La tragedia del accidente ferroviario de Adamuz ha sumido a la sociedad en un estado de conmoción colectiva que se ve amplificado por la incesante exposición mediática. En momentos como estos, cuando las noticias negativas inundan nuestros dispositivos y conversaciones, surge una necesidad urgente de comprender cómo este bombardeo informativo impacta nuestra salud emocional. Raquel Perera, reconocida coach emocional, ha abordado esta problemática en profundidad, ofreciendo herramientas valiosas para navegar por estas aguas turbulentas sin que nuestra salud mental se vea comprometida.
El fenómeno de la sobrecarga informativa no es nuevo, pero sí se ha intensificado en la era digital. Perera advierte que muchas personas operan bajo la falsa creencia de que consumir noticias negativas no les afecta, cuando en realidad, nuestro sistema emocional registra cada estímulo. El cerebro humano, evolutivamente hablando, no está diseñado para procesar la cantidad masiva de información negativa a la que estamos expuestos diariamente. Esta exposición crónica genera un estado de alerta constante que, con el tiempo, se traduce en estrés persistente.
La experta enfatiza que carecemos de filtros naturales para gestionar este torrente de información desfavorable. Cuando sumamos las preocupaciones personales, laborales y familiares a las noticias externas, el organismo interpreta esta combinación como una amenaza continua. Esta percepción de peligro constante activa mecanismos de defensa que, si se mantienen activados, terminan por agotar nuestros recursos físicos y emocionales.
Las consecuencias de este estrés prolongado se manifiestan de múltiples formas. A nivel psicológico, la primera señal de alarma suele ser una sensación difusa de ansiedad y agotamiento. Muchas personas experimentan irritabilidad sin causa aparente, apatía ante situaciones que antes les resultaban gratificantes, y una pérdida generalizada de ilusión. Este estado emocional se agrava cuando no somos capaces de identificar la fuente exacta de nuestro malestar, lo que genera frustración adicional.
Perera identifica un síntoma particularmente preocupante: el bloqueo emocional. Como mecanismo de supervivencia, el cerebro puede llegar a desconectar nuestra capacidad de sentir para protegernos del dolor constante. Esta anestesia emocional, lejos de ser una solución, impide procesar experiencias saludablemente y nos aleja de la conexión con nosotros mismos y con los demás. Paralelamente, se instala una visión pesimista del futuro, donde las expectativas se tornan sombrías y la esperanza se diluye.
El impacto no se limita al ámbito emocional. El cuerpo físico registra esta tensión mediante síntomas concretos que no deben ignorarse. Los trastornos del sueño son uno de los primeros indicadores, seguidos de dolores de cabeza recurrentes, molestias digestivas, tensión muscular persistente y una fatiga que no desaparece con el descanso. Estas manifestaciones corporales son el lenguaje del organismo demandando atención y cuidado.
Ante este panorama, la coach emocional propone un enfoque preventivo y proactivo. La clave no reside en dejar de informarse, sino en gestionar conscientemente cómo y cuándo lo hacemos. Perera distingue entre el acto de informarse, que es necesario y saludable, y la falta de pausas restaurativas después de exponernos a contenido negativo. El cuerpo necesita tiempo para metabolizar la información y recuperar su equilibrio.
Las estrategias recomendadas se estructuran en cuatro pilares fundamentales. El primero es la discernimiento informativo: elegir activamente cuándo consumir noticias, cuánto tiempo dedicarles y qué fuentes consultar. Esto implica establecer límites claros, como evitar el consumo de información antes de dormir o durante las primeras horas del día, y seleccionar medios que ofrezcan un tratamiento equilibrado de los hechos.
El segundo pilar consiste en diferenciar entre lo que está bajo nuestro control y lo que no. Mucho del sufrimiento emocional proviene de preocuparnos por circunstancias que escapan a nuestra influencia. Reconocer esta distinción libera energía mental que puede dirigirse hacia acciones concretas y significativas dentro de nuestro ámbito de influencia.
El tercer elemento es el cuidado físico inmediato después de la exposición a noticias negativas. Perera sugiere prácticas como respiración consciente, movimiento físico suave, hidratación adecuada o simplemente un momento de silencio. Estas acciones sencillas envían señales de seguridad al sistema nervioso, contrarrestando la activación de estrés.
Finalmente, la compensación consciente implica balancear la negatividad con experiencias positivas intencionales. Buscar activamente contenido edificante, conectar con seres queridos, dedicar tiempo a hobbies gratificantes o practicar gratitud son formas de reequilibrar nuestro sistema emocional. No se trata de negar la realidad, sino de no permitir que la negatividad monopolice nuestra atención y energía.
La aplicación de estas herramientas requiere práctica y paciencia. No se trata de una solución mágica, sino de cultivar hábitos que fortalezcan nuestra resiliencia emocional. En contextos de crisis colectiva, como el accidente de Adamuz, estas prácticas se vuelven aún más cruciales para mantener la salud mental y poder acompañar a los afectados desde un lugar de estabilidad personal.
La reflexión final de Perera invita a la autocompasión. Reconocer que es normal sentirse afectado por las tragedias que nos rodean, permitirnos procesar las emociones sin juicio y priorizar nuestro bienestar no es un acto egoísta, sino una necesidad de supervivencia emocional en el mundo actual. Solo desde un lugar de equilibrio personal podemos construir comunidades más sanas y resilientes.