El mundo de la fotografía musical ha perdido a uno de sus grandes testigos. La noticia del fallecimiento de Luis Miguel del Campo Redondo el pasado 11 de diciembre ha dejado un vacío imposible de llenar en la comunidad de medios especializados en rock. Durante años, su objetivo fue la ventana a través de la cual miles de lectores pudieron sentir la energía de los conciertos que no pudieron presenciar.
La pasión de Luis Miguel por la fotografía nació cuando apenas contaba 13 años. Mientras otros niños de su edad exploraban aficiones pasajeras, él ya había encontrado su vocación. Fue en esa temprana adolescencia cuando aprendió las técnicas de revelado en blanco y negro, dominando los procesos químicos y la magia de ver aparecer imágenes en el cuarto oscuro. Esta formación analógica marcó para siempre su mirada, incluso cuando la digitalización transformó el sector.
La década de los ochenta representó el salto a la profesionalización. A finales de ese periodo, Luis Miguel se consolidó como fotógrafo autónomo, creando su propio espacio en un mundo dominado por grandes agencias. Su página web se convirtió en su escaparate particular, donde mostraba un portafolio tan diverso como excepcional. Desde eventos familiares como bodas y bautizos hasta conciertos de rock pasando por eventos corporativos, su versatilidad era su sello distintivo.
Pero su talento traspasó los límites de la fotografía de eventos privados. Su obra llegó a los medios de comunicación más importantes de España. Colaboró con cadenas televisivas como RTVE y Antena 3, capturando imágenes para sus producciones de cine y televisión. Sus fotografías también se publicaron en periódicos de referencia como El Mundo y El País, entre otros. Esta presencia en medios masivos demostró que su mirada tenía la capacidad de comunicar más allá de los nichos especializados.
Luis Miguel vivió y documentó las diferentes épocas de la fotografía española, desde los vibrantes años de la movida madrileña hasta la era digital actual. Esta longevidad profesional le otorgó una perspectiva única, testimonio de cómo la tecnología transformó la forma de capturar la realidad sin alterar la esencia de lo que hace a una buena fotografía: la capacidad de ver más allá de lo evidente.
Desafortunadamente, los problemas de salud le mantuvieron alejado de su cámara durante los últimos cinco años. Aunque físicamente no pudiera estar en los conciertos, su legado continuaba vivo en cada imagen que había capturado. Su ausencia de la escena no borraba los años de dedicación y las miles de fotografías que había regalado al mundo.
En 2018, Luis Miguel realizó una exposición que sintetizaba su pasión más profunda. Bajo el título de fotografía de conciertos de rock, presentó su trabajo en la crepería Amsterdam de Alcalá de Henares. Esta muestra no era solo una colección de imágenes, sino un viaje emocional a través de la música en directo. Cada fotografía contaba una historia, capturando no solo a los artistas, sino la conexión íntima entre músico y público, la energía que solo se genera en un concierto en vivo.
Su relación con Diario de un Rockero comenzó en 2016, cuando se unió al equipo como colaborador. Desde ese momento, sus fotografías ilustraron innumerables crónicas, aportando una dimensión visual que complementaba perfectamente los textos. Su cámara no solo registraba lo que ocurría en el escenario; traducía en imágenes lo que la música transmitía. Cada disparo era una interpretación visual del sonido, del ritmo, de la emoción.
Además de su trabajo con Diario de un Rockero, Luis Miguel también colaboró con otros medios especializados como Jungle Indie Rock e Insonoro, demostrando su compromiso con la escena musical independiente. Su presencia en múltiples plataformas reflejaba la universalidad de su talento y su capacidad para adaptarse a diferentes estilos editoriales sin perder su esencia.
Entre los artistas que pasaron por su objetivo se encuentran algunos de los nombres más representativos del rock español: Leiva, Lichis, Enrique Bunbury, Loquillo, Luz Casal. También capturó la esencia de grupos emergentes como MCF Chicken, conocidos como Los Reyes del Pollo Frito, una de sus bandas favoritas. Cada uno de estos músicos quedó inmortalizado no solo en su faceta pública, sino en esos instantes de vulnerabilidad y autenticidad que solo un fotógrafo con ojo entrenado sabe capturar.
Lo que hacía especial a Luis Miguel no era solo su técnica impecable, sino su capacidad para desaparecer tras la cámara y dejar que el momento fluyera. No intervenía, no alteraba. Simplemente estaba ahí, en el lugar exacto y en el momento preciso para congelar la eternidad. Sus compañeros de Diario de un Rockero recuerdan que era "una de esas personas que te dejan huella y de las que siempre te queda una historia que contar".
Su legado no se limita a las imágenes publicadas. Se extiende a la influencia que tuvo en otros fotógrafos que crecieron viendo su trabajo, a la forma en que enseñó a ver la música desde otro ángulo. En una época donde todos tienen una cámara en el bolsillo, su trabajo recordaba que la fotografía es un arte que requiere ojo, paciencia y sobre todo, alma.
Las fotografías que dejó son más que documentos visuales. Son testimonios de una era, de una escena, de una forma de entender el rock. Cada imagen es una ventana a un concierto específico, a un momento irrepetible, pero también forma parte de un mosaico mayor que narra la historia de la música en directo en España durante las últimas décadas.
Aunque su partida nos llena de tristeza, su cabeza siempre estuvo "bien alta", como recordaban sus compañeros. Fue consciente del regalo que nos dejaba: una visión única y personal de la música que amaba. No se fue sin antes asegurarse de que su trabajo permanecería, plasmado en las crónicas digitales, en las exposiciones, en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de conocerle.
En Diario de un Rockero, su ausencia se siente profundamente. Cada crónica que publican lleva su ausencia como un eco silencioso. Pero cada imagen suya que ilustra esos textos es un recordatorio de que el verdadero arte sobrevive a su creador. Luis Miguel del Campo Redondo ya no estará en los conciertos futuros, pero su mirada sí. En cada foto que tomó, en cada momento que capturó, en cada alma que inmortalizó.
La selección de imágenes que sus compañeros comparten no es solo un tributo; es una celebración de una vida dedicada a la fotografía. Esas fotos de conciertos que nos deja no son solo recuerdos, son un legado para la posteridad. Cada una demuestra que estuvo ahí, que vio lo que otros no vieron, que capturó lo que otros no pudieron.
Luis Miguel del Campo Redondo ha dejado este mundo, pero su obra permanece. Y en ese permanecer reside su victoria sobre el olvido. Su fotografía seguirá hablando por él, contando historias de conciertos, de músicos, de una época, de una pasión. Y mientras esas imágenes sigan siendo vistas, su espíritu seguirá vivo, en cada flash que ilumina la memoria del rock español.