El 23 de febrero de 1981 es una fecha grabada a fuego en la memoria colectiva española. La imagen del teniente coronel Tejero irrumpiendo en el Congreso de los Diputados con su característico tricornio se ha convertido en un icono visual indiscutible. Sin embargo, la nueva serie 'Anatomía de un instante', dirigida por Alberto Rodríguez y basada en la obra de Javier Cercas, elige un camino menos transitado: prescindir de la epopeya del golpe para centrarse en las vidas de quienes, meses antes, ya habían sellado su destino como "traidores" de sus propias causas.
La producción, que ya ha cosechado elogios de crítica y público, no busca reconstruir minuciosamente las 22 horas que mantuvieron en vilo a España. Su verdadero interés reside en desentrañar el contexto político y personal de tres figuras clave: Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Tres hombres que, desde posiciones ideológicas diametralmente opuestas, compartieron la decisión de transgredir los dogmas de sus respectivos bandos para facilitar la transición a la democracia.
El enfoque narrativo resulta refrescante en un género que suele caer en la tentación del thriller político o el drama histórico grandilocuente. Alberto Rodríguez, responsable de títulos como 'La isla mínima' y 'Modelo 77', confiesa en declaraciones a los medios su intención de huir de la "impostura épica". Junto a los guionistas Fran Araújo y Rafael Cobos, ha construido un relato donde el humor y la humanización de los personajes son herramientas fundamentales. "Incluso una imagen como la de Tejero con la pistola hacia arriba se tiene asociada a la frase 'se sienten, coño' y realmente lo que está diciendo en ese momento es 'vais a darle a uno de los nuestros, parad'", señala el director, subrayando cómo la memoria colectiva deforma los hechos.
Esta precisión en los detalles históricos se extiende a la representación de los protagonistas. El equipo creativo tenía claro que quería evitar la imagen estereotipada de los guardias civiles irrumpiendo en la cámara. "Nos generaba urticaria", reconoce Rafael Cobos. En su lugar, optaron por una exploración psicológica de los personajes, mostrando cómo "plantaron distancia con los suyos y acabaron apartados de la primera línea". Un mensaje que cobra especial relevancia en tiempos actuales, donde la polarización política parece dejar poco espacio para el disenso constructivo.
La transformación de Álvaro Morte en Adolfo Suárez constituye uno de los pilares de la serie. El actor, reconocido internacionalmente por su papel en 'La Casa de Papel', desaparece tras el maquillaje y la prótesis nasal para encarnar al primer presidente democrático de la España postfranquista. "He descubierto un personaje con muchísima ambición, pero con propósito de consolidar una democracia y una honestidad", explica Morte. Su interpretación captura la dualidad de un político que, habiendo presidido Televisión Española y conocedor del lenguaje audiovisual, poseía un "carisma avasallador" que le permitió navegar por las turbulentas aguas de la Transición.
Junto a él, Eduard Fernández completa el retrato con su visión del personaje: "Especialmente con las mujeres…", bromea, mientras Morte aclara que su enfoque fue buscar "los matices para que sea un personaje poliédrico". Esta humanización evita la hagiografía, presentando a Suárez como un líder con defectos y virtudes, ambicioso pero también visionario.
El segundo capítulo se centra en Santiago Carrillo, el secretario general del Partido Comunista de España que decidió que su organización aceptara la monarquía, la bandera y el himno nacional a cambio de su legalización. Fue, en palabras de los creadores, "tirarse a la piscina, pero con mucha precisión". Una jugada política que le costó el ostracismo entre sus propias filas pero que resultó indispensable para la estabilidad del nuevo régimen.
La serie no se detiene en el momento del golpe, sino que lo utiliza como un punto de inflexión narrativo para mirar hacia atrás. Cada episodio construye el perfil de estos líderes, mostrando sus trayectorias, sus dilemas morales y las presiones a las que se enfrentaron. El desvanecimiento de la dictadura no fue un proceso lineal ni pacífico, sino una negociación constante donde los principios ideológicos chocaban con la realpolitik.
Los creadores insisten en que "del 23-F sabemos y no sabemos". No aluden a documentos secretos, sino a la naturaleza misma de la memoria histórica. Cada generación reinterpreta los hechos a través de su propio prisma, y la distancia temporal puede distorsionar tanto como aclarar. La serie se convierte así en un ejercicio de arqueología emocional, excavando en las motivaciones personales más allá de los discursos oficiales.
La producción visual de la ficción refleja este compromiso con la verdad. Los escenarios, el vestuario y la fotografía recrean los años setenta y ochenta con una fidelidad que no busca la nostalgia, sino la autenticidad. Cada detalle, desde los interiores de los despachos ministeriales hasta los gestos de los personajes, está cuidadosamente diseñado para transportar al espectador a una época de incertidumbre y esperanza.
El trabajo de Alberto Rodríguez con Rafael Cobos ya había explorado la Transición en otras ocasiones, pero 'Anatomía de un instante' representa su obra más ambiciosa y completa sobre el periodo. Reconocen haberse convertido en "cronistas oficiales de esa época", aunque el director promete, entre risas, no volver a rodarla. Han dicho todo lo que tenían que decir sobre aquellos años convulsos.
La relevancia de la serie trasciende el mero entretenimiento histórico. En un momento en el que España vuelve a debatir sobre su pasado, los símbolos nacionales y la naturaleza de su democracia, 'Anatomía de un instante' ofrece una lección de pragmatismo político. Los tres protagonistas representan la idea de que la democracia no se construye con pureza ideológica, sino con concesiones difíciles, diálogo y, sobre todo, coraje para traicionar a los propios cuando la patria lo exige.
El éxito de la ficción radica en esta universalidad. Mientras que el 23-F fue un evento específicamente español, el dilema de los líderes que deben elegir entre sus principios y el bien común es global. La serie permite al espectador contemporáneo reflexionar sobre la naturaleza del compromiso político y el precio de la libertad.
Los creadores han logrado evitar el panfleto sin caer en la neutralidad anodina. Cada escena está impregnada de una perspectiva crítica pero comprensiva, reconociendo las contradicciones de sus personajes sin juzgarlas. Es un equilibrio difícil que solo puede lograrse desde el respeto por la complejidad histórica.
La recepción del público demuestra que hay hambre de este tipo de narrativas. Las audiencias buscan historias que les ayuden a comprender el presente a través del pasado, que desmitifiquen sin desacreditar. 'Anatomía de un instante' responde a esta demanda con una propuesta valiente y necesaria.
En definitiva, la serie se erige como un hito en el tratamiento audiovisual de la historia reciente de España. No se contenta con contar qué pasó, sino que se pregunta por qué pasó y quiénes fueron los verdaderos artífices de la democracia. Al centrase en los "traidores", en realidad nos muestra a los constructores silenciosos de un país que, pese a todo, logró sortear el abismo.