Garitano y Romero: dos formas de entender la exigencia

El Cádiz CF y el Ceuta sufrieron eliminaciones similares en Copa, pero sus entrenadores mostraron actitudes diametralmente opuestas ante el fracaso

El fútbol español nos regala cada semana lecciones no solo sobre tácticas y goles, sino sobre liderazgo, exigencia y la forma de afrontar la adversidad. La pasada jornada copera dejó dos eliminaciones que, a priori, podrían parecer similares, pero que desvelaron filosofías diametralmente opuestas en los banquillos. El Cádiz CF y el Ceuta, ambos equipos de categorías diferentes, cayeron eliminados de la Copa del Rey ante conjuntos de la Primera RFEF. Sin embargo, la reacción de sus entrenadores no pudo ser más desparejada.

Gaizka Garitano, técnico del conjunto gaditano, mostró una serenidad que rayó en la indiferencia. Su equipo ofreció una primera mitad paupérrima que le costó un 3-0 en el marcador ante el Real Murcia. La eliminación era un hecho, pero la rueda de prensa posterior parecía más bien el análisis de un partido intrascendente de pretemporada. El vasco no mostró molestia excesiva, ni siquiera cuando los flashes de los periodistas iluminaban su rostro tras el ridículo deportivo.

La falta de autocrítica resultaba llamativa. Garitano justificó el abultado resultado como algo circunstancial, casi anecdótico, y prefirio valorar la reacción de sus jugadores en la segunda mitad, aunque esta no sirviera para revertir la eliminación. Sus palabras, tenues y sin ningún tipo de reproche, contrastaban con la gravedad de lo ocurrido. Un equipo de Primera División no puede permitirse el lujo de caer sin más ante un conjunto de categoría inferior, y menos con esa actitud.

El técnico del Cádiz CF había declarado antes del encuentro que la competición copera era "importante para el club". Sin embargo, su discurso posterior contradecía aquella afirmación. No hubo mención a la actitud, a la falta de intensidad o a los errores conceptuales que llevaron al desastre. Solo una tranquilidad que, en el contexto del fracaso, sonaba a conformismo.

En el otro extremo del mapa futbolístico nacional, el Ceuta de José Juan Romero vivia una situación paralela pero con un final distinto en el vestuario. El conjunto ceutí también fue eliminado por un equipo de Primera RFEF, el Guadalajara, con un 1-0 en el Pedro Escartín. La derrota, en sí, era similar. La reacción de su entrenante, no.

Romero no tuvo pelos en la lengua. Su análisis fue demoledor, directo y, sobre todo, honesto. "Hemos llevado un dominio mentiroso, no hemos generado nada y creado nada. No hemos hecho nada de lo que somos y no hemos estado en el partido", declaró sin ambages. El técnico andaluz entendía perfectamente que la derrota no era cuestión de mala suerte, sino de actitud.

La frase "hemos jugado de mentira" resume a la perfección la esencia de su discurso. Romero identificó el problema en la relajación, en creerse superior por el mero hecho de pertenecer a una categoría más alta. "Cuando no juegas al 200 por 100, te ganan", sentenció, dejando claro que en el fútbol moderno no hay margen para la complacencia.

Lo más significativo fue que Romero se incluyó en el paquete de responsables. "En cuanto nos relajamos somos un equipo vulgar, desde los jugadores al entrenador pasando por el último utillero". Esa capacidad de autocrítica colectiva es precisamente lo que falta en muchos vestuarios profesionales. El técnico ceutí no buscó chivos expiatorios ni excusas tácticas. Asumió el fracaso como propio y lo convirtió en una lección para todos.

El contexto hace aún más relevante el contraste. Ambos equipos comparten, curiosamente, la misma posición en sus respectivas ligas: octavos lugar con 24 puntos. El Cádiz CF lucha por mantenerse en Primera División, mientras el Ceuta intenta consolidarse en Segunda. Las aspiraciones son diferentes, pero la necesidad de competitividad debería ser la misma.

Garitano, desde su llegada al Carranza, ha mostrado una tendencia a proteger a sus jugadores en público. Esa estrategia puede tener su lógica interna, pero genera cierta frustración entre la afición que demanda mayor compromiso. La Copa del Rey representaba una oportunidad de redención para un equipo que atraviesa por momentos complicados en la liga doméstica. Desaprovecharla de esa manera y, lo que es peor, minimizar su importancia, envía un mensaje peligroso.

Por su parte, Romero demostró que la exigencia no entiende de categorías. Un recién ascendido a Segunda División mostró más hambre competitiva que un histórico de Primera. Su discurso no buscaba justificaciones, sino activar alarmas. "He dado la oportunidad para que algunos tiren la puerta y no la han tirado, la han cerrado más aún", advirtió, dejando claro que en su plantilla no hay sitio para quienes no den el máximo.

La prensa murciana, que cubrió ambos encuentros, pudo comprobar la diferencia de enfoques. Mientras que los periodistas que se enfrentaron a Garitano encontraron respuestas evasivas y tópicos, los que escucharon a Romero obtuvieron análisis sinceros y autocríticos. La decadencia de los medios locales también influye en esta dinámica, ya que una prensa más débil genera menos contraste y permite discursos más blandos.

El fútbol moderno exige resultados, pero también actitud. Los técnicos son los principales responsables de transmitir esa cultura de esfuerzo. Cuando un entrenador minimiza un fracaso, está creando un precedente peligroso. El mensaje que llega al vestuario es que ciertos partidos importan menos, que la exigencia es variable según la competición.

Romero, en cambio, entiende que cada partido es una oportunidad para construir una identidad. Su equipo, aunque eliminado, sale reforzado en compromiso y claridad de ideas. Los jugadores saben exactamente qué se espera de ellos: máxima entrega siempre. No hay partidos de mentira, no hay competiciones menores. Cada encuentro es una final.

La comparación entre ambos técnicos invita a una reflexión más profunda sobre la cultura del fútbol español. ¿Estamos formando entrenadores que saben gestionar el fracaso o que simplemente lo toleran? ¿La protección excesiva a los jugadores los fortalece o los debilita? La historia del deporte demuestra que los grandes equipos se construyen sobre la base de la exigencia interna, no sobre la complacencia.

El Cádiz CF tiene en sus manos una temporada complicada. La lucha por la permanencia en Primera exige máxima concentración en cada partido. La eliminación copera podría haber servido como punto de inflexión, como llamada de atención. Sin embargo, el discurso de Garitano apaga esa posibilidad. En lugar de usar el fracaso como combustible, lo convierte en una anécdota sin consecuencias.

El Ceuta, por el contrario, sale de esta eliminación con las ideas más claras que nunca. Romero ha marcado una línea roja. Los jugadores que no estén dispuestos a dar el 200% o el 300% saben que no tendrán sitio. Esa claridad es un activo invaluable en medio de la incertidumbre de una temporada larga y exigente.

La pregunta que deberían hacerse en las plantas nobles del Cádiz CF es si su actitud actual les llevará a la salvación o a la Segunda División. La historia reciente del fútbol está llena de equipos que creyeron que su categoría les garantizaba la victoria y acabaron pagando un precio muy alto por su relajación.

El mensaje de Romero debería ser estudiado en las escuelas de entrenadores. No se trata de ser duro por ser duro, sino de ser honesto. El fútbol no perdona la mediocridad, y menos cuando esta se disfraza de superioridad. "Yo he estado en el bando del equipo débil, en todas las categorías y hemos eliminado al grande más de una vez", recordaba el técnico ceutí, demostrando que sabe de lo que habla.

La humildad competitiva es la base del éxito deportivo. Romero la tiene. Garitano, al menos en esta ocasión, pareció haberla perdido. La temporada dirá quién tomó el camino correcto, pero la lección ya está sobre la mesa: la exigencia no es opcional, es obligatoria. Y cuando no viene de dentro, debe ser impuesta desde fuera, con palabras claras y contundentes.

Los aficionados del Cádiz CF merecen explicaciones que no se queden en tópicos. Merecen ver que su equipo, independientemente del resultado, deja el alma en el campo. Los del Ceuta, aunque dolidos por la eliminación, pueden dormir tranquilos sabiendo que su entrenador no acepta la mediocridad.

En definitiva, el fútbol es un espejo de la sociedad. Y en este caso, nos muestra dos formas de afrontar el fracaso: la que lo minimiza y la que lo usa para crecer. Solo una de ellas construye campeones.

Referencias