La capital griega se convierte hoy en el escenario donde el Real Madrid intenta reconducir su rumbo. Con Thibaut Courtois ausente por una gastroenteritis que lo mantuvo en Madrid, Andriy Lunin se erige como el guardián de la portería blanca en un momento de evidente inestabilidad. La enfermedad del belga ha forzado una rotura inesperada en la columna vertebral del equipo, sacando al ucraniano de su habitual rol secundario para enfrentarse a una prueba de fuego en territorio heleno.
Los últimos compases del conjunto merengue han dejado un regusto agridulce. La derrota en Anfield y los tropiezos en Vallecas y Elche han generado un murmullo de preocupación que, sin embargo, no ha calado en los despachos del club. El liderato en LaLiga y la posición cómoda en el Top-8 de la Champions antes de esta jornada actúan como colchón contra el pesimismo. No obstante, una nueva cesión de puntos esta noche en el Georgios Karaiskakis podría transformar ese murmullo en un grito de alarma generalizado.
La metáfora de la tragedia griega cobra especial relevancia en este contexto. Perder ante el Olympiacos no sería solo un contratiempo deportivo, sino un golpe anímico de considerables dimensiones. Los de Xabi Alonso necesitan demostrar que los síntomas de debilidad exhibidos últimamente no son más que un espejismo temporal. La victoria se antoja como el único antídoto válido contra la duda, ese virus que puede ser más dañino que cualquier gastroenteritis cuando se propaga entre los aficionados y la plantilla.
El rival de turno presenta un perfil interesante. Bajo el mando de José Luis Mendilibar, el Olympiacos ha encontrado una identidad clara basada en la pragmatismo y la solidez defensiva. El entrenador extremeño, con más de dos décadas de experiencia sobre el tolosarra, ha convertido su feudo en una auténtica fortaleza. Siete triunfos consecutivos en casa entre Superliga griega y Copa avalan su trabajo, mientras que en la competición continental ha sabido resistir con ahínco: el empate sin goles ante el Pafos chipriota decepcionó, pero el 1-1 ante el PSV Eindhoven demostró su capacidad para competir contra rivales de entidad.
La figura de Evangelos Marinakis planea como una sombra ambivalente sobre el club ateniense. En sus quince años al frente del Olympiacos, el magnate naviero ha liderado una era dorada con 18 trofeos, incluyendo la histórica Conference League. El pasado verano batió el récord de traspaso de un futbolista formado en Grecia al vender a Charalampos Kostoulas al Brighton por 40 millones de euros. Sin embargo, esta faceta triunfalista convive con una trayectoria marcada por la inestabilidad y la polémica.
Marinakis ha despedido a 24 entrenadores en el Olympiacos y, en su faceta de propietario del Nottingham Forest, llegó a despedir a Ange Postecoglou tras solo 39 días. Su gestión ha estado salpicada de escándalos judiciales que empañan el brillo de los títulos. A principios de mes, fue encausado junto a 142 ultras del club y el alcalde del Pireo en el mayor macrojuicio por violencia y corrupción en el deporte de la historia de Grecia. Previamente, ya había sido investigado tras la explosión de una bomba en 2012 en la pastelería de un árbitro heleno. No llega al extremo de Ivan Savvidis, el presidente del PAOK que irrumpió en el campo con una pistola, pero su perfil tampoco pasa desapercibido.
El duelo en el banquillo resulta igualmente fascinante. Xabi Alonso, que ha visto cómo colaboradores de su quinta como Iñigo Pérez y Eder Sarabia generaban dudas, se enfrenta ahora a un veterano curtido en mil batallas. Mendilibar representa la antítesis de la teoría: donde el madridista apuesta por el juego elaborado, el extremeño prioriza la efectividad. Veinte años y ocho meses de diferencia separan a ambos técnicos, una distancia generacional que se traduce en filosofías contrastadas pero igualmente respetables.
El contexto del partido no puede ser más propicio para el Olympiacos. Su fortaleza en el Georgios Karaiskakis, donde ha ganado todos sus encuentros oficiales esta temporada, convierte el choque en una misión complicada para el Madrid. Los blancos, habituados a la presión, necesitarán mostrar su mejor versión para doblegar a un conjunto que en Europa ha demostrado ser especialmente difícil de batir en su feudo.
Para Lunin, esta noche representa una oportunidad de oro. El ucraniano, habitualmente relegado a un segundo plano, tiene la posibilidad de demostrar su valía en un escenario de máximo nivel. Su rendimiento bajo los tres palos será crucial para que el Madrid pueda gestionar los nervios inherentes a un momento de cierta fragilidad. La confianza que el cuerpo técnico deposita en él debe verse reflejada en una actuación serena y sin fisuras.
El tiempo dirá si Atenas se convierte en el lugar donde el Madrid encontró la terapia que necesitaba o, por el contrario, en el escenario de una tragedia que obligaría a replantear muchos conceptos. Lo que está claro es que, más allá de los puntos en juego, el partido de esta noche servirá para medir el pulso real de un equipo que coquetea con la crisis pero que aún tiene margen para revertir la situación. La victoria no sería solo un paso adelante en la tabla, sino un bálsamo para la confianza de una plantilla que necesita creer de nuevo en sus posibilidades.