La industria del entretenimiento vive una época de transformación constante donde las historias preexistentes dominan el panorama. En este contexto, la saga cinematográfica más taquillera de los últimos años en España, Padre no hay más que uno, da el salto inevitable a la televisión con una propuesta que sorprende por su audacia: reinventarse completamente manteniendo solo la esencia del título.
Desde este domingo 25 de mayo, Atresplayer acoge el estreno de la serie homónima con un despliegue episódico semanal que permitirá medir la recepción del público capítulo a capítulo. La plataforma de streaming Amazon Prime Video, por su parte, optará por lanzar la temporada completa de 12 episodios el próximo 6 de febrero, una estrategia que refleja la confianza en el producto y la diversidad de modelos de consumo actual.
La creación de esta nueva versión corre a cargo de Inés de León, quien firma el desarrollo creativo junto a la coescritura de Raúl Navarro. Su visión dista radicalmente de los filmes dirigidos y protagonizados por Santiago Segura, que entre 2019 y 2025 consolidaron una franquicia de cinco entregas que ya funcionaban como una serie de capítulos largos en sí mismos. La diferencia clave radica en una decisión creativa valiente: construir un universo paralelo sin continuidad directa, con familias, conflictos y registros completamente renovados.
La trama se centra en los Vicho Vaello, una pareja con cinco hijos que enfrenta un reto vital común a muchas familias contemporáneas: la reconversión laboral y parental. Ella, tras años dedicada exclusivamente a la crianza, retorna al mercado laboral ocupando un puesto directivo en Conchy, la aplicación que en las películas gestionaba el personaje de Segura. Él, por el contrario, asume el rol de padre principal responsable del cuidado de los niños, aplicando rigurosamente los principios de manuales de crianza consciente y pedagogía moderna.
Este cambio de roles tradicionales se ve acompañado de una mudanza forzada que desestabiliza a los hijos y pone a prueba la adaptabilidad familiar. El escenario permite explorar las tensiones entre teoría y práctica, entre los ideales pedagógicos y la cruda realidad del día a día con cinco personalidades en desarrollo. El humor emerge precisamente de esa fricción, de las expectativas frustradas y de la imperfección inherente a cualquier modelo parental.
Daniel Pérez Prada y Marian Hernández encarnan a los progenitores protagonistas con una química creíble y un trabajo actoral que sostiene la narrativa. Pérez Prada, en particular, construye un personaje diametralmente opuesto al icónico Javier Luna de Segura. Si el cineasta madrileño representaba el caos desordenado, el humor físico y cierto regusto chabacano, el nuevo protagonista exhibe unas formas más refinadas, introspectivas y vulnerables. Su comedia no proviene de la torpeza extrema, sino del contraste entre su perfeccionismo teórico y la imprevisibilidad de la vida real con niños.
Marian Hernández, por su parte, dibuja una madre que, lejos de ser un mero contrapunto, aporta una visión más pragmática y tradicional de la crianza. Esta dualidad permite cuestionar qué modelo es realmente más efectivo, sin caer en juicios moralistas. La serie se beneficia de esta complejidad, ofreciendo una reflexión sobre la paternidad en el siglo XXI que las películas apenas insinuaban.
El tono blanco y situacional de la ficción televisiva marca una ruptura deliberada con el humor más directo y a veces escatológico de la gran pantalla. Esta decisión puede expandir el público objetivo, atraer a espectadores que buscan comedia sin renunciar a la inteligencia narrativa. Sin embargo, el desafío es mantener el ritmo y la frescura a lo largo de doce episodios sin caer en la repetición.
Los tres capítulos facilitados a la crítica revelan un punto débil identificable: la caracterización de los hijos. Los personajes infantiles y adolescentes requieren mayor desarrollo para evitar arquetipos planos. Los intérpretes jóvenes necesitan tiempo para asentar sus roles y generar empatía. La serie tiene margen de mejora en este aspecto, y probablemente la evolución de estos personajes marque el éxito a medio plazo de la ficción.
La trama también insinúa que el entorno cercano —abuelos, tíos, amigos del vecindario— irá ganando peso narrativo conforme avance la temporada. Este engranaje secundario será crucial para sostener la trama, proporcionar subtramas y evitar que la dinámica central se agote. La capacidad de crear un universo rico en personajes secundarios memorable será determinante.
Desde una perspectiva de mercado, la estrategia de distribución dual es inteligente. Atresplayer capitaliza el estreno exclusivo y la fidelización de suscriptores, mientras Prime Video aprovecha el binge-watching y su alcance global. Esta doble ventana refleja cómo las plataformas adaptan sus modelos a diferentes perfiles de consumidor.
La pregunta clave es si el público fiel a las películas aceptará esta reconversión. La marca Padre no hay más que uno está asociada a un tipo de humor específico, a un actor carismático y a una fórmula probada. La serie apuesta por la evolución, por un registro más sofisticado que pueda perdurar en el tiempo. Es un riesgo calculado que podría resultar en un producto más duradero y versátil.
La producción técnica muestra un cuidado estético notable, con una fotografía que refleja la calidad estándar de las ficciones originales de Atresplayer. La dirección permite el desarrollo pausado de situaciones, algo impensable en el formato cinematográfico donde el gag impera. Este ritmo televisivo exige paciencia tanto de los creadores como del espectador.
En el panorama de la comedia nacional, esta apuesta representa una tendencia de madurez. Las series familiares españolas están dejando atrás los clichés del pasado para abordar temas reales con humor inteligente. El éxito de Merlí, Paquita Salas o Los hombres de Paco demuestra que el público valora la evolución de géneros.
La clave para que Padre no hay más que uno, la serie trascienda será encontrar el equilibrio entre la comedia accesible y la profundidad dramática. Los mejores momentos de los episodios iniciales surgen cuando el guion permite la vulnerabilidad de los adultos, cuando el fracaso diario se muestra con honestidad y ternura. Esa es la verdadera diferencia con el cine: el tiempo para respirar, para fallar, para crecer.
La industria observará atentamente los resultados de audiencia. Si la serie funciona, abrirá la puerta a más reinvenciones de franquicias con criterio artístico, no solo comercial. Si falla, reforzará la idea de que las marcas deben mantenerse fieles a su esencia original. El experimento, en cualquier caso, es necesario para la salud creativa del sector.
En definitiva, la propuesta de Inés de León y su equipo es valiente y necesaria. No se trata de imitar, sino de reimaginar. No de copiar, sino de expandir. La paternidad, la maternidad y la familia son terrenos infinitos para la comedia y el drama. Esta serie elige explorarlos con respeto, inteligencia y, sobre todo, con una voz propia que merece ser escuchada más allá de las comparaciones inevitables con su predecesora cinematográfica.