La adaptación de Carlos Álvarez en el Levante UD se ha convertido en uno de los temas más debatidos dentro del seno granota durante las últimas jornadas de Primera División. El futbolista sevillano, que llegó a la élite con el cartel de promesa tras su decisivo gol del ascenso en Burgos, no ha logrado mantener el mismo nivel de brillantez que exhibió en Segunda División. La reconversión táctica que implementó Luís Castro, tras su llegada al banquillo, buscaba potenciar sus cualidades, pero los resultados no han acompañado las expectativas generadas inicialmente.
Durante el tramo inicial de la temporada, bajo la dirección de Julián Calero, Álvarez actuaba como un falso extremo derecho con libertad para desplazarse hacia el centro del campo. Este rol le permitía asociarse con el balón controlado y buscar espacios entre líneas. Sin embargo, la exigencia defensiva de la máxima categoría del fútbol español expuso las limitaciones de este esquema. Los defensores rivales, más intensos y rápidos, neutralizaron su incidencia en los partidos, lo que motivó un cambio de rumbo en su posicionamiento.
La solución de Castro consistió en reubicarle en la mediapunta, justo por detrás del delantero centro, con funciones de enlace entre la línea de ataque y el centro del campo. En teoría, esta posición se ajustaba perfectamente a las características del andaluz, conocido por su visión de juego y su capacidad para el último pase. El estreno en este nuevo rol no pudo ser más prometedor: una victoria contundente por 0-3 en el mítico Sánchez Pizjuán contra el Sevilla, su club de formación. En aquel encuentro, Álvarez marcó un gol que no celebró por respeto a su exequipo y provocó un penalti decisivo. Aquella actuación generó una euforia que, con el paso de las semanas, ha resultado ser un espejismo.
Desde aquel partido, el rendimiento del futbolista ha experimentado un declive preocupante. Ha acumulado ocho jornadas consecutivas sin ver portería ni registrar asistencias, igualando su peor registro en la élite. Esta sequía estadística refleja una realidad más profunda: la dificultad para adaptarse al salto de calidad que supone la Primera División. Los rivales son más físicos, tácticamente más preparados y conceden menos espacios, lo que ha mermado su capacidad para ser decisivo.
Un factor determinante que no se puede obviar es su estado físico. Álvarez arrastra durante toda la temporada unas molestias en el pubis que no desaparecen por completo. Esta dolencia crónica limita su explosividad, su capacidad para girar sobre sí mismo y su confianza a la hora de encarar a los defensores. La lesión le obliga a retrasar su posición para recibir el balón con más comodidad, pero este ajuste choca con las exigencias tácticas de Castro.
El propio entrenador portugués ha abordado públicamente esta problemática en ruedas de prensa. Sus palabras reflejan una preocupación constructiva: «Carlos es un jugador que tiene características distintas en algunas situaciones y estamos trabajando con el posicionamiento para que pueda mejorar, porque es un jugador que le gusta mucho tener el balón, pero cuando quieres tener el balón mucho muchas veces vienes más cerca del balón, pero cuando vienes más cerca del balón no estás en la posición en la que puedes decidir el partido y donde puedes hacer más daño. El jugador tiene sus características, es un jugador que le gusta mucho el balón y a veces viene para posiciones que no quiero tanto porque no va a hacer tanta diferencia, entonces estamos trabajando con él, es uno de los jugadores con los que estamos trabajando, como todos los jugadores pensamos que pueden mejorar, pero sí esperamos que Carlos pueda venir en su mejor versión porque es un jugador que puede dar algo más al equipo».
Este discurso revela el quid de la cuestión: el equilibrio entre la necesidad del futbolista de tocar el balón y la exigencia táctica de ocupar espacios de decisión. Álvarez tiende a retrasar su posicionamiento para participar en la construcción, pero al hacerlo abandona las zonas donde puede ser más letal: entre líneas, de espaldas a la defensa, recibiendo para generar peligro en el último tercio del campo.
La dificultad para recibir de espaldas se ha convertido en su talón de Aquiles. En la mediapunta, debe saber proteger el balón, girar y distribuir con velocidad. Sin embargo, la intensidad defensiva de la Primera División le está costando asumir este rol. Los centrales rivales le presionan en cuanto recibe, lo que le fuerza a jugar de espaldas o a retrasarse, alejándose del área rival.
El trabajo que Castro y su cuerpo técnico están desarrollando con el jugador busca corregir estos automatismos. La idea es que Álvarez aprenda a mantener su posición avanzada, a confiar en sus compañeros para la salida del balón y a moverse en espacios reducidos donde su técnica pueda marcar la diferencia. No se trata de cambiar su naturaleza, sino de optimizarla para la élite.
La situación actual plantea un dilema interesante. Por un lado, el Levante necesita el talento desequilibrante de Álvarez para crear ocasiones claras. Por otro, el equipo no puede permitirse el lujo de tener un mediapunta que no genera peligro directo. La solución pasa por un proceso de adaptación mutua: el jugador debe ajustar su posicionamiento y lectura del juego, mientras que el cuerpo técnico debe diseñar mecanismos que faciliten su participación sin mermar la eficacia colectiva.
El futuro inmediato de Carlos Álvarez en el Levante pasa por superar esta crisis de confianza y adaptación. Su calidad es indiscutible, como demostró en Segunda División y en momentos puntuales de esta temporada. Sin embargo, el fútbol de élite no espera. La competencia por la permanencia es implacable y cada partido es una oportunidad para demostrar valía o quedar relegado al ostracismo.
La clave estará en encontrar el equilibrio perfecto entre su instinto de buscar el balón y la disciplina táctica necesaria para ser efectivo en la mediapunta. Si logra dominar el arte de recibir entre líneas, proteger el balón bajo presión y distribuir con criterio, su versión mejorada podría ser el empujón que necesita el Levante para asegurar la permanencia. De lo contrario, el espejismo del Pizjuán podría convertirse en un recuerdo lejano de un potencial que nunca se consolidó.
El trabajo diario en el entrenamiento, la comunicación con el cuerpo técnico y su propia capacidad de superación determinarán el desenlace de esta historia. El Levante confía en que su joya de la corona pueda brillar con luz propia en la élite, pero el tiempo apremia y los resultados deben llegar cuanto antes. La mediapunta del equipo granota sigue siendo un puesto en construcción, y Carlos Álvarez tiene la última palabra para demostrar que puede ser su dueño indiscutible.