La mañana del martes 13 de enero de 2026 quedará marcada en la memoria de miles de viajeros que tenían previsto volar por el centro de Europa. Un intenso temporal de frío azotó la región, dejando a su paso una capa de hielo que paralizó las operaciones de cuatro importantes aeropuertos: Viena, Budapest, Praga y Bratislava. Las condiciones meteorológicas adversas obligaron a las autoridades aeroportuarias a tomar la decisión de cerrar temporalmente las instalaciones para garantizar la seguridad de los pasajeros y la tripulación. Este tipo de fenómenos, aunque no son infrecuentes en la región durante el invierno, sorprendió por su intensidad y la rapidez con la que se desarrolló.
El aeropuerto de Viena, uno de los hubs más importantes de Europa Central, fue el primero en anunciar la medida. La nevada de la madrugada había dejado las pistas y zonas adyacentes cubiertas por una peligrosa capa de hielo que imposibilitaba el despegue y aterrizaje de aeronaves. Las autoridades austriacas actuaron con celeridad, suspendiendo todas las operaciones hasta que las condiciones mejoraran. Los equipos de mantenimiento trabajaron contrarreloj utilizando maquinaria especializada para el deshielo, pero la magnitud del problema superó las capacidades normales. Sin embargo, alrededor del mediodía, se anunció la reapertura gradual del aeródromo, lo que permitió retomar poco a poco la actividad aérea, aunque con importantes limitaciones en el número de operaciones por hora.
Durante el cierre, los vuelos programados fueron desviados a aeropuertos alternativos como Graz, Múnich, Fráncfort, Colonia y Venecia. Esta medida, aunque necesaria desde el punto de vista de la seguridad, causó importantes retrasos en los horarios y obligó a los pasajeros a reconfigurar sus planes de viaje de último momento. Muchos viajeros se encontraron atrapados en terminales abarrotadas, esperando información sobre sus conexiones, mientras las pantallas de salidas mostraban cancelación tras cancelación.
En la capital húngara, el aeropuerto internacional Ferenc Liszt de Budapest emitió un comunicado oficial explicando la situación. 'Debido a la abundante formación de placas de hielo, el aeropuerto no recibirá ni reanudará vuelos temporalmente desde las 10:25 por razones de seguridad', señaló el texto. La seguridad operativa fue la prioridad absoluta, por lo que se optó por una pausa completa en la actividad. Los pasajeros que esperaban embarcar fueron trasladados a zonas de espera con servicios básicos, mientras las aerolíneas gestionaban la situación. Al igual que en Viena, el aeropuerto de Budapest pudo reabrir sus puertas al mediodía, con ambas pistas operativas, aunque el proceso de retorno a la normalidad fue lento y progresivo.
La situación en Praga fue ligeramente diferente. El aeropuerto internacional de la capital checa no cerró completamente, pero sí limitó significativamente sus operaciones, especialmente en lo que respecta a las llegadas. La portavoz del aeródromo, Denisa Hejtmánková, explicó a la cadena pública CT24 que 'debido a la intensa lluvia helada, se están limitando las llegadas para garantizar el deshielo de la pista principal, las calles de rodaje y los puestos de estacionamiento de aeronaves'. Esta medida preventiva provocó retrasos generalizados que se extendieron durante toda la jornada, afectando no solo a los vuelos de corto radio sino también a las conexiones intercontinentales.
El aeropuerto de Bratislava, en Eslovaquia, también se vio obligado a clausurar sus instalaciones. Permaneció cerrado hasta las 11:15 horas locales (10:15 GMT) debido a las mismas condiciones de hielo que afectaban a toda la región. La coincidencia de problemas en estas cuatro terminales aéreas creó un efecto dominó en la red de transporte europea, generando congestión en otros aeropuertos que tuvieron que absorber el tráfico desviado.
El impacto no se limitó únicamente al ámbito aéreo. El hielo causó estragos en las infraestructuras terrestres de República Checa y Austria. En el país checo, las carreteras y vías férreas sufrieron las consecuencias del temporal. La formación de hielo en las catenarias paralizó los trenes en la zona de Praga y limitó el tráfico ferroviario en ciudades del norte como Ústí nad Labem y Děčín. Los trenes de alta velocidad que conectan estas ciudades con la capital tuvieron que reducir su velocidad o cancelar servicios por completo.
El transporte público en la capital checa experimentó complicaciones durante las horas punta, particularmente en las afueras de la ciudad. En Bohemia Central, Moravia del Sur y Olomouc, al noreste del país, algunas líneas de autobús dejaron de funcionar por la mañana debido al riesgo que representaba el hielo en las carreteras secundarias. Los conductores de autobús reportaron dificultades incluso para salir de los depósitos, donde el hielo había solidificado alrededor de los vehículos.
Los accidentes de tráfico aumentaron considerablemente, al igual que las lesiones por caídas en pavimentos resbaladizos. Los servicios de emergencia reportaron un incremento del 40% en las llamadas relacionadas con incidentes causados por el hielo. Las autoridades de todos los países afectados emitieron alertas meteorológicas de nivel naranja y rojo, recomendando a la población extremar las precauciones tanto en desplazamientos en vehículo como a pie. Se instó a los ciudadanos a no realizar viajes no esenciales.
La reactivación progresiva de los aeropuertos a lo largo del mediodía trajo algo de alivio a los viajeros. Sin embargo, los retrasos acumulados durante las horas de cierre crearon un desfase que perduró durante el resto del día. Las compañías aéreas tuvieron que reprogramar numerosos vuelos y gestionar la reubicación de pasajeros afectados por las cancelaciones. Los mostradores de atención al cliente vieron colas interminables de pasajeros solicitando información sobre sus vuelos.
Este episodio sirve como recordatorio de la vulnerabilidad de las infraestructuras de transporte ante fenómenos meteorológicos extremos. Aunque los aeropuertos cuentan con sistemas de deshielo y protocolos de actuación, la magnitud del temporal superó las capacidades normales de respuesta, haciendo necesarias las interrupciones temporales. Los sistemas de deshielo, que incluyen el uso de químicos especiales y maquinaria especializada, tienen límites cuando se enfrentan a condiciones de formación continua de hielo.
Los expertos en meteorología advierten que estos eventos podrían volverse más frecuentes debido al cambio climático, que genera patrones climáticos más impredecibles y extremos. Las administraciones aeroportuarias y de transporte están invirtiendo en tecnologías más eficientes para combatir el hielo, como sistemas de calentamiento en pistas y sensores avanzados, pero la naturaleza impredecible de estos fenómenos sigue representando un desafío significativo.
Para los viajeros afectados, las aerolíneas ofrecieron alternativas de reprogramación y, en algunos casos, compensaciones por los inconvenientes causados. Se recomienda a quienes tengan vuelos programados hacia o desde estas regiones que verifiquen el estado de sus vuelos con antelación y se mantengan informados sobre las condiciones meteorológicas. Las aplicaciones móviles de las aerolíneas y los servicios de alerta meteorológica se convirtieron en herramientas indispensables para los viajeros.
La coordinación entre las autoridades de los cuatro países fue clave para gestionar la crisis. El intercambio de información en tiempo real permitió que los desvíos se realizaran de manera ordenada y que los pasajeros recibieran actualizaciones constantes sobre la evolución de la situación. Los centros de control aéreo europeos activaron protocolos de emergencia para gestionar el flujo de tráfico desviado.
A medida que las temperaturas comenzaron a moderarse ligeramente y los equipos de mantenimiento trabajaban sin descanso, la normalidad fue regresando gradualmente. Sin embargo, el caos matutino dejó una lección clara: la importancia de estar preparados para emergencias climáticas y de contar con planes de contingencia robustos. Los aeropuertos anunciaron que revisarían sus protocolos para futuros eventos similares.
En resumen, el temporal de frío que azotó el centro de Europa el 13 de enero de 2026 provocó cierres temporales masivos de cuatro aeropuertos principales, generando retrasos, desvíos y significativos trastornos en el transporte aéreo y terrestre. Aunque la situación se normalizó al mediodía, los efectos se sintieron durante todo el día, recordándonos la fragilidad de nuestras infraestructuras ante la fuerza de la naturaleza. La experiencia destaca la necesidad de continuar invirtiendo en resiliencia climática para nuestros sistemas de transporte.