Adiós a Raúl del Pozo: el periodismo pierde a una de sus últimas leyendas

El icónico columnista fallece a los 89 años, dejando un legado inmenso en la crónica política y el periodismo literario español

El sector periodístico español enfrenta una semana marcada por el duelo. Solo siete días después de la desaparición de Fernando Ónega, el gremio despide a otro de sus pilares fundamentales. Raúl del Pozo ha fallecido a los 89 años, confirmando así uno de los períodos más trágicos para la comunicación en nuestro país. Su partida simboliza el cierre de una época, la de un periodismo que combinaba rigor analítico, prosa literaria y compromiso informativo con una maestría que escasea en la actualidad.

Nacido en 1936 en Mariana, un pequeño pueblo de la comarca conquense de Campo de Ribatajada, Del Pozo encarnaba la esencia del profesional que llega a la capital desde la provincia, armado únicamente con talento y una ética de trabajo inquebrantable. Su vocación se gestó lejos de los focos, en las calles de su tierra natal, donde desarrolló la mirada perspicaz que posteriormente definiría toda su obra.

Los cimientos de su trayectoria se asientan en 1960, cuando un joven Raúl del Pozo debutó en el Diario de Cuenca, un medio modesto pero crucial para su formación. En esa humilde redacción forjó las bases de un estilo que fusionaba la precisión del reportero con la elegancia del narrador. No tardó en dar el salto a Madrid, donde su nombre comenzó a cobrar relevancia.

La década de los 70 representó su período de consagración en la legendaria redacción del diario Pueblo. Allí, Del Pozo se transformó en un referente, perfeccionando el arte de narrar la realidad con ritmo y profundidad. Su paso posterior por Mundo Obrero e Interviú durante los años 80 consolidó su prestigio, mereciendo distinciones como el Premio de Periodismo Pedro Rodríguez y el Premio Francisco Cerecedo, galardones que anticipaban la grandeza de su carrera.

La verdadera especialidad de Raúl del Pozo, aquella que le erigió como autoridad indiscutible, fue la crónica parlamentaria. Con una habilidad excepcional para desentrañar las complejidades del poder, se consolidó como el analista de actualidad por antonomasia, capaz de convertir el devenir político en relatos accesibles y cautivadores para el público general. Su voz se volvió esencial en todos los soportes: prensa escrita, radio y televisión.

En la pequeña pantalla, su figura se vinculó indisolublemente a los espacios presentados por María Teresa Campos. Primero en Día a día y después en Cada día, Del Pozo aportó su perspectiva aguda y su prosa cuidada a millones de espectadores. Su presencia no era la de un mero comentarista, sino la de un narrador que elevaba el análisis político a la categoría de arte.

La radio constituyó otro ámbito donde desplegó su talento. Tras recorrer numerosas emisoras, mantenía hasta hace escasos meses su sección Viva el vino en Onda Cero, un espacio donde combinaba actualidad con su otra gran pasión: la enología. Simultáneamente, colaboraba en Más de uno con Carlos Alsina, quien curiosamente firma el prólogo de su biografía.

Esa biografía, titulada No le des más whisky a la perrita y editada en 2020, fue obra de los periodistas Jesús Úbeda y Julio Valdeón. El volumen recorre la vida de un hombre que entendió el periodismo como vocación y estilo vital, no como simple ocupación. El prólogo de Alsina, su compañero de micro, refleja la mutua admiración entre dos maestros del oficio.

El capítulo más emblemático de su carrera, no obstante, se desarrolló en El Mundo. Si bien colaboraba con este diario desde 1991, fue en 2007 cuando asumió un relevo de enorme simbolismo. Tras el fallecimiento de Francisco Umbral, Raúl del Pozo heredó la mítica columna El ruido de la calle, un espacio que había consagrado a Umbral como institución. Durante más de quince años, Del Pozo honró ese legado con su propia voz, manteniendo viva una de las columnas más prestigiosas del periodismo patrio hasta prácticamente el día de su muerte.

Su influencia en el columnismo fue tan profunda que, desde 2016, su nombre identifica el premio de columnismo 'Raúl del Pozo'. Este galardón, que reúne un jurado de excepción con figuras como Arturo Pérez-Reverte, Antonio Lucas o Manuel Jabois, distingue la excelencia en el arte de la columna. La recompensa simbólica consiste en una cena con los miembros del jurado en el mítico restaurante Casa Paco de Madrid, un gesto que refleja la vocación social y gastronómica que acompañó siempre a Del Pozo.

El sobrenombre de 'último tahúr del periodismo' respondía a una realidad. Raúl del Pozo encarnaba una forma de entender el oficio que hoy parece en vías de extinción: el profesional que arriesga todo por la historia, que juega sus cartas con audacia, que fusiona información y literatura sin sacrificar el rigor. Su desaparición deja un vacío considerable en un panorama mediático donde la velocidad suele primar sobre la calidad narrativa.

El fallecimiento de Del Pozo no supone solo la pérdida de un profesional excepcional, sino el adiós a un vestigio de un periodismo prácticamente desaparecido. Aquel que se forjaba en redacciones de papel y tinta, que primaba la palabra bien escrita por encima de las métricas digitales, que comprendía la actualidad como un tejido complejo que exigía paciencia para desentrañar. En una era de titulares estridentes y contenidos desechables, su figura recordará que el buen periodismo es, en esencia, un oficio de artesano.

Este período de duelo para el periodismo español, con la pérdida de Ónega y Del Pozo en apenas una semana, nos obliga a valorar las voces curtidas por décadas de experiencia. El gremio se queda sin dos de sus referentes más sólidos, pero hereda un legado de rigor y estilo que debería orientar a las nuevas generaciones.

Raúl del Pozo ha cerrado los ojos, pero su voz perdura en cada texto que escribió, en cada análisis que ofreció a lectores y oyentes. Su obra, extensa y diversa, trasciende el mero ejercicio informativo para convertirse en testimonio literario de nuestra historia reciente. El último tahúr ha abandonado la mesa, pero las cartas que jugó permanecen sobre ella, mostrándonos cómo se cuenta una historia con honestidad y arte.

Referencias