod Laver Arena que el tiempo no pasa en vano para quien sabe mantenerse en la cima. Su victoria contundente ante el español Pedro Martínez por 6-3, 6-2 y 6-2 no solo le abrió las puertas de la siguiente ronda del Open de Australia, sino que le permitió alcanzar una cifra mítica: 81 presencias en torneos Grand Slam, empatando el registro que mantenían en solitario Roger Federer y Feliciano López.
El partido, que duró poco más de dos horas, fue un monólogo del balcánico desde el primer saque. Martínez, ubicado en el puesto 71 del ranking ATP y reciente ganador del challenger de Bengaluru, no pudo hacer frente a la voracidad de un Djokovic que parecía haberse tomado muy en serio su regreso a las pistas australianas. Con este triunfo, el serbio no solo avanza en el cuadro, sino que también celebra su victoria número 100 en territorio australiano, una cifra que se suma a sus 102 en Wimbledon y 101 en Roland Garros.
El reino de Melbourne Park
La Rod Laver Arena se ha convertido en el escenario más prolífico de la carrera de Nole. Allí ha conquistado 10 de sus 24 títulos de Grand Slam, convirtiéndolo en el jugador más exitoso de la historia del torneo. Su dominio es tal que cada aparición en Melbourne se convierte en un acontecimiento deportivo de primer orden. "Es bonito llegar a las 100 victorias en Australia", declaró el campeón tras el encuentro, mostrando una humildad que contrasta con la ferocidad que despliega sobre la pista.
Sin embargo, la relación de Djokovic con el público australiano no siempre ha sido idílica. La pasada edición del torneo dejó una herida abierta que aún cicatriza. En las semifinales de 2024, el serbio se vio obligado a abandonar por lesión tras concluir el primer set, lo que provocó una oleada de abucheos generalizados en la central. Los silbidos fueron tan intensos que hasta su rival de aquel día, Alexander Zverev, tomó la palabra para defenderle: "No silbéis a un jugador cuando se retira por una lesión. Sé que habéis pagado la entrada, pero Djokovic ha dado todo por el tenis durante 25 años. Ha ganado este título con roturas musculares y abdominales. Mostrad un poco de amor hacia él", arengó el alemán.
De la polémica al perdón
Los abucheos de 2024 no fueron el único bache en la relación entre Djokovic y Australia. En enero de 2022, el tenista fue expulsado del país por no contar con la vacuna contra el coronavirus, un episodio que generó un debate global sobre el deporte y la salud pública. Aquella ausencia forzada le privó de defender su título y de sumar más victorias en uno de sus torneos favoritos. Ahora, tres años después, el regreso se presenta como una oportunidad de redención total.
La semana previa al certamen, Djokovic participó en un partido de exhibición con Frances Tiafoe, demostrando que su conexión con Australia va más allá de la competición oficial. Aunque no estuvo presente en el One Point Slam, su actitud en los entrenamientos y su compromiso con el público han ido tejiendo puentes hacia la reconciliación definitiva.
El merecido homenaje en piedra
La conversación sobre el legado de Djokovic ya no se limita a cifras y estadísticas. Craig Tiley, director del Open de Australia, ha abierto la puerta a lo que parece una obligación histórica: la erección de una estatua en Melbourne Park que inmortalice al campeón serbio. "Es obvio. Se lo merece. Todos los años erigimos una nueva estatua de un australiano. Me gustaría tener un recinto entero lleno de estatuas de los grandes tenistas", afirmó Tiley en declaraciones recientes.
El precedente está claro. Rafael Nadal ya tiene su propia estatua en Roland Garros en reconocimiento a sus 14 coronas en París. Andy Murray recibirá la suya en Wimbledon en 2027. La pregunta ya no es si Djokovic se merece un monumento, sino cuándo se materializará este homenaje en el lugar que más éxitos le ha dado. Con 10 títulos australianos, 100 victorias y un dominio incontestable durante más de una década, la justicia deportiva exige que su imagen presida para siempre los jardines de Melbourne Park.
Ritmo de crucero sin rodaje
Uno de los aspectos más asombrosos del rendimiento de Djokovic es su capacidad para competir al más alto nivel sin necesidad de un extenso período de preparación. El serbio no disputaba un partido oficial desde que conquistó la final de Atenas el pasado 8 de noviembre, hace casi tres meses. Sin embargo, esto no parece afectarle. "Djokovic es tan bueno que no necesita mucho rodaje para coger un ritmo de crucero suficiente para ganar a casi cualquiera", comentan los expertos.
Su decisión de saltarse el ATP de Adelaida, programado la semana previa al Open, respondía a una necesidad de cuidar su físico. La pasada campaña terminó con el serbio "físicamente lastimado", según fuentes de su equipo, y la prioridad era regresar con garantías al primer Grand Slam de la temporada. La estrategia ha funcionado a la perfección, como demuestra el contundente resultado ante Martínez.
El camino hacia la gloria
Con la primera ronda superada, Djokovic ya mira al siguiente obstáculo. En la segunda ronda se enfrentará al qualy Francesco Maestrelli, un rival teóricamente más asequible que le permitirá seguir afinando su juego. El serbio, programado en el último turno del día, se dio prisa en cerrar su encuentro ante Martínez, mostrando una eficiencia que habla de sus ambiciones en el torneo.
En su banquillo, la presencia del futbolista español Juan Mata no pasó desapercibida. La visita del exjugador del Manchester United y la selección española evidencia el respeto y admiración que Djokovic genera más allá del mundo del tenis. Es el tipo de apoyo que refuerza la leyenda de un deportista que ha trascendido su disciplina.
A medida que avanza el torneo, todas las miradas estarán puestas en el serbio. Cada victoria le acerca no solo a un nuevo título, sino a consolidar un legado que ya es inmortal. Con 24 Grand Slams en su palmarés, 81 participaciones y un dominio absoluto en Australia, Djokovic sigue demostrando que la edad es solo un número cuando el talento y la dedicación son infinitos. La Rod Laver Arena, testigo privilegiado de su grandeza, espera ansiosa la siguiente página de una historia que parece no tener fin.