El cineasta neoyorquino Woody Allen celebra este domingo 90 años de vida, consolidándose como una de las figuras más controvertidas e influyentes de la historia del séptimo arte. Su nombre evoca tanto el recuerdo de comedias inteligentes y dramas existenciales que han marcado a generaciones, como las serias acusaciones de abuso sexual que han manchado su reputación y provocado su ostracismo en los últimos años.
Nacido el 1 de diciembre de 1935 en Brooklyn, Allen Stewart Konigsberg creció en un hogar judío de clase media, donde su inteligencia precoz y su sentido del humor ácido ya apuntaban maneras. Su carrera comenzó en la década de 1950 escribiendo chistes para columnistas de Hollywood, pero pronto saltaría a la comedia stand-up y, finalmente, al cine, donde encontraría su verdadera vocación.
La trayectoria de un visionario
Con más de 50 películas dirigidas en seis décadas, Allen ha construido un universo cinematográfico inconfundible. Su estilo, caracterizado por diálogos neuróticos, referencias culturales eruditas y una visión melancólica de las relaciones humanas, lo convirtió en el portavoz de una generación de intelectuales urbanos. Títulos como Annie Hall, Manhattan, Hannah y sus hermanas o Midnight in Paris no solo cosecharon éxitos de crítica y taquilla, sino que redefinieron el cine independiente estadounidense.
Su influencia trasciende fronteras. El cine europeo, especialmente el francés, lo ha reverenciado como a un maestro, otorgándole el premio César honorífico en 2017. La academia de Hollywood, sin embargo, ha mostrado una relación más ambivalente. Aunque ha ganado cuatro Oscar (mejor director por Annie Hall y Midnight in Paris, mejor guion original en dos ocasiones), su presencia en la industria se ha visto progresivamente marginalizada.
El ocaso en Hollywood
El movimiento #MeToo de 2017 marcó un punto de inflexión definitivo. Las acusaciones de abuso sexual formuladas por su hija adoptiva Dylan Farrow en 1992, que Allen siempre ha negado rotundamente, resurgieron con nueva fuerza. Actores y actrices que habían trabajado con él expresaron arrepentimiento, y grandes estudios cerraron sus puertas. Amazon canceló un contrato multimillonario, y su última película, Coup de chance, se estrenó en 2023 de forma independiente, sin el respaldo de ningún gran distribuidor estadounidense.
Este rechazo institucional contrasta con la devoción de un núcleo fiel de seguidores que defienden la separación entre obra y autor. Argumentan que su legado artístico debería juzgarse por méritos propios, independientemente de las acusaciones personales. Sin embargo, para las víctimas y activistas, esta postura resulta insostenible, al minimizar el daño de las denuncias de abuso.
Un estilo inconfundible
Desde el principio, Allen desarrolló una firma autoral única. Sus primeras comedias absurdistas como Todo lo que usted quiso saber sobre el sexo evolucionaron hacia un cine más reflexivo y existencial. La colaboración con la actriz Mia Farrow durante doce años produjo algunas de sus obras más personales, como Púrpura de Manhattan o Crímenes y pecados.
Su obsesión por Nueva York como escenario principal, su banda sonora de jazz clásico, sus personajes intelectuales atormentados por la muerte, el amor y el sentido de la vida, conforman un estilo que millones han imitado pero nadie ha igualado. Incluso en sus películas europeas recientes, rodadas en Londres, París o Roma, su voz narrativa permanece inalterable.
La polémica que lo define
Las acusaciones de Dylan Farrow, quien asegura haber sido abusada sexualmente por Allen cuando tenía siete años, han sido el epicentro de la controversia. Aunque dos investigaciones en la década de 1990 no encontraron pruebas concluyentes para procesarle, el caso se reabrió con el #MeToo. El documental HBO Allen v. Farrow (2021) presentó nuevas perspectivas que polarizaron aún más la opinión pública.
Allen ha mantenido una postura consistente: niega las acusaciones y habla de una campaña de venganza por parte de Mia Farrow tras su separación y su posterior relación con Soon-Yi Previn, otra hija adoptiva de Farrow. Este escándalo de 1992 ya había sacudido su imagen pública, pero su matrimonio con Soon-Yi, que perdura desde 1997, añade otra capa de complejidad a su figura.
El legado en debate
A los 90 años, Allen representa un dilema cultural sin fácil resolución. Por un lado, su contribución al cine es indiscutible: ha influenciado a generaciones de cineastas, desde Wes Anderson hasta Greta Gerwig, y sus películas siguen siendo estudiadas en facultades de cine worldwide. Su capacidad para producir una película anualmente durante décadas demuestra una disciplina y pasión raras en la industria.
Por otro, las acusaciones de abuso y su relación con Soon-Yi, comenzada cuando ella era una adolescente y él el pareja de su madre, representan para muchos una línea moral infranqueable. La industria cinematográfica, particularmente sensible tras #MeToo, ha optado por la cancelación efectiva, mientras que en Europa, especialmente en Francia, Italia y España, mantiene un estatus de artista maldito.
Reflexiones desde la distancia
En sus últimas entrevistas, Allen ha mostrado una actitud de resignación ante su ostracismo en Hollywood. Afirma que el cine ha cambiado, que las plataformas streaming no le interesan, y que prefiere concentrarse en proyectos más pequeños y personales. Esta postura de artista incomprendido encaja con su imagen de intelectual melancólico, aunque muchos interpretan esto como una forma de eludir responsabilidad.
Su autobiografía A propósito de nada (2020) fue rechazada por múltiples editoriales antes de ser publicada, otro síntoma de su pariah status. En ella, reafirma su inocencia y ofrece su versión de los hechos, pero para los críticos, no aborda con suficiente profundidad el daño causado.
Una figura sin resolución
Los 90 años de Woody Allen nos enfrentan a las limitaciones de separar al artista de la persona. Su cine ha capturado la ansiedad existencial de la modernidad como pocos, pero esa misma modernidad le ha exigido cuentas que no puede o no quiere rendir. Mientras algunos defienden su derecho al trabajo y al reconocimiento, otros argumentan que la seguridad de las víctimas debe primar sobre cualquier legado artístico.
La pregunta que permanece es si el tiempo borrará las polémicas o si estas definirán definitivamente su lugar en la historia. Por ahora, Allen continúa escribiendo y rodando, aunque lejos de los focos de Hollywood, mientras el debate sobre su figura sigue vivo en cada aniversario, cada retrospectiva, cada nueva denuncia o defensa.
En el complejo ecosistema del cine contemporáneo, Woody Allen es simultáneamente un monumento y una advertencia: un recordatorio de que el talento no exime de responsabilidad, y de que la cultura popular cada vez tiene menos paciencia con las transgresiones de sus ídolos. Sus 90 años no cierran el debate, sino que lo reabren con nueva intensidad en una época que exige justicia y rendición de cuentas por encima de la genialidad artística.