La princesa del lujo que vive en un piso compartido y compra en Zara

Beatriz de Orleans, ex directora de Dior en España, defiende un lujo inteligente lejos de ostentaciones y títulos nobiliarios

A sus 83 años, Beatriz de Orleans representa una paradoja viviente en el exclusivo barrio de Salamanca de Madrid. Mientras su título de princesa francesa le abre las puertas de los establecimientos más selectos del planeta, ella prefere compartir un apartamento señorial con un profesor de religión y otro de música. "Mi título me abre un 4% de puertas y me cierra el otro 96%", afirma con su característico acento galo durante una entrevista en el restaurante Amós del Rosewood Villa Magna, donde el director del hotel ha abierto exclusivamente para ella antes de la hora habitual.

Esta mujer, nacida en Neuilly-sur-Seine y viuda del príncipe Miguel de Orleans, lleva más de una década viviendo en esta situación que desafía los convencionalismos. "Estaba buscando casa y no encontraba nada que me gustara. Un amigo me ofreció alquilarme una habitación y me pareció bien", explica sin el menor rubor. Más de diez años después, la arreglada solución persiste y ella afirma estar "encantada" con la situación.

Su historia en España comenzó a mediados de los años setenta, cuando llegó al país alojándose temporalmente en el Palacio de la Zarzuela. Su entonces marido, pariente lejano de Juan Carlos de Borbón, la conectaba con la alta alcurnia española. Sin embargo, la realidad que encontró contrastaba fuertemente con su formación intelectual en la Sorbona, donde había estudiado Ciencias Políticas.

Antes de su llegada a España, Beatriz había iniciado su carrera profesional como periodista de moda para Women's Wear Daily, cubriendo los desfiles de París y entrevistando a leyendas como Yves Saint Laurent y Coco Chanel. "Me encantaba mi trabajo, pero tuve que dejarlo cuando me casé. Entonces las princesas no trabajaban, mucho menos como periodistas", recuerda. La boda, celebrada en 1967 en vísperas de Mayo del 68, fue considerada "desigual" por el conde de París, quien se opuso al matrimonio.

La transición española les sorprendió a ambos. "España ha tenido dos épocas nefastas: la Inquisición y el franquismo", sentencia. La escasez de referentes intelectuales en la España de la época la impactó: "Cuando llegué, no había escritores, ni pintores, ni pensadores, ni filósofos. Los teníamos a todos en Francia". Lo que más le llamó la atención fue el nivel de conversación en ciertos círculos femeninos: "Hablaban únicamente de los niños y del servicio. Yo era como un objeto singular", confiesa, aunque asegura haber desarrollado "piel de cocodrilo" ante las críticas.

La necesidad económica impulsó su carrera en el sector del lujo. Con tres hijos y dificultades de su marido para encontrar empleo, Christian Dior le ofreció abrir la firma en España. "Me dije a mí misma: ¿por qué no?", relata. Así se convirtió en la primera consejera delegada de Dior en España y, probablemente, la única princesa en nómina de una multinacional del lujo. Durante más de tres décadas, lideró la expansión de la marca gala en el mercado ibérico, recibiendo la Legión de Honor de la República Francesa por su labor.

Su concepción del lujo dista de lo materialista. "Nací en la guerra y fui educada en un castillo del XVIII sin agua caliente ni calefacción. A los ocho años ya teníamos que leer a Voltaire", rememora. "No tuve lujos materiales, pero sí el lujo de una cabeza bien hecha". Esta filosofía la aplica a su vida actual: "Mi lujo es tener una familia que va muy bien, viajar o dar un paseo por el parque del Retiro".

Tras su jubilación, fundó la Asociación Española del Lujo, una entidad sin ánimo de lucro que promociona productos artesanales españoles en el extranjero. Lo que empezó con tres empresas ha crecido hasta más de 170 asociadas, incluyendo hoteles de prestigio, bodegas premium y marcas de moda históricas. Como presidenta de honor, viaja por el mundo abriendo puertas en grandes almacenes como Harrod's para que el talento español traspase fronteras. En 2020, Felipe VI le concedió la Orden de Isabel la Católica por esta labor.

Su relación con el dinero y la ostentación resulta paradigmática. "Nunca he tenido dinero y me da absolutamente igual. Con la edad, te importa aún menos", asegura. Critica abiertamente la cultura de los logos: "Odio llevar algo en lo que se vea una marca o un logo". En contraste, celebra el modelo de negocio de Inditex: "Amancio es un personaje fascinante. Y Marta ha montado todo el lado cultural".

Su cercanía con Bernard Arnault, presidente de LVMH, le da una perspectiva única sobre la industria. "Compró Dior cuando solo tenía 34 años. Es muy sobrio: come muy poco, no bebe, es muy tímido y trabaja mucho", describe. Trabajaron juntos casi treinta años y comparten una ética laboral exigente: "En LVMH, si no trabajas duro, estás fuera".

Cuando se separó del príncipe Miguel en 1994, fue a ver a Arnault para comunicarle que dejaría de ser princesa. La respuesta del magnate fue desmitificadora: "¿Y qué más me da? No me digas que vienes a molestarme por eso". Finalmente conservó el título por autorización del jefe de la casa, aunque hoy confiesa: "Ahora, si te digo la verdad, los títulos me dan igual".

Su postura política resulta igualmente heterodoxa para una aristócrata. Defiende la república francesa con vehemencia: "Francia es una república democrática y, pese a lo que digan, va bien". Considera que la fragmentación actual en la Asamblea Nacional representa "la quintaesencia de una democracia". Respecto a su sobrino, el actual conde de París, quien aboga por restaurar la monarquía gala, su respuesta es tajante: "Eso es imposible".

Sobre Juan Carlos de Borbón, se declara abiertamente "juancarlista" y defiende su figura. "A los franceses nos interesa la figura del rey Juan Carlos porque es un Borbón. Adora a las mujeres, como cualquier Borbón. ¿Y? En Francia estamos orgullosos de las amantes de nuestros reyes", argumenta, remarcando las diferencias culturales entre ambos países.

Madrid ha cambiado radicalmente en estas décadas. Observa con distanciamiento la llegada de "millonarios latinoamericanos por todos lados" y cómo "las marcas de lujo viven de ellos". Sin embargo, ella mantiene sus hábitos terrenales: "Voy mucho a Zara. A mi edad ya tengo un buen fondo de armario y no necesito mucha ropa".

El negocio del lujo, según su perspectiva, ha perdido exclusividad con la globalización. "Hay tiendas de Dior o Louis Vuitton hasta en los aeropuertos. Es un poco triste... Es la globalización. Ahora es lo mismo en todos lados", reflexiona con cierta melancolía.

A sus casi 84 años, Beatriz de Orleans encarna una coherencia vital rara en el mundo de la aristocracia y el lujo. Su vida en un piso compartido, su rechazo a la ostentación, su defensa de la república y su pasión por promover el talento artesano español construyen un retrato único. Una mujer que ha transformado su título de privilegio en herramienta de trabajo, pero que vive con los pies en la tierra, lejos de las galas y los palacios. "El lujo es sinónimo de excelencia. Puede ser un Rolls-Royce o un bolso de Dior, pero también un buen queso. El lujo es relativo", concluye. Y en su caso, el mayor lujo parece ser la libertad de vivir exactamente como elige, sin importar las expectativas que su apellido pueda generar.

Referencias