Cuando Paco Lucio decidió dar el salto de técnico a director, lo hizo con la determinación de que su obra reflejara las raíces que lo definían. Tras años de colaboración con figuras como Víctor Erice, Carlos Saura o Ricardo Franco, el cineasta melgarense comprendió que su primera película no podía rodarse en cualquier escenario. El paisaje que lo vio crecer, aquel territorio dominado por la imponente silueta de la Peña Amaya, debía ser el verdadero protagonista de su historia.
Así nació Teo el pelirrojo, un largometraje que este año cumple cuatro décadas de su rodaje y que representó el debut cinematográfico de un niño que años después se convertiría en uno de los actores más respetados del panorama ibérico: Juan Diego Botto.
La conexión entre Lucio y este accidente geográfico no era casual. En declaraciones posteriores, el director confesaba que la Peña Amaya poseía para él «algo de mágico», una cualidad telúrica que le resultaba inevitablemente dramática. Esa percepción personal encontró eco en los hechos trágicos que inspiraron su guion: la matanza perpetrada por Elicio Rojo en Villamayor de Treviño en 1957, cuando el propio Lucio contaba apenas diez años. La memoria de aquellos sucesos, grabada en la mente infantil del cineasta, se convirtió en el núcleo narrativo de su ópera prima.
El proyecto cinematográfico no pasó desapercibido. Con un presupuesto de 68 millones de pesetas -cifra considerable para el cine español de la época, respaldada por 22 millones del Ministerio de Cultura y 7 millones de la Junta de Castilla y León-, la producción generó expectación en la comarca burgalesa. Pero si algo captó la atención fue el ambicioso proceso de casting para encontrar al protagonista infantil.
Más de 4.000 niños participaron en las pruebas para dar vida a Santiago, el joven testigo de la historia. La elección recayó finalmente en Juan Diego Botto, cuya conexión con el mundo del espectáculo era familiar -su madre, Cristina Rota, ya era una actriz consolidada-. Con apenas once años y estudiante de quinto curso de EGB, Botto demostró una intuición y talento que anticipaban su futuro brillante.
Durante una entrevista concedida a la prensa local en pleno rodaje, el joven actor confesaba: «Mi madre es actriz y por eso me gusta el cine». Relataba cómo, en una ocasión, había acompañado a su progenitora a un casting y aquella experiencia había despertado en él la pasión por la interpretación. Aquel niño que posaba para los fotógrafos junto a la ermita de Villanueva de Odra no imaginaba que aquel papel marcaría el inicio de una trayectoria de más de cuarenta años de éxito.
El rodaje de Teo el pelirrojo se extendió durante semanas a finales de 1985, convirtiendo a Melgar y sus alrededores en un plató natural abierto. La presencia de un equipo cinematográfico generó un revuelo considerable en la zona, donde los vecinos contemplaban fascinados cómo su paisaje cotidiano se transformaba en escenario de una historia de cine. La película recreaba el pueblo ficticio de Melgar de Barrios, pero cada rincón, cada piedra de la Peña Amaya, era auténtico.
El reparto adulto contaba con Álvaro de Luna como Teodoro, el personaje que da título a la película. De Luna, eterno secundario pero actor de gran prestigio popular gracias a su icónico papel de 'El Algarrobo' en la serie Curro Jiménez, encarnaba a un exlegionario convertido en bracero, pescador y cazador furtivo de ideas comunistas. Su relación con el niño Santiago formaba el eje emocional de una narrativa que exploraba la amistad intergeneracional y la violencia inesperada.
La trama, fiel a los hechos que la inspiraron, mostraba cómo esta relación se fracturaba cuando el personaje de De Luna cometía un cuádruple asesinato en el pueblo. La crudeza del tema, tratada con la sensibilidad que permite la mirada infantil del protagonista, generó un producto singular en el panorama del cine español de la década de los 80.
El legado de Teo el pelirrojo trasciende su modesta repercusión comercial inicial. Para el cine de Castilla y León representa una pieza fundamental de la identidad cinematográfica regional, demostrando que los paisajes castellanos podían ser mucho más que un mero fondo: podían ser protagonistas activos, elementos dramáticos que configuran la psicología de los personajes.
Para Juan Diego Botto, aquella experiencia en la Peña Amaya marcó su entrada en una profesión que le ha llevado a trabajar con los directores más prestigiosos del cine español e internacional. Desde aquel casting entre miles hasta convertirse en un actor versátil capaz de moverse entre el teatro, el cine y la televisión con igual maestría, su debut en la comarca burgalesa permanece como un hito memorable.
La figura de Paco Lucio, fallecido en 2022, queda así vinculada para siempre a ese territorio que tanto amaba. Su decisión de rodar en su tierra natal, de convertir la Peña Amaya en un personaje más de su historia, constituye un ejemplo de cine de autor comprometido con su entorno. No se trataba de nostalgia simple, sino de una comprensión profunda de cómo el paisaje configura la memoria colectiva y la identidad individual.
Cuarenta años después, el rodaje de Teo el pelirrojo sigue siendo recordado en Melgar y sus alrededores como un momento de encuentro entre la realidad local y la ficción universal. La película, aunque no alcanzó la popularidad de otros títulos de su época, se ha convertido en un objeto de estudio para quienes analizan el cine español de la Transición y la consolidación democrática.
La historia de Elicio Rojo, el crimen que inspiró el guion, sigue presente en la memoria de la comarca. Pero gracias al cine de Paco Lucio y al talento infantil de Juan Diego Botto, aquellos hechos trágicos se transformaron en arte, en una reflexión sobre la violencia, la amistad y el paisaje como testigo mudo de la historia humana.
En la actualidad, cuando se habla de cine de territorio o de narrativas locales, el ejemplo de Teo el pelirrojo resulta más relevante que nunca. Demostró que las historias más universales pueden brotar de las raíces más particulares, y que un niño seleccionado entre miles, frente a una montaña milenaria, puede dar inicio a una de las carreras más brillantes del cine español.