El tiempo existe, pero su paso es una ilusión mental

Alberto Casas desgrana en 'La ilusión del tiempo' cómo la entropía modela nuestra percepción del pasado y el futuro

El físico Alberto Casas, investigador del Instituto de Física Teórica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha despertado un notable interés con la publicación de La ilusión del tiempo (Ediciones B). En esta obra, el autor recorre el concepto de tiempo a través de las grandes revoluciones científicas del siglo XX, desde la relatividad de Einstein hasta la mecánica cuántica y la termodinámica. Su tesis central resulta paradójica: el tiempo existe como entidad física, pero nuestra percepción de su transcurrir constituye lo que él denomina la mayor alucinación colectiva.

La distinción resulta fundamental. Mientras que la realidad física no duda de la existencia del tiempo como dimensión, las ecuaciones que describen la naturaleza no distinguen entre pasado y futuro. No existe, en los fundamentos matemáticos, una flecha que apunte inexorablemente hacia adelante. Sin embargo, la experiencia humana nos muestra un flujo constante y unidireccional. Esta contradicción aparente encuentra su resolución, según Casas, en el cerebro humano: nuestra mente interpreta la realidad de modo que percibimos un avance temporal que las leyes físicas no presuponen.

La simetría temporal de las leyes físicas constituye uno de los pilares de este razonamiento. Tanto la relatividad general como la mecánica cuántica operan con ecuaciones que funcionan perfectamente en ambas direcciones. Si un planeta orbita en sentido horario, las mismas fórmulas describen su movimiento en sentido antihorario. No hay preferencia inherente. El universo, en su lenguaje matemático, no marca un antes y un después diferenciados. La física habla de correlación entre eventos, no de causalidad en el sentido filosófico que entendemos intuitivamente.

Entonces, ¿qué origina nuestra convicción de que el tiempo fluye de atrás hacia adelante? La respuesta, según el investigador, reside en el principio de entropía. Este concepto termodinámico, que podríamos definir como la medida del desorden o del número de configuraciones posibles de un sistema, aumenta inexorablemente en una dirección temporal. El cosmos comenzó en un estado de mínima entropía en el Big Bang y ha ido aumentando su desorden desde entonces.

Esta asimetría entrópica resulta crucial para la experiencia consciente. Nuestro cerebro puede formar registros y memorias de estados de baja entropía, pero resulta imposible hacerlo de estados futuros de mayor entropía. Piénsese en una pirámide egipcia: su existencia actual implica una configuración altamente ordenada de rocas que resultaría estadísticamente imposible por mera fluctuación aleatoria. La única explicación racional es que existió un estado previo de menor entropía: canteras explotadas, trabajadores organizados, un proyecto arquitectónico. Ese pasado ordenado deja huellas que podemos reconstruir.

La memoria como registro entrópico explica así la asimetría de nuestra percepción. Recordamos el pasado porque los estados de baja entropía permiten configuraciones únicas y reconstruibles. El futuro, en cambio, presenta múltiples posibilidades igualmente probables, sin un registro definido. No podemos "recordar" el futuro porque no existe un único estado futuro que dejar una huella determinista en el presente. La multiplicidad de configuraciones posibles impide la formación de registros precisos.

Esta interpretación transforma nuestra comprensión de la causalidad. En lugar de una secuencia de causa-efecto, la física moderna habla de correlación entre eventos temporales. Si pudiéramos conocer con precisión absoluta el estado de cada partícula del universo —el demonio de Laplace—, podríamos reconstruir tanto el pasado como el futuro con igual certeza. No hablaríamos de causas que producen efectos, sino de una red de correlaciones donde todos los momentos tienen igual ontología.

Nuestra limitación cognitiva, nuestra incapacidad para acceder a toda la información del sistema, nos obliga a construir narrativas causales. El aumento de entropía nos proporciona una orientación temporal: desde estados ordenados y registrables hacia estados caóticos e indeterminados. Esta flecha entrópica no es una propiedad del tiempo mismo, sino una consecuencia de las condiciones iniciales del universo y nuestra posición dentro de él.

La construcción mental del flujo temporal emerge así como adaptación evolutiva. Nuestro cerebro procesa la información en secuencias que reflejan la asimetría entrópica, no porque el tiempo "realmente" fluya, sino porque esa representación resulta útil para la supervivencia. La percepción de un presente en movimiento, de un pasado fijo y un futuro abierto, constituye un modelo mental que nos ayuda a navegar el mundo, no una descripción literal de la realidad física.

Las implicaciones filosóficas resultan profundas. Si el paso del tiempo es una ilusión cognitiva, ¿qué decir de la libertad, la responsabilidad o la identidad personal? Casas no aborda estos interrogantes en profundidad, pero su trabajo científico cuestiona las premisas intuitivas sobre las que construimos nuestra comprensión del mundo. La física nos obliga a distinguir entre experiencia subjetiva y realidad objetiva, entre percepción psicológica y estructura física.

El fenómeno editorial que representa La ilusión del tiempo refleja una creciente sed de conocimiento científico riguroso expresado en lenguaje accesible. En una época de desinformación y teorías conspirativas, obras que explican complejidades como la naturaleza del tiempo con claridad y precisión resultan indispensables. Casas demuestra que es posible comunicar ideas profundas sin sacrificar rigor, invitando al lector a cuestionar sus certezas más arraigadas.

La contribución de esta perspectiva radica en desmitificar conceptos aparentemente obvios. Mostrar que la flecha del tiempo es emergente, no fundamental, permite entender por qué la física funciona sin ella y por qué nosotros no podemos prescindir de ella. La entropía, lejos de ser mero concepto técnico, se revela como clave de nuestra existencia consciente, moldeando la narrativa que tejemos sobre la realidad.

En última instancia, el trabajo de Casas nos recuerda que la ciencia no solo describe el mundo, sino que también explora las fronteras de nuestra comprensión. La percepción del tiempo como flujo unidireccional constituye quizás el ejemplo más claro de cómo nuestro cerebro crea modelos útiles que, si bien no reflejan la estructura profunda de la realidad, nos permiten navegarla con éxito. Reconocer esta ilusión no la hace menos valiosa; al contrario, la enriquece con el conocimiento de su origen.

Referencias