Paz Padilla, la reconocida humorista y presentadora originaria de Cádiz, se encuentra en uno de los momentos más intensos de su trayectoria profesional. Con el estreno de la comedia Cuerpos locos en cartelera y la publicación de su nuevo libro Alzar el duelo, la artista demuestra una versatilidad que va más allá del entretenimiento puro, adentrándose en territorios emocionales y espirituales de profunda resonancia.
En Cuerpos locos, la película que comparte con el veterano actor Antonio Resines, Padilla explora una premisa que juega con los límites de la perspectiva. La trama, que involucra un intercambio de conciencia entre una adulta y una niña, sirve como metáfora perfecta para la filosofía que la comediante aboga en su vida real: la necesidad de cambiar de punto de vista para comprender mejor la realidad. "Cuando observas el mundo desde otra óptica, te das cuenta de que ni los buenos son tan buenos ni los malos tan malos", reflexiona la artista sobre el mensaje de la cinta.
La colaboración con Resines, quien se recupera de un percance de salud, ha sido una experiencia que Padilla califica como un verdadero regalo. "Es uno de los grandes de este país", afirma con admiración. Durante el rodaje, la humorista no pudo resistirse a jugarle constantes bromas al actor, aprovechando su faceta de "abuelo gruñón más tierno y generoso del mundo". Esta dinámica, lejos de ser mera diversión, revela la capacidad de Padilla para conectar con su niña interior en el ámbito profesional, una cualidad que considera esencial para su equilibrio emocional.
La importancia de mantener viva esa parte infantil es un tema recurrente en el discurso de la gaditana. "Necesito volver a ser niña cada día", confiesa. Durante sus viajes al extranjero, aprovecha el anonimato para comportarse con total libertad, haciendo "tonterías por la calle" sin temor al juicio ajeno. Esta actitud, lejos de ser una simple evasión, responde a una convicción profunda: la mayoría de los adultos han olvidado cómo alimentar a su niño interior, cómo mantener vivo el asombro, la ilusión y, sobre todo, la honestidad propia de la infancia.
Precisamente sobre la verdad es donde Paz Padilla muestra su posición más firme y, según admite, más costosa. Aunque reconoce que la honestidad emocional le ha pasado factura en ocasiones, mantiene una postura irreductible: "La verdad siempre acaba floreciendo". Recuerda una conversación con Paolo Vasile, quien le comentó que había aprendido a "saber lo que no tenía que decir". La respuesta de Padilla fue clara: ella no desea aprender esa lección. "No quiero fingir, quiero seguir siendo clara aunque haya gente que no lo entienda", asevera. Para ella, expresar un sentimiento como "te quiero" solo tiene valor cuando proviene de la autenticidad más profunda. "Prefiero gestionar una verdad a vivir en una mentira", resume.
Esta defensa de la autenticidad se extiende a su propia percepción de la realidad. Padilla no teme confrontar las verdades incómodas, tanto ajenas como propias. "Lo que duele es la vida", argumenta cuando se le pregunta si la verdad es dolorosa. Rechaza el autoengaño y la construcción de una identidad falsa, una postura que le ha permitido identificar contradicciones en los demás: "Conozco a mucha gente que cree que es buena persona y es todo lo contrario".
La reflexión constante sobre sus actos y decisiones es otra piedra angular de su desarrollo personal. La humorista practica meditación a diario, un hábito que le obliga a enfrentarse a todo lo hecho o dejado de hacer. Es precisamente esta introspección la que le llevó a escribir Alzar el duelo, una obra que nace de su "humilde experiencia" con el objetivo de acompañar a quienes atraviesan el difícil camino de la pérdida de un ser querido.
Lo que distingue el enfoque de Padilla es su combinación de intuición y formación académica rigurosa. La artista está inmersa en un máster de resiliencia y trabaja específicamente sobre el inconsciente con profesores de prestigio como Javier García Campayo, Luis Gutiérrez Rojas y Rafael Santandreu. Complementa estos estudios con cursos de neurociencia impartidos por Nazareth Castellano. "¡No paro de estudiar!", exclama, evidenciando un compromiso con el conocimiento que va más allá de lo profesional.
Cuando se le cuestiona sobre su espiritualidad, la respuesta es contundente: "Sí, porque he des..." (el texto original se corta, pero la idea es afirmar su convicción espiritual). Esta dimensión trasciende lo religioso para adentrarse en un terreno más amplio de conexión con uno mismo y con los demás, fundamentado en la ciencia y la práctica constante.
La trayectoria de Paz Padilla en estos últimos años muestra una evolución notable. Desde sus inicios en el mundo del humor, ha construido un puente entre el entretenimiento y el crecimiento personal, demostrando que ambos territorios no solo son compatibles sino complementarios. Su capacidad para reírse de las situaciones más complejas, combinada con una profundidad emocional poco común en el mundo del espectáculo, la convierte en una voz singular.
En Cuerpos locos, la comedia sirve como vehículo para hablar de empatía y cambio de perspectiva. En Alzar el duelo, la palabra escrita se convierte en herramienta terapéutica. En ambos proyectos, la autenticidad de Padilla es el hilo conductor. No se trata de una simple estrategia de marketing, sino de una forma de vida que ha decidido compartir públicamente.
La relación con Antonio Resines en el rodaje ejemplifica su filosofía: el respeto por la experiencia y el talento, combinado con la frescura de quien no teme jugar y ser vulnerable. Esa dualidad entre seriedad y ligereza, entre profundidad y humor, define su esencia artística.
Para Padilla, el estudio no es una obligación sino una necesidad vital. Su formación en resiliencia y neurociencia no está desconectada de su trabajo creativo; al contrario, la alimenta. Cada curso, cada maestro, cada práctica de meditación se traduce en una mayor comprensión de los mecanismos humanos, lo que enriquece tanto sus personajes como su capacidad para conectar con el público.
El mensaje central de su libro sobre el duelo refleja esta integración: no se trata de superar la pérdida desde el dogma, sino desde la experiencia vivida y validada por el conocimiento científico. Ofrece herramientas prácticas para "convivir con la parte más difícil de la vida", reconociendo que el dolor no desaparece, pero puede integrarse de forma saludable.
En un mundo donde la imagen pública a menudo se construye sobre filtros y artificios, Paz Padilla apuesta por la transparencia radical. Su rechazo a "aprender lo que no hay que decir" la posiciona como una figura incómoda para algunos, pero auténtica para muchos. No busca el consenso fácil, sino la conexión real.
La práctica diaria de meditación y su inmersión en estudios académicos demuestran que su espiritualidad no es una moda pasajera, sino un compromiso serio. Trabajar con el inconsciente, comprender los mecanismos neuronales de las emociones, estudiar la resiliencia desde una perspectiva científica: todo esto configura un enfoque holístico que distingue su propuesta.
Quizás lo más valioso de su mensaje sea la democratización del crecimiento personal. No presenta sus descubrimientos como una verdad exclusiva para iniciados, sino como un camino accesible a través del humor, la honestidad y el estudio constante. Su propia historia, marcada por pérdidas y desafíos personales, sirve como testimonio viviente de que es posible transformar el dolor en herramienta de ayuda para otros.
En definitiva, Paz Padilla representa un modelo de artista completo: capaz de hacer reír hasta las lágrimas, pero también de provocar la reflexión más profunda. Su legado no se medirá solo en taquilla o ventas de libros, sino en la capacidad de haber abierto espacios de diálogo sobre temas tabú como la muerte, la autenticidad emocional y el crecimiento interior. En una industria que a menudo premia la superficialidad, ella ha elegido el camino menos transitado: la verdad, por dolorosa que sea, como única vía para una vida plena.