La vigésima edición de Gran Hermano tiene los días contados. Así lo confirmó Jorge Javier Vázquez durante la gala del pasado jueves, poniendo fin a semanas de especulación. El reality más icónico de la televisión española cerrará sus puertas antes de las fiestas navideñas, marcando el final de una era que duró más de dos décadas y media.
La decisión no sorprende a quienes siguen de cerca la industria televisiva. Los indicadores de audiencia han mostrado una tendencia descendente imparable, mientras el interés del público se desvanecía con cada emisión. Telecinco, la cadena propietaria del formato, ha visto cómo su buque insignia se convertía en un lastre insostenible en medio de la peor crisis de su historia.
Durante la quinta gala de esta última edición, Jorge Javier Vázquez tomó la palabra para anunciar lo que muchos temían: "El desenlace está cada vez más cerca. Todos pasarán la Navidad con sus familias y uno de ellos como ganador de GH 20". Un mensaje cuidadosamente elaborado para minimizar el impacto de una noticia que, en realidad, pone punto final a un programa que revolucionó la parrilla televisiva hace 25 años.
La cadena optó por un anuncio directo desde el plató en lugar de un frío comunicado corporativo. Esta elección buscaba humanizar el cierre y reducir el drama en torno a una decisión que, según fuentes internas, era inevitable. Sin embargo, la realidad es tozuda: tres expulsiones en una sola noche y dos la semana anterior evidenciaban una estrategia desesperada por agilizar un final que ya estaba escrito.
Los números no mienten. Gran Hermano apenas superaba el 12% de share en sus mejores momentos, cifras impensables para un formato que en su época dorada rozaba el 40%. En un contexto donde Telecinco atraviesa su peor momento histórico, mantener un programa con estos resultados resultaba económica y estratégicamente inviable. Que un reality histórico no pudiera superar el 12% de pantalla con una cadena en plena debacle era una ecuación insostenible.
El modelo de reality con concursantes anónimos ha perdido su atractivo original. En una era dominada por influencers, creadores de contenido y celebrities, el concepto de encerrar a personas desconocidas ya no resuena con las audiencias actuales. Los intentos de revitalizar el formato mediante cambios en la dinámica del juego o en la selección de participantes han fracasado estrepitosamente.
Es imposible ignorar el impacto histórico del programa. Lanzado en el año 2000, se convirtió en un fenómeno sociocultural que definió una generación. Durante años, fue el motor de la programación de Telecinco y generó ingresos millonarios. Sin embargo, todo ciclo tiene su fin, y el modelo que funcionó en la primera década del siglo XXI ya no tiene cabida en el panorama audiovisual actual.
La cadena enfrenta una tormenta perfecta. La caída de audiencia de Gran Hermano se suma a una programación generalizada que no encuentra su sitio en un mercado cada vez más fragmentado. La competencia de las plataformas streaming, la migración de jóvenes espectadores a TikTok e Instagram, y la falta de renovación en los formatos tradicionales han creado un caldo de cultivo para el desastre.
Curiosamente, la noticia del cierre de Gran Hermano coincidió con otra decepción para los aficionados a la televisión: la confirmación de que España no participará en Eurovisión 2026. Mientras que RTVE no ha conseguido su objetivo de expulsar a Israel del festival, Telecinco tampoco ha logrado salvar su formato estrella. Dos golpes en un mismo día para la televisión convencional.
¿Significa esto el fin de los realities de encierro en España? Probablemente no, pero sí marca el cierre de un capítulo específico. Los formatos evolucionan, y lo que viene son producciones más ágiles, con participantes conocidos y una integración mayor con las redes sociales. El Gran Hermano de anónimos, tal y como lo conocimos, ha muerto.
Desde el mundo de la televisión, las reacciones son de tristeza pero también de comprensión. Muchos profesionales que han trabajado en el programa durante años ven con pesar cómo desaparece un formato que les dio de comer, pero reconocen que la decisión es lógica desde el punto de vista empresarial. "Es como despedir a un familiar enfermo", comenta un productor anónimo.
Detrás de los números hay personas. Equipos técnicos, guionistas, cámaras, editores... Decenas de profesionales que ahora verán reducida su carga de trabajo. La producción de Gran Hermano generaba empleo directo e indirecto, y su desaparición deja un vacío en una industria ya de por sí frágil.
El declive fue paulatino pero constante. Desde la edición de 2017, cada temporada mostraba peores resultados. La sobreexposición del formato, la saturación de realities en la parrilla, la falta de novedades reales y el cambio de hábitos de consumo crearon un cóctel explosivo. El público simplemente se cansó.
El caso Gran Hermano sirve como caso de estudio para las televisiones tradicionales: ningún formato es eterno, y la innovación es clave para sobrevivir. Quedarse anclado en el pasado, por muy exitoso que fuera, es una sentencia de muerte. Las cadenas deben arriesgar, experimentar y, sobre todo, escuchar a sus espectadores.
Lo que queda de edición será un epílogo acelerado. Los concursantes saldrán en oleadas, las galas se harán más breves, y el ganador recibirá un premio que simboliza el cierre de una era. Será un final digno, pero triste. Como dijo Jorge Javier, todos estarán en casa para Navidad, pero la televisión española habrá perdido una de sus piezas más emblemáticas.
El anuncio de Jorge Javier Vázquez no es solo el fin de una edición, sino el cierre de un ciclo. Gran Hermano, el programa que cambió la televisión en España, se despidió anoche con un anuncio que intentó ser suave pero que no pudo ocultar la cruda realidad: el modelo ha muerto. Telecinco ahora debe mirar hacia adelante y encontrar nuevas fórmulas que conecten con el espectador del siglo XXI. El reto es enorme, pero la alternativa es desaparecer.