EEUU e Israel armarían a kurdos en Irán para fomentar rebelión

Según medios estadounidenses, la CIA habría iniciado el suministro de armas a facciones kurdas en el noroeste de Irán para desestabilizar al régimen de los ayatolás.

La estrategia de desestabilización en Oriente Próximo parece haber encontrado un nuevo capítulo. En las últimas horas, diversos medios de comunicación estadounidenses han revelado que Estados Unidos e Israel estarían coordinando esfuerzos para armar a grupos kurdos dentro del territorio iraní, con el objetivo de instigar una insurrección contra el gobierno de Teherán. Esta maniobra representaría una escalada significativa en la presión sobre el régimen de los ayatolás, explotando las fracturas étnicas y sectarias que históricamente han marcado a la República Islámica.

La información, difundida por publicaciones de referencia como The New York Times y Axios, señala que los servicios de inteligencia estadounidenses habrían comenzado a suministrar armamento ligero a milicias kurdas iraníes meses antes del inicio de las hostilidades militares. Esta operación clandestina buscaría preparar el terreno para una rebelión interna que debilitara la capacidad de respuesta del régimen iraní frente a la ofensiva externa.

El contexto étnico de Irán resulta fundamental para comprender esta maniobra. Los kurdos constituyen la segunda minoría étnica más numerosa del país, después de los persas, que representan aproximadamente el 60% de la población. Asentados principalmente en la región noroccidental, en las fronteras con Iraq, esta comunidad ha mantenido una tensa relación con el gobierno central desde la revolución de 1979. Su oposición al régimen teocrático se ha manifestado a través de enfrentamientos intermitentes y la existencia de varias facciones armadas que reivindican mayor autonomía o incluso la secesión.

La coordinación entre estos grupos parece haber alcanzado un nuevo nivel de organización. El pasado 22 de febrero, apenas seis días antes del inicio de las operaciones militares, cinco facciones kurdas anunciaron la formación de una coalición para 'luchar por la democracia, la justicia y los derechos nacionales del pueblo kurdo en Irán', según informó el portal especializado Rojhelat Info. Esta convergencia no resulta casual, sino que respondería a meses de preparativos y diálogos con actores externos.

El papel de Israel en esta estrategia habría sido determinante. Según publica Axios, el primer ministro Binyamín Netanyahu habría convencido al presidente Donald Trump de apostar por los kurdos como herramienta de presión contra Teherán. La idea de explotar las divisiones internas de Irán no es nueva en los círculos de poder israelíes, pero su implementación práctica marca un cambio de paradigma en la confrontación regional.

Los contactos diplomáticos recientes dan cuenta de la intensidad de estos movimientos. El pasado domingo, Trump mantuvo conversaciones telefónicas con Massoud Barzani y Bafel Talabani, líderes kurdos en Iraq, para solicitarles permiso para que combatientes iraníes asentados en su territorio crucen la frontera. Este martes, el mandatario estadounidense habría dialogado con otro líder kurdo dentro de Irán. La Casa Blanca confirmó estas comunicaciones, pero negó categóricamente que el presidente haya aprobado un plan específico para armar a los kurdos iraníes.

Esta negación oficial contrasta con las informaciones de fuentes periodísticas que citan testimonios directos. Un dirigente kurdo consultado por CNN aseguró que 'existe ahora una gran oportunidad' para la causa kurda, mientras que The Atlantic reporta que miles de combatientes esperan en la frontera iraquí la autorización definitiva para entrar en acción.

La táctica militar israelí complementaría esta estrategia. Los bombardeos concentrados en los acantonamientos iraníes cercanos a la frontera con Iraq tendrían un doble objetivo: por un lado, destruir la infraestructura del aparato represivo del régimen; por otro, facilitar el paso de armas y combatientes desde territorio iraquí. Esta sincronización entre acción aérea y operaciones de inteligencia en tierra buscaría crear un corredor de insurgencia en la periferia noroccidental iraní.

La operación no se limitaría únicamente a los kurdos. Según las fuentes, la CIA también mantendría conversaciones con grupos baluchis en el sureste de Irán, otra minoría étnica con historial de tensión con el gobierno central. Esta doble vía de presión, tanto en el noroeste como en el sureste, buscaría dispersar las capacidades de respuesta iraníes y generar un efecto de pinza estratégica.

El riesgo de esta estrategia radica en su potencial para desestabilizar toda la región. Una insurgencia kurda armada y apoyada desde el exterior podría repercutir en las comunidades kurdas de Iraq, Siria y Turquía, países que enfrentan sus propios desafíos con esta minoría. La balanza entre debilitar a un rival regional y mantener la estabilidad territorial resulta extremadamente delicada.

Además, la legitimidad internacional de tal operación sería cuestionada. El armamento de grupos insurgentes para derrocar gobiernos establecidos recuerda a episodios controvertidos de la Guerra Fría, donde la intervención encubierta generó consecuencias impredecibles y prolongadas crisis regionales. La comunidad internacional observaría con preocupación cualquier escalada que transforme la confrontación actual en un conflicto de baja intensidad pero prolongado en el tiempo.

Los objetivos últimos de esta maniobra parecen claros: si no es posible una implosión del centro de poder en Teherán, se busca que arde la periferia étnica del país. Una Irán sumido en el caos interno, lidiando con múltiples frentes insurgentes, vería mermada su capacidad de proyección regional y su apoyo a grupos aliados en el Líbano, Siria, Yemen y Gaza.

La complejidad de la situación kurda en Irán añade matices a esta estrategia. A diferencia de sus correligionarios en Iraq o Siria, los kurdos iraníes han mantenido una lucha más autónoma y menos visibilizada internacionalmente. Sin embargo, su conocimiento del terreno y su red de apoyo transfronteriza los convierten en un activo valioso para cualquier operación de desestabilización.

El tiempo dirá si esta apuesta por la insurgencia interna da los resultados esperados por Washington y Tel Aviv. Mientras tanto, la región contempla con inquietud cómo las fracturas sectarias y étnicas se convierten en herramientas de guerra geopolítica, poniendo en riesgo la estabilidad de estados nacionales y la seguridad de poblaciones civiles atrapadas en el fuego cruzado de intereses estratégicos contrapuestos.

Referencias