La última creación de Noah Baumbach para Netflix, Jay Kelly, aterriza en la plataforma tras una breve ventana en salas de cine, y lo hace con la intención de desmontar las artificiosidades de Hollywood desde una perspectiva íntima y existencial. La película, coescrita junto a Emily Mortimer, adopta la estructura de un road movie introspectivo que sigue a una estrella del cine en declive rumbo a una ceremonia de homenaje que pondrá en jaque su ya frágil identidad.
La cinta arranca y cierra con dos momentos de notable fuerza simbólica. En su inicio, nos sumerge en las complejidades brutales de la creación cinematográfica; en su desenlace, nos recuerda la obsesión humana por proyectar una imagen mejorada de nosotros mismos. Es esta dualidad entre la verdad y la representación el núcleo pulsante de una obra que no teme reírse de sus propios creadores.
De Bergman a Baumbach: Una tradición de introspección
La sombra de Ingmar Bergman y su obra maestra Fresas salvajes (1957) planea sobre todo el metraje. Bergman describió su película como un viaje por puertas que se abren: una hacia la infancia, otra hacia la realidad, una calle lateral que conduce a un fragmento de vida. Su protagonista, un profesor anciano en camino a un homenaje académico, revisaba su existencia sin recurrir a flashbacks convencionales, sino observándose a sí mismo en el continuo fluir del tiempo.
Esta técnica de psicoanálisis fílmico ha inspirado a numerosos cineastas contemporáneos. Desde Al nacer el día de Goran Paskaljevic hasta Jimmy P. de Arnaud Desplechin, pasando por la sensibilidad de Kogonada en Un viaje atrevido y maravilloso. Sin embargo, quizás el acercamiento más audaz fue el de Carlos Saura en La prima Angélica, que utilizó al mismo actor, José Luis López Vázquez, para representar todas las etapas vitales de su personaje, incluso la niñez.
Baumbach bebe de esta tradición pero la traslada al territorio pantanoso de la fama actual. Si Bergman exploraba la memoria personal, Baumbach investiga la identidad pública y el coste de mantenerla.
El precio de ser alguien más
En Jay Kelly, el profesor anciano se convierte en una estrella de cine global, interpretada con ironía y vulnerabilidad por George Clooney. El actor, conocido por su carisma y perfección de imagen, aquí se mofa de sí mismo encarnando a un celebrity atrapado en el bucle de ser «siempre otro» y nunca sí mismo. El título mismo de la película se convierte en un espejo: ¿dónde termina el personaje y empieza la persona?
La trama sigue a este actor de fama internacional mientras viaja a un festival para recibir un premio a toda su carrera. Pero cada kilómetro recorrido es también un paso hacia el desmoronamiento de su máscara. Las expectativas, los encuentros forzados y la presión de mantener el estatus convierten el viaje en un descenso a los infiernos de la artificialidad.
Adam Sandler: El agente como confidente
Uno de los aciertos más brillantes del filme es la figura del agente, encarnado por un sorprendente Adam Sandler. Lejos de su faceta cómica, Sandler construye un personaje sutil: un hombre que es secretario, esclavo, confesor y consejero a la vez. Es el único que conoce las verdaderas grietas del ídolo, el filtro entre la estrella y un mundo que la devora.
Este rol secundario se convierte en el corazón emocional de la historia. A través de su relación con el protagonista, Baumbach dibuja el mapa de dependencias tóxicas que alimenta la industria: el famoso necesita del agente para sobrevivir a su propia leyenda, y el agente necesita del famoso para justificar su propia existencia.
El séquito: Un ejército de ilusiones
Completan el panorama el habitual séquito hollywoodiense: publicistas, maquilladores, asistentes personales y asesores de imagen. Cada uno representa una capa más de la cebolla de la falsedad. Baumbach utiliza a estos personajes para ilustrar cómo la autenticidad se diluye en un mar de intereses comerciales y de vanidad protegida.
La película no juzga, pero sí expone. Muestra la obstinación por parecer mejor de lo que se es como un mecanismo de supervivencia, no como una simple vanidad. En un entorno donde cada gesto es registrado, cada palabra analizada y cada error castigado públicamente, la opción de ser «real» se convierte en un lujo que pocos pueden permitirse.
Reflexión final: La cápsula de Netflix
Jay Kelly es, en esencia, una tragicomedia existencial que funciona como terapia de grupo para una industria en crisis de identidad. Baumbach, lejos de condenar, invita a la empatía. La película termina donde empezó: recordándonos que hacer cine es difícil, pero ser uno mismo en el proceso es aún más complejo.
La obra se suma a la tradición de los grandes films sobre la memoria y la identidad, pero con un giro contemporáneo que la hace imprescindible para entender los tiempos que vivimos. No es solo una película sobre Hollywood; es una película sobre la dificultad de ser humano cuando el mundo te obliga a ser un ícono.