El año 2009 marcó un punto álgido en la trayectoria profesional de Karmele Marchante, quien decidió dar un giro inesperado a su carrera apostando por la música. Sin embargo, lo que prometía convertirse en un salto a la fama internacional se vio abruptamente frenado por una decisión institucional que la artista recuerda con cierto resentimiento. La creación de su alter ego Pop Star Queen Poppy y el lanzamiento de Soy un tsunami representaban una apuesta arriesgada que chocó frontalmente con los intereses de Televisión Española (TVE), la entidad responsable de seleccionar al representante nacional para el Festival de Eurovisión.
El origen de esta controvertida canción resulta tan surrealista como el propio tema. Durante una emisión en directo del programa Sálvame, una acalorada discusión con el presentador Jorge Javier Vázquez provocó que Marchante abandonara el plató visiblemente molesta. Refugiándose en el baño del programa, sentada en la taza del inodoro según sus propias declaraciones, la periodista encontró una forma inusual de canalizar su frustración: entonar el famoso "La, la, la" de Massiel. Fue en ese momento de aislamiento y reflexión donde nació la chispa creativa que daría vida a su particular tsunami artístico.
El proceso de composición representó un desafío considerable para una profesional acostumbrada a los micrófonos pero ajena al mundo de la lírica. "Nunca había escrito poesía", reconoció Marchante con rotundidad durante su intervención en el programa ¡De Viernes! de Telecinco, mientras sus compañeros reaccionaban con sorpresa ante tal revelación. La creación de la letra se convirtió en un ejercicio de superación personal, alejado de su zona de confort profesional. A pesar de las dificultades iniciales, el resultado fue una composición que mezclaba patriotismo, humor ácido y un estética kitsch deliberada.
La letra de Soy un tsunami contenía versos que definían perfectamente la personalidad escandalosa de su creadora. Mientras la canción reivindicaba el orgullo español con estribillos como "Ultramar, ultramar, sueño amado de todo español", también desplegaba una serie de imágenes provocadoras que escapaban a los cánones convencionales: "Bótox al horno. Sexo en el Carrefour. Y ostras con champán". Esta combinación de patriotismo y picardía, acompañada de un estilo visual caracterizado por gafas de sol exageradas, pendientes estrafalarios y un rubio platino, configuraba una propuesta que rompía moldes pero que también generaba rechazo en ciertos sectores.
El verdadero obstáculo, sin embargo, no radicó en la calidad artística o en la polémica letra, sino en una guerra de poder entre cadenas televisivas. Marchante aclaró que la excusa oficial sobre el playback era irrelevante, recordando que artistas como Rodolfo Chikilicuatre habían participado en Eurovisión sin problemas. La realidad fue mucho más prosaica: existía un duelo de cadenas que impedía que una colaboradora de Telecinco representara a España en un evento organizado por TVE. La corporación pública se negó rotundamente a concederle el micrófono de cristal, vetando así la participación de Pop Star Queen.
A pesar del veto institucional, Soy un tsunami logró cierta notoriedad y se convirtió en un tema de culto para un sector del público. Marchante reconoció haber obtenido beneficios económicos significativos a través de actuaciones en bolos, aunque irónicamente admitió nunca haberse aprendido completamente la letra de su propia creación. La canción generó ingresos que, según insinuaciones en el programa, fueron objeto de disputas personales, particularmente con su exmarido, conocido como Pichurrín.
El legado de esta experiencia trasciende lo musical. Para Karmele Marchante representa un episodio de censura corporativa y limitación creativa, donde las dinámicas de poder entre medios de comunicación prevalecieron sobre el mérito artístico. La artista conserva, no obstante, el cariño del público, quien en ocasiones le recita versos de su tsunami en la calle, convirtiendo aquel intento frustrado de Eurovisión en un símbolo de resistencia contra la homogeneización cultural.
La historia de Karmele Marchante y su canción vetada ilustra cómo la industria televisiva española, con sus rivalidades y protocolos, puede truncar proyectos innovadores. Aquel "¡que te calles Karmele!" silenciado por TVE no impidió que su tsunami artístico, aunque contenido, dejara una huella imborrable en la memoria colectiva de un espectadorado hambriento de autenticidad.