Gala 11 de OT: primeros finalistas y el concursante incómodo

El jurado marca distancias con Tinho mientras Miriam, Cristina y Guillo pelean por su plaza en la final

La undécima gala de Operación Triunfo ha dejado en el aire una sensación agridulce. Mientras algunos concursantes consolidan su pase a la final con actuaciones memorables, otros parecen haber tocado techo en el concurso. Y entre medio, el jurado envía señales cada vez más claras sobre quién encaja en el modelo de artista que busca el programa.

El monólogo interminable de Guille Milkyway

Si hay algo que caracteriza a esta edición de OT es la capacidad del jurado para convertir cada valoración en un ejercicio de retórica. Guille Milkyway, en particular, ha perfeccionado el arte de la valoración circular: habla durante minutos sin decir nada concreto, envuelto en un halo de buenas intenciones que acaba por resultar más cansino que constructivo. Su intervención en esta gala ha batido récords de longitud, con un discurso tan denso que los concursantes pasaron de la expectación a la desesperación en tiempo real.

Este estilo, lejos de aportar claridad, genera confusión. Los aspirantes salen del escenario sin saber si han hecho algo bien o mal, solo con la certeza de que el creador de La Casa Azul ha vuelto a demostrar su habilidad para el verbo sin comprometerse con una opinión clara. En un concurso donde la crítica honesta es fundamental para el crecimiento artístico, estas valoraciones edulcoradas resultan contraproducentes.

Miriam Rodríguez: la voz de la experiencia

La ganadora de la segunda edición de OT visitó la academia para interpretar Voy a pasármelo bien de Hombres G, pero el verdadero momento álgido llegó con su versión de Total Eclipse of the Heart. Sentada al piano, con un vestuario que evocaba a Bonnie Tyler en su versión más teatral, Miriam demostró por qué sigue siendo referente del concurso.

Su actuación fue un maestro de la interpretación. No solo cantó, sino que transmitió cada emoción con una precisión quirúrgica. Los recuerdos de su paso por la academia en 2017 quedaron patentes cuando se le quebró la voz, creando un momento de conexión genuina con el público. Si Chenoa alguna vez necesita un relevo temporal, Miriam tiene sobrados credenciales para ocupar su silla. Su presencia enseña a los concursantes actuales que OT no es solo un trampolín, sino una plataforma para construir una carrera sostenible.

Guillo: la contención como virtud

Por fin hemos visto a Guillo sin artificios. Su interpretación de Wonder de Shawn Mendes ha sido la más sobria y efectiva de toda su trayectoria en el concurso. Lejos de los excesos coreográficos que le han caracterizado —esa tendencia a convertir cada actuación en un número de circo con parkour vocal incluido—, esta vez se limitó a cantar. Y cantó bien.

El principio de menos es más le sentó como un guante. Sin disfraces de época victoriana ni coreografías de gimnasia olímpica, Guillo demostró que tiene voz, aunque quizás sea consciente de que su recorrido en OT está llegando a su fin. Ha tocado techo, y lo sabe. Su actuación fue un digno adiós anticipado, una forma de despedirse sin hacer ruido.

Crespo: el adiós anunciado

La eliminación de Crespo no sorprendió a nadie. Su elección de Columbia de Quevedo fue un acto de honestidad artística, pero también una rendición. En OT no basta con cantar lo que te gusta; tienes que demostrar versatilidad, rango y, sobre todo, entender que estás en un concurso que busca un producto comercial.

El jurado le ha hecho "un Tanxugueiras", esa expresión que ha calado en el programa para describir a artistas con personalidad propia que no encajan en el molde prefabricado. Crespo es un buen intérprete de urbano, pero OT no es La Voz. Aquí se busca algo más que una buena voz: se busca un paquete completo, y el rapero nunca ha conseguido convencer de que puede ser ese producto. Su despedida fue digna, pero inevitable.

Cristina: la heredera de Rocío Jurado

Si alguien ha crecido exponencialmente en esta gala es Cristina. Su interpretación de Punto de partida ha sido una lección de madurez artística. Acompañada por Vic Mirallas, ha demostrado que puede manejar el género flamenco-pop con una solvencia que sorprende en alguien de su edad.

Lo más importante: por primera vez no parecía una niña disfrazada de adulta. Su presencia escénica fue auténtica, sin artificios, con una voz que canalizaba a la perfección el legado de Rocío Jurado. El aplauso de Rocío Carrasco desde el público no fue solo un gesto familiar, sino una validación de que Cristina está tocando las teclas correctas. Suena a consolidación, a artista con futuro más allá del concurso.

Tinho: el elefante en la sala

Pero el verdadero protagonista de la noche, sin subirse al escenario, ha sido Tinho. El jurado le ha hecho "un Tanxugueiras" de forma implícita: reconocen su talento, pero no ven en él un producto fácil de vender. Es el concursante incómodo, el que tiene opinión propia, el que no se deja moldear fácilmente.

Esta dinámica revela la tensión fundamental de OT: es un concurso, pero también un negocio. El jurado necesita justificar sus decisiones artísticas, pero al final del día, la productora busca un artista rentable. Tinho, con su personalidad marcada y su estilo poco convencional, representa un riesgo. No es Olivia, con su perfil comercial claro. No es Guille Toledano, con su atractivo de producto Disney. Tinho es Tinho, y eso, en OT, puede ser un problema.

El formato en cuestión

Esta gala ha puesto de manifiesto las contradicciones del programa. Por un lado, se premia la autenticidad; por otro, se castiga la que no encaja en el modelo de éxito preestablecido. El jurado habla de crecimiento artístico pero valora principalmente el potencial comercial.

Los concursantes lo saben. Guillo se contiene porque sabe que su arco ha terminado. Crespo se va porque nunca encajó. Cristina triunfa porque representa la evolución natural del flamenco-pop que tanto éxito da en España. Y Tinho permanece en una especie de limbo, reconocido pero no apoyado, talentoso pero incómodo.

Conclusiones de la gala 11

La undécima gala deja claro que OT no es solo un concurso de talento, sino una maquinaria de fabricación de estrellas con un modelo de negocio muy concreto. Los primeros finalistas empiezan a perfilarse: Miriam ha demostrado que la experiencia vale oro, Cristina que el talento joven puede ser maduro, y Guillo que a veces la contención es más efectiva que el exceso.

Pero la gran pregunta que queda en el aire es si OT está dispuesto a apostar por un artista diferente, alguien como Tinho que desafía los convencionalismos. La historia del programa sugiere que no. Los Tanxugueiras del concurso suelen tener el tiempo contado, por muy talentosos que sean.

Mientras tanto, el público sigue viendo un programa que habla de autenticidad pero premia la comercialidad, que celebra la diversidad pero solo dentro de unos parámetros muy estrechos. Y los concursantes, entre tanto, intentan navegar estas aguas turbulentas con la esperanza de que su verdadero yo, no su yo producto, sea el que finalmente triunfe. Aunque la evidencia de esta gala 11 apunta a lo contrario.

Referencias