La noticia cayó como un jarro de agua fría en el mundo cultural madrileño: Tipos Infames, una de las librerías más emblemáticas de Malasaña, anunciaba su cierre definitivo tras quince años de actividad ininterrumpida. La frase que acompañaba el comunicado no dejaba lugar a dudas: "No es solo por la gentrificación, sino por el puto capitalismo". Un manifiesto de despedida que resume a la perfección la lucha de un pequeño negocio cultural contra las fuerzas económicas que han transformado irreversiblemente el corazón de Madrid.
El origen de Tipos Infames tiene algo de poético, casi tan literario como los libros que vendían. Todo comenzó con una simple partida de billar entre tres amigos: Gonzalo Queipo, Alfonso Tordesillas y Curro Llorca. Mientras las bolas rodaban por la mesa verde, los tres coincidieron en una idea que les rondaba la cabeza: abrir una librería que fuera algo más que un punto de venta. Querían crear un espacio vivo, un lugar donde la literatura se respirara en cada rincón y donde la comunidad pudiera encontrar su sitio. El nombre, curiosamente, llegó por azar: lo descubrieron en la cartela de un cuadro de Henri Fantin-Latour, Un coin de table, también conocido como Les affreux bonshommes, que en español se traduce como Tipos Infames. La pintura, que mostraba a un grupo de poetas bohemios rodeados de vino, flores y libros, capturaba exactamente la esencia de lo que querían construir.
En 2008, mientras España se hundía en la peor crisis económica de su historia reciente, estos tres emprendedores culturales inauguraban su proyecto en el número 3 de la calle San Joaquín, en el corazón de Malasaña. Aquel año, mientras los titulares hablaban de rescates bancarios y desempleo, The Economist destacaba su iniciativa como un referente valiente de emprendimiento cultural. La fórmula era sencilla pero poderosa: una librería independiente donde se podía tomar un café o un vino mientras se conversaba sobre literatura, un espacio que generara comunidad y estableciera vínculos reales con el tejido vecinal.
El éxito de Tipos Infames no tardó en llegar. Durante más de una década, se convirtió en un punto de referencia obligado para lectores, escritores y amantes de la cultura. Su programación de presentaciones, debates y actividades creó un ecosistema cultural propio que trascendía el mero comercio. En 2019, decidieron dar un paso más allá: abrieron un segundo local, justo enfrente, en el número 6 de la misma calle. Este nuevo espacio estaba dedicado a géneros específicos como el teatro, la novela gráfica, la poesía y la literatura infantil. Para ello, solicitaron un crédito y afrontaron una costosa reforma de ambos locales. Sin embargo, el destino les tenía preparada otra crisis: apenas cuatro meses después, la pandemia mundial paralizaba todo el planeta.
A pesar de los obstáculos, Tipos Infames sobrevivió al COVID-19 y continuó con su labor. En 2021, la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) les concedió el Premio Librería Cultural 2021, reconociendo la calidad de su proyecto y su incansable labor de dinamización del barrio. Pero los reconocimientos no podían frenar una realidad mucho más poderosa: la transformación brutal de Malasaña.
El pasado miércoles, Alfonso Tordesillas y Gonzalo Queipo, los dos socios actuales, publicaban un comunicado en redes sociales que sonaba como una sentencia: el proyecto llegaba a su fin. La decisión, tomada apenas quince días antes, no fue fácil. Gonzalo confesaba que la noche anterior se lo había contado a sus hijos pequeños, para quienes el local era "como su casa", un lugar donde llegaban y se quitaban los zapatos con total libertad.
Las razones del cierre son múltiples, pero todas convergen en un mismo punto: la imposibilidad de sostener un modelo cultural en un entorno que lo rechaza activamente. "No ha sido algo inmediato, sino resultado de un proceso que viene de hace tiempo", explica Tordesillas. La renovación de 2019 ya fue "complicada y muy condicionada", pero la situación actual se ha vuelto insostenible.
Los dos locales, ambos en alquiler, representan dos caras del mismo problema. El primero, el histórico San Joaquín 3, pertenece a una sociedad empresarial catalana. El segundo, el del número 6, es propiedad de una pareja de profesionales liberales. En ambos casos, los arrendadores han optado por estrategias que priorizan el beneficio inmediato sobre la estabilidad del tejido comercial. Los alquileres han escalado hasta límites que un negocio cultural, con márgenes ajustados y una vocación claramente no lucrativa, no puede asumir.
Pero el problema va más allá de los precios. Malasaña ya no es el barrio bohemio y alternativo que vio nacer Tipos Infames. La gentrificación ha transformado sus calles en un escaparate de franquicias multinacionales, tiendas de fast fashion y locales de comida rápida. La especulación inmobiliaria ha expulsado a los comercios de proximidad y a los residentes históricos, sustituyéndolos por un modelo turístico y consumista que homogeniza el paisaje urbano. "Esto no es algo puntual que solo nos afecte a nosotros", subraya Tordesillas. "No es solo la gentrificación, sino el puto capitalismo. El capitalismo puro y duro que hemos firmado todos y que compramos todos".
Esta reflexión apunta a una verdad incómoda: el mismo sistema que permite el florecimiento de ciertos negocios es el que eventualmente los destruye cuando ya no son rentables en el corto plazo. La cultura, en este modelo, solo tiene valor si genera beneficios inmediatos. Una librería que funciona como centro comunitario, que apuesta por la literatura de calidad y que construye vínculos sociales a largo plazo, no tiene cabida en un entorno donde el metro cuadrado se valora por su capacidad para generar máximos ingresos.
El cierre de Tipos Infames no es un caso aislado. En los últimos años, Madrid ha visto desaparecer decenas de locales culturales icónicos: librerías, salas de conciertos, galerías de arte y cafés históricos. Todos víctimas de la misma dinámica: la conversión de la ciudad en un producto financiero más que en un espacio de vida y creación. La administración pública, lejos de proteger estos espacios, ha facilitado su desaparición a través de normativas permisivas con la especulación y una ausencia de políticas culturales que defiendan el comercio local.
Lo que pierde Malasaña con la desaparición de Tipos Infames no es solo una librería. Se pierde un espacio de socialización donde se forjaban amistades y se tejían redes de apoyo mutuo. Se pierde un lugar de formación lectora donde los jóvenes descubrían autores y géneros que no encontrarían en las grandes superficies. Se pierde un centro de creación donde escritores consagrados y noveles podían conectar con su público de forma directa y cercana. En definitiva, se pierde una parte del alma del barrio.
Los socios de Tipos Infames no cierran por falta de clientes o por mala gestión. Cierran porque el modelo económico actual no premia la calidad, la comunidad o la cultura. Premia la velocidad, el volumen y el beneficio inmediato. En este contexto, una librería que invita a sentarse, a conversar, a degustar un vino mientras se hojea un libro, es un anacronismo que el mercado castiga.
La despedida de Tipos Infames sirve como síntoma de una enfermedad urbana que afecta a todas las grandes ciudades del mundo. La cultura se convierte en un adorno para el turismo de masa, pero no se le permite formar parte de la estructura económica real. Los creadores y los espacios culturales son tolerados mientras dan "color" al barrio, pero deben desaparecer cuando el terreno se vuelve demasiado valioso para ellos.
La reflexión de Tordesillas sobre el "capitalismo que compramos todos" es particularmente demoledora. Como sociedad, consumimos en franquicias, alentamos la especulación inmobiliaria con nuestros patrones de compra y demandamos un urbanismo que priorice la estética sobre la sustancia. Luego nos lamentamos cuando desaparecen los espacios que hacían único a nuestro barrio. El cierre de Tipos Infames es, en cierto modo, el resultado de nuestras propias contradicciones como consumidores y ciudadanos.
Ahora, los fundadores deberán buscar nuevos caminos. Quizás algún día vuelvan a jugar una partida de billar y surja una nueva idea. Quizás encuentren otro cuadro que les inspire un nuevo nombre. Pero lo que han construido en estos quince años no desaparecerá por completo. Quedará en la memoria de los miles de lectores que pasaron por sus puertas, de los escritores que presentaron allí sus obras y de un barrio que, aunque se empeñe en olvidarlo, una vez fue capaz de albergar sueños literarios.
El último capítulo de Tipos Infames se escribe con tinta de despedida, pero también de denuncia. Es un recordatorio de que la cultura no sobrevive sola, que necesita espacios físicos, apoyo económico y, sobre todo, una sociedad que valore lo que aporta más allá de su rentabilidad contable. Mientras eso no ocurra, seguiremos perdiendo nuestros lugares de encuentro, nuestras librerías, nuestras salas de conciertos y, con ellos, parte de nuestra identidad colectiva. La lucha contra la gentrificación no es solo una batalla por el territorio, es una batalla por el tipo de ciudad y de sociedad que queremos ser.