A sus 42 años, Miki Esparbé atraviesa uno de los períodos más intensos de su carrera. El intérprete manresano se ha consolidado como uno de los rostros más versátiles del panorama audiovisual y teatral español, con una agenda que no deja espacio para el descanso. En una conversación mantenida en un bar del barrio barcelonés de Gràcia, Esparbé repasa sus últimos proyectos con la naturalidad y cercanía que le caracterizan, lejos de cualquier tipo de pretensión.
El actor reconoce sin ambages que vive una fase privilegiada. "Sería hipócrita negar que soy consciente de esta situación", admite. Su calendario reciente incluye el papel de Juan Carlos I en la serie Anatomía de un instante, la interpretación de un judío sefardí en la obra teatral Los nuestros en el Teatre Nacional de Catalunya, y el estreno en cines de Frontera, donde da vida a uno de los hombres que ayudaron a cruzar los Pirineos a 80.000 refugiados durante la Segunda Guerra Mundial huyendo del nazismo.
La versatilidad como seña de identidad
Cuando se le pregunta sobre el motivo de tanta demanda por parte de directores, Esparbé apunta a su capacidad para mostrar múltiples registros. "Mi objetivo es ofrecer todo el abanico de posibilidades, todos los colores del Pantone", explica. Esta filosofía le lleva a arriesgar con cada nuevo personaje, incluso a costa de que alguna interpretación no funcione del todo. Prefiere mil veces esta vía a caer en la comodidad de repetir fórmulas previamente exitosas.
Este compromiso con la variedad se refleja en la diversidad de sus últimos trabajos. Desde el complejo retrato del monarca en la serie de Alberto Rodríguez hasta el drama histórico de Frontera sobre los judíos que buscaron refugio en España en 1942, pasando por la pieza teatral que acaba de concluir en el TNC. Cada proyecto representa un universo distinto, una época diferente y un reto interpretativo único.
El desafío de encarnar a Juan Carlos I
Interpretar a la figura más controvertida de la monarquía española contemporánea no era tarea sencilla. Esparbé confiesa que, de no mediar la dirección de Alberto Rodríguez, probablemente ni siquiera habría considerado la propuesta. La clave estuvo en la lectura del libro de Javier Cercas, donde encontró una ambigüedad fascinante: "No se trata de un retrato salvador ni maniqueo. Más que salvador de la democracia, lo que realmente preservó fue la Corona. Si optó por el sistema democrático fue porque era el que mejor protegía la institución monárquica".
La opinión personal del actor sobre el rey emérito no era precisamente favorable antes de abordar el personaje, y el proceso de interpretación no ha modificado sustancialmente su percepción. "Inevitablemente, la monarquía es algo que heredamos del franquismo; fue Franco quien decidió que el rey ocupara ese lugar", reflexiona. Añade otra paradoja constitucional: "El jefe del Estado, la persona que firma las leyes, es el único al que no puedes votar. En una democracia moderna me parece bastante absurdo que haya un rey, pero es lo que hay".
Construyendo al monarca desde la seducción
Para abordar la caracterización, Esparbé se agarró a dos pilares fundamentales: el carisma seductor y la ambición desmedida del personaje. Observó minuciosamente cómo ocupaba el espacio físico: "La gente con poder se instala en el espacio de forma diferente. Si te fijas, el rey camina con el pecho adelantado. El torso va primero y eso denota cuál es su lugar". También prestó atención al ritmo de su elocución: habla despacio, sin prisa, como quien sabe que nadie se cansa de escucharle.
El actor ha rumiado las razones que le llevaron a recibir este encargo tan particular. "Hacía falta un actor de la edad del rey en ese momento —42 años, que son los que tengo ahora—, que se acercara al metro noventa y que tuviera un perfil nasal marcado. Si lo piensas, no somos tantos...", bromea entre risas.
El compromiso con la memoria histórica
Con Frontera, Esparbé se sumerge en un capítulo olvidado de nuestra historia reciente. La película recupera la historia de los 80.000 refugiados que cruzaron los Pirineos escapando del régimen nazi, muchos de ellos judíos. El actor interpreta a uno de los rescatadores que facilitaron estas huidas, un papel que le permite explorar la resistencia civil y la solidaridad en tiempos de barbarie.
Este proyecto se suma a su reciente trabajo en Los nuestros, donde ya abordaba la diáspora judía desde la perspectiva sefardí. La conexión temática entre ambos trabajos evidencia su interés por recuperar historias marginales y dar voz a colectivos perseguidos. "No es coincidencia", señala. "Cada vez más siento la responsabilidad de contar aquellas historias que el tiempo o los vencedores han intentado borrar".
Conciencia de privilegio y responsabilidad social
A pesar del éxito, Esparbé mantiene los pies en el suelo. Conoce de primera mano la precariedad del sector y sabe que su situación es excepcional. "Muchos compañeros no tienen esta suerte", reconoce con sinceridad. Esta conciencia le hace valorar cada oportunidad y asumir un compromiso con el oficio que trasciende lo puramente profesional.
Su enfoque va más allá del mero ejercicio interpretativo. Cada personaje se convierte en una oportunidad para cuestionar, reflexionar y dialogar con el público sobre cuestiones de fondo. Ya sea la legitimidad de una institución heredada de la dictadura o la valentía de quienes salvaron vidas en los momentos más oscuros del siglo XX, Esparbé busca que su trabajo tenga proyección social y política.
El futuro inmediato no contempla tregua. Con proyectos ya cerrados para 2026, el actor barcelonés confirma que no piensa frenar. "Este es mi momento y quiero exprimirlo al máximo", afirma. La clave de su éxito no reside solo en el talento, sino en una combinación de versatilidad, compromiso y una visión crítica del mundo que le rodea. Cada nuevo rol es una pieza más en un puzzle que construye con meticulosidad, consciente de que el privilegio de trabajar conlleva la responsabilidad de elegir bien qué historias merecen ser contadas.