Paco Lobatón: la infancia que forjó al periodista

La voz del reconocido comunicador rememora sus años en Jerez, el legado de su madre y los sueños que lo llevaron al Ondas

La voz de Paco Lobatón flota pausada, precisa, como si cada palabra iluminara un rincón del pasado que hasta ahora había permanecido en penumbra. "Nací en una calle llamada Porvenir", dice, y con esa simple frase despliega todo un mundo de recuerdos que remontan a los años cincuenta en Jerez de la Frontera. La infancia del periodista transcurrió entre ese primer hogar y una granja del Paseo de las Delicias, un entorno rural que marcó su forma de entender la vida. "No puedo imaginar una niñez más plena", confiesa con convicción, convencido de que la felicidad temprana marca para siempre el carácter de una persona y determina su relación con el mundo.

Más de cincuenta años en la esfera pública han convertido a Lobatón en un rostro familiar para millones de españoles. Sin embargo, esta conversación representa una novedad absoluta: es la primera vez que alguien tan cercano —su propia hija— le interroga con la intención de desentrañar los cimientos de su biografía. Como familiar ha compartido su día a día, las comidas, los silencios, los momentos cotidianos, pero nunca había accedido a su relato íntimo, a las claves emocionales que explican el hombre detrás del profesional. Ahora, se convierte en interlocutora privilegiada y testigo de la historia que culmina con un Premio Ondas de honor, el reconocimiento más importante de su carrera.

El gran público lo identifica fundamentalmente con dos etapas: los Telediarios de Televisión Española, donde su rostro se convirtió en sinónimo de rigor informativo, o con el emblemático programa de los noventa 'Quién sabe dónde', que le situó como un pionero en la búsqueda de personas desaparecidas. Pero antes de esos éxitos profesionales existió un niño de granja, un escritor adolescente que ya redactaba relatos, un soñador incansable que montaba obras de teatro en espacios improvisados de su casa. Más adelante, un joven inconformista que abrazó la causa democrática con pasión, incluso cuando eso le costó el exilio temporal. Su trayectoria no nació en un plató, sino en un hogar donde diez hermanos convivían bajo el ala protectora de Pedro y Rosario, sus padres.

La figura materna emerge con especial fuerza en el relato, convertida casi en mito familiar. Rosario provenía de una familia de farmacéuticos; su hermana ejerció efectivamente la profesión en la ciudad. A ella, sin embargo, le correspondió el rol de cuidar a los demás, de dedicar su vida a la familia numerosa. Sin estudios formales, desarrolló una inteligencia natural y aguda que asombraba a quienes la conocían. "Escribía con una caligrafía perfecta y narraba historias que parecían salidas de García Márquez", evoca Lobatón con reverencia y una punzada de dolor. La pena de no haberla conocido en su plenitud —falleció cuando su hija aún no había cumplido un año— se mezcla con el orgullo por su legado y la certeza de que su ausencia física no ha impedido que su influencia perdure.

"La bondad de mi madre es herencia y forma parte de la memoria de nuestra familia", afirma con solemnidad, como si pronunciara un credo personal. Los diez embarazos dejaron secuelas irreversibles en su salud: problemas circulatorios crónicos que derivaron finalmente en la amputación de ambas piernas. "Y a pesar de todo, en circunstancias donde otros culpan al destino o a Dios, ella se tornó en el ser más generoso que he conocido", recuerda con asombro. Esa capacidad de transformar el sufrimiento físico en compasión espiritual se convirtió en el patrimonio emocional más valioso de los Lobatón, una lección de dignidad que el periodista ha llevado consigo toda su vida.

Los primeros pasos artísticos llegaron con diecisiete años, en plena adolescencia. Sus padres, conscientes de su vocación, le financiaron el viaje desde Jerez hasta el Teatro Real de Madrid para participar con su grupo de teatro escolar. Interpretaron obras de vanguardia de Bertolt Brecht, muy transgresoras para la época, y la clásica 'Sandalias del Pescador'. "Sin embargo, la majestuosidad de aquel escenario me paralizó... y, como suele ocurrir, decidí explorar otras vidas profesionales", reconoce con una sonrisa a distancia que no oculta el qué hubiera sido. El miedo escénico, o quizás la intuición de que su destino no estaba exactamente en las tablas, lo desvió hacia horizontes más cercanos a la narración y la comunicación.

La Universidad Complutense de Madrid le esperaba con nuevos desafíos intelectuales y políticos. Allí, su facilidad para escribir panfletos, manifiestos y declaraciones dentro del movimiento estudiantil le valió el apodo de Poe, abreviatura de poeta, que sus compañeros le pusieron con cariño y admiración. En Jerez ya había militado en círculos de cristianismo progresista, una corriente que combinaba fe y compromiso social; en la capital, esa inquietud se radicalizó y encontró su plenitud. Se unió a quienes luchaban junto a obreros y colectivos sociales por conquistar libertades negadas durante décadas de dictadura.

De aquellos años de activismo y formación surgió el periodista que luego conoceríamos en nuestras casas. La pasión por contar historias, heredada de su madre, se canalizó hacia la comunicación audiovisual. La curiosidad innata, alimentada en las calles de Jerez y los pasillos universitarios, se convirtió en su herramienta profesional más afilada. Y esa bondad materna, en la empatía que ha caracterizado su trabajo, especialmente en programas que buscaban reconstruir vidas rotas y reencontrar a personas perdidas.

El Premio Ondas que ahora recibe no es solo un reconocimiento a una carrera televisiva exitosa. Es la coronación de una trayectoria que comenzó en una calle llamada Porvenir, que creció en una granja del Paseo de las Delicias, que se formó en la lucha democrática y que siempre llevó en su corazón las historias de su madre. Es el triunfo de quien supo leer el mundo con la inteligencia natural que Rosario le transmitió, aun sin haberla podido abrazar en su madurez. Un premio que reconoce no solo el talento, sino la ética y los valores que lo sustentan.

La conversación concluye con esa certeza simple y radical con la que empezó: que la vida puede ser un regalo desde sus primeros instantes. Que la alegría de la infancia imprime una huella indeleble en el carácter. Y que, al final, somos herencia de quienes nos precedieron, memoria viva de sus enseñanzas y portadores de su bondad en un mundo que necesita más que nunca de esos valores esenciales. La voz de Paco Lobatón, pausada y precisa, ha logrado lo que tantos años de entrevistas no consiguieron: mostrarse sin defensas, como el niño de la calle Porvenir que nunca dejó de soñar.

Referencias