En una coctelería de Madrid que rinde homenaje a las décadas doradas de la música, Michael Holbrook Penniman, el artista conocido mundialmente como Mika, se muestra tal cual es: una explosión de vitalidad, empatía y autenticidad. Con un español fluido y sin artificios, el creador libanés de 40 años repasa su trayectoria mientras saborea los encantos de una ciudad que considera su paraíso gastronómico. "Madrid es increíblemente habitable, su gente, su luz, su energía... me enamora", confiesa antes de preguntar con genuina curiosidad por tiendas infantiles para comprar regalos. Esa capacidad para conectar, para hacer que un desconocido se sienta como un viejo amigo, es su marca registrada.
La conversación fluye naturalmente hacia su reciente experiencia como coach en La Voz España, un programa que le ha permitido descubrir una faceta más cercana al público hispano. Aunque el rodaje ya finalizó, Mika aprovecha estas semanas de respiro para reconectar con el ritmo pausado de la vida cotidiana, lejos de la vorágine que pronto retomará con la promoción de su nuevo material discográfico.
Y es que febrero no solo trae consigo la primavera, sino también Hyperlove, su primer álbum desde 2019. Un trabajo conceptual que indaga en el significado del amor a través de un pop alternativo de altísima factura. El lanzamiento no es casual: el mes de San Valentín sirve de marco perfecto para un disco que, en esencia, es una carta de amor a la conexión humana. Como todo en su carrera, la sincronía entre contenido y contexto responde a una lógica interna, nunca al azar.
Los orígenes artísticos de Mika se remontan a su más tierna infancia. Con apenas tres años, ya movía su cuerpo al compás de melodías que solo él escuchaba. "Intento captar la música", respondía a su madre cuando le interrogaba sobre aquellos bailes espontáneos. Era su forma de expresar la autenticidad, de dejar fluir emociones que no podía verbalizar. A los ocho años, la dislexia severa le costó la expulsión del colegio, incapaz de leer o escribir correctamente. Mientras otros niños seguían el currículo, él se refugiaba en los parques por las mañanas y, al regresar a casa, se entregaba al piano y al canto.
Su madre, perspicaz, detectó el talento y lo inscribió en clases de música clásica. Las cinco horas diarias de práctica se convirtieron en una tortura para un niño que anhelaba libertad creativa, pero los resultados no tardaron en llegar. A los seis meses ya actuaba en la Royal Opera House de Londres, y con nueve años recibía su primera remuneración por sus actuaciones. "En clase era el idiota, pero en la música me sentía capaz, mayor. Decidí que ese sería mi camino", reconstruye con una mezcla de orgullo y melancolía.
La trayectoria de Mika está marcada por la resiliencia. Nacido en Beirut en 1983, la guerra obligó a su familia a exiliarse primero a París y luego a Londres. La adaptación fue un proceso doloroso: dificultades económicas, acoso escolar y la sensación constante de no encajar. Sin embargo, precisamente esas heridas se convirtieron en la materia prima de su creatividad. Su álbum debut, Life in Cartoon Motion, lanzado hace casi dos décadas, fue un fenómeno global que vendió millones de copias y le valió un Brit Award y una nominación al Grammy. Canciones como "Grace Kelly" no eran simples hits comerciales, sino himnos de superación para quienes se sentían diferentes.
Ahora, con Hyperlove, Mika regresa a sus raíces más introspectivas. El disco explora las múltiples capas del amor: el romántico, el filial, el auténtico, el que sana. Cada canción es una pieza de un rompecabezas emocional que invita al oyente a reflexionar sobre sus propias conexiones. El pop alternativo que caracteriza el álbum se enriquece con arreglos delicados y letras que no temen a la vulnerabilidad.
La experiencia en La Voz España ha sido, según sus propias palabras, una ventana a la diversidad vocal del país. "Escuchar a estos jóvenes talentos me recuerda por qué empecé. Hay una pureza en sus voces que no se puede fabricar", comenta. Su rol como mentor no se limita a técnicas vocales, sino que abarca la gestión emocional de la exposición pública, un terreno que él conoce de sobra.
Mika no oculta que el camino ha sido arduo. La fama repentina, las presiones de la industria y la lucha interna por mantener la autenticidad en un mundo que premia la homogeneidad han sido desafíos constantes. Pero su secreto reside en la honestidad. "No he fingido ser quien no soy. Mi música es mi diario, y cada disco es un capítulo de mi vida", afirma con contundencia.
En un momento en que la industria musical valora más los streams que el arte, Mika defiende la importancia del disco como obra completa. Hyperlove no es una colección de singles, sino un viaje sonoro que debe escucharse de principio a fin. Es una postura valiente, casi rebelde, que refleja su compromiso con la creatividad sobre el lucro.
El artista también reflexiona sobre la evolución del público. "Antes la conexión era más directa, más física. Ahora es digital, pero no por eso menos real. Solo hay que saber encontrarla", explica. Esa adaptación constante, sin perder la esencia, es lo que le ha mantenido relevante en una industria tan volátil.
La entrevista concluye con el mismo calor con el que empezó. Mika sigue siendo ese niño que bailaba para "captar la música", solo que ahora lo hace ante millones. Su historia no es solo la de un artista exitoso, sino la de un ser humano que transformó el dolor en belleza, la exclusión en inclusión y el miedo en amor. Y eso, quizás, sea el verdadero significado de Hyperlove: un recordatorio de que nuestras heridas pueden convertirse en nuestra mayor fortaleza si las abrazamos con honestidad.