La muerte de Donald Sutherland en junio de 2024 dejó un vacío en el mundo del cine, pero también una inesperada controversia legal que continúa generando titulares. Meses antes de su fallecimiento, el actor de MASH y Los juegos del hambre había firmado un lucrativo contrato editorial para publicar sus memorias, un proyecto que prometía revelaciones sin filtros sobre su extensa carrera y vida personal. Sin embargo, ese libro nunca llegó a las librerías y ahora sus herederos se niegan a permitir su publicación, desatando una batalla legal con la editorial Penguin Random House.
El acuerdo, anunciado con bombo y platillo en marzo de 2024, establecía la publicación de Made Up, But Still True (Invenciones, pero aun así ciertas) para el 12 de noviembre de ese año. La editorial Crown, sello de Penguin Random House, describió el proyecto como una obra de "cruda honestidad" y "perverso sentido del humor" donde Sutherland relataría sus múltiples encuentros con la muerte, su relación con sus padres y anécdotas exclusivas de los rodajes de sus películas más icónicas. El anticipo de 400.000 dólares que recibió el actor era solo una fracción del total acordado: 1,25 millones de dólares por un manuscrito que, según la editorial, nunca se entregó.
El pasado 30 de octubre, Penguin Random House presentó una demanda en un Tribunal Federal de Nueva York contra McNichol Pictures, la compañía del fallecido actor. El motivo: incumplimiento de contrato y la negativa de los sucesores de Sutherland a devolver el dinero adelantado. Según documentos judiciales, tras la muerte del intérprete, la editorial intentó en múltiples ocasiones contactar con los representantes de la empresa para obtener el manuscrito, pero recibieron respuestas evasivas. Los herederos, cuya identidad no ha sido revelada públicamente, expresaron "problemas no especificados" con el contenido del libro, una objeción que ha paralizado completamente el proyecto.
La línea editorial fijó una fecha límite para diciembre de 2024, que pasó sin consecuencias. Ahora exige no solo la devolución de los 400.000 dólares iniciales, sino también el cumplimiento de las cláusulas contractuales que establecían la entrega de la obra completa. La demanda detalla cómo Crown fue informada de las reticencias familiares en noviembre, justo cuando el libro debía estar en prensa, creando un callejón sin salida legal y creativo.
El caso plantea interrogantes sobre el control post mortem de las obras autobiográficas. ¿Pueden los familiares bloquear la publicación de memorias escritas por un figura pública que acordó contractualmente su difusión? Los expertos en derecho editorial señalan que esto depende de cómo esté redactado el contrato y de las leyes de propiedad intelectual aplicables. Si Sutherland completó el manuscrito antes de su fallecimiento, los derechos de autor podrían haberse transferido a sus herederos, quienes tendrían potestad para decidir sobre su publicación. Sin embargo, el anticipo recibido complica la situación, creando una obligación legal que no desaparece con la muerte del autor.
La promesa de "cruda honestidad" que tanto entusiasmaba a la editorial parece ser precisamente el punto de fricción. Quienes conocían al actor describen su personalidad como irreverente y sin censura, características que habrían plasmado en páginas que ahora incomodan a su entorno más cercano. Las memorias prometían detalles sobre sus "demasiados roces con la muerte", posiblemente aludiendo a experiencias personales y profesionales que los herederos consideran demasiado íntimas o potencialmente dañinas para la imagen del actor.
Donald Sutherland, cuyo verdadero apellido era McNichol, dejó un legado cinematográfico innegable con más de cinco décadas de carrera. Desde sus papeles en Kelly's Heroes y Don't Look Now hasta su icónico personaje del presidente Snow en la saga de Los juegos del hambre, su voz distintiva y presencia escénica marcaron a generaciones. Su relación con la industria siempre fue compleja, y en entrevistas previas había mostrado una disposición a hablar sin tapujos sobre los excesos de Hollywood, sus propias luchas y sus opiniones políticas.
La demanda de Penguin Random House no solo busca recuperar la inversión económica, sino también hacer valer un principio contractual fundamental. En el competitivo mundo editorial, los anticipos representan una apuesta de futuro, un voto de confianza en el autor y su obra. Cuando un contrato se firma, las obligaciones mutuas no desaparecen con el fallecimiento, sino que pasan a los herederos o ejecutores de la herencia. La negativa a entregar un manuscrito completado o a devolver el dinero adelantado constituye una violación de esos términos.
El caso también refleja la tensión inherente a las memorias de celebridades. Por un lado, el público demanda revelaciones auténticas y sin filtrar. Por otro, las familias y patrimonios artísticos buscan proteger la privacidad y la reputación. Sutherland, al parecer, optó por la transparencia total, una decisión que sus herederos ahora cuestionan. La editorial, por su parte, había invertido recursos en promoción, diseño y distribución, preparando una campaña que nunca vio la luz.
Mientras el litigio avanza en los tribunales neoyorquinos, el manuscrito permanece bajo llave, su contenido un misterio que alimenta la especulación. ¿Qué secretos de los estudios de Hollywood contenía? ¿Qué reflexiones íntimas sobre la mortalidad y el envejecimiento en la industria del entretenimiento plasmó el actor en sus últimos meses? Las respuestas dependen ahora de una resolución judicial que podría sentar precedente para futuros conflictos similares.
El legado de Donald Sutherland queda momentáneamente empañado no por sus logros profesionales, sino por esta disputa legal que pone de manifiesto las complejidades de gestionar la memoria de un artista después de su partida. Mientras tanto, los fans y estudiosos de su carrera esperan pacientemente, con la esperanza de que eventualmente puedan acceder a las palabras que el actor consideró importantes dejar como testamento final de su extraordinaria trayectoria.